mundial de rusia 2018

Tres 'aguardientoskis' y litros de ‘polonia’, cuando el Arena Kazán se vistió de la Arenosa

Por: Rodrigo Urrego Bautista. Enviado SEMANA. Kazán/Rusia

La noche del 24 de junio jamás se olvidará para los miles de colombianos que acompañan a la selección en el Mundial de Rusia. SEMANA, como muchos de ellos, ya está en Samara, donde el jueves se disputará la “segunda final”, esta vez contra Senegal.


La Khousaina Yamacheva es la avenida de acceso al Kazán Arena. Es casi la medianoche del domingo 24 de junio y la capital de Tartaristán, la que alguna vez fuera la capital de Rusia, parece la calle 80 de Barranquilla, y que el mar de camisetas amarillas (azules, rojas, blancas…, de Colombia) no estuviera saliendo de la casa del Rubín Kazán -el equipo de la ciudad, capaz de unir a cristianos y musulmanes en una misma tribuna-, sino del Metropolitano de Barranquilla, la que por siempre será llamada la casa de la selección. Minutos antes Colombia ganó el segundo de sus partidos en Rusia 2018. Tras la derrota contra Japón, Polonia se llevó toda la furia, que esta vez vistió de azul. El 3-0 no solo fue un bálsamo para los jugadores del equipo nacional, sino que fue una recompensa para esa ‘plaga’ (como entre todos se llaman de forma cariñosa), que llevan un par de semanas siguiendo las espaldas de José Pékerman y sus dirigidos, entre trenes, aviones y carreteras, para celebrar una victoria en el estadio, y no solo conformarse con poner a bailar a los rusos en las calles que también han sabido conquistar.

A diferencia de Moscú, donde el sol se asoma a las 3:30 de la mañana, en Kazán madruga más de la cuenta y a las 2:30 ya está de día. Y a esa hora el partido comenzó a jugarse. En los bares del rededor de la muralla del Lago Negro, donde queda el Kremlin de Kazán (patrimonio de la humanidad por la Unesco desde el año 2000), los hinchas a los que se les pegó la aguja lo empezaban a recordar, en un acento tártaro por la tremenda borrachera que se pegaron desde la víspera: “Que esta nooooche, tenemos que ganaaaar…”. Y en la Estación Central, comenzaba el arribo de los más rezagados, descendiendo de los trenes con sus maletas de rodachines o sus morrales al hombro, que desde el juego de Saransk -y esa dolorosa derrota contra los del Sol naciente- pesaban más que una cruz a cuestas.

Foto: Esteban Vega / Revista Semana

La mañana y parte de la tarde se hizo tan larga que sirvió para que quienes no habían hecho la obligada visita al Kremlin no cometieran el pecado capital de irse de Kazán sin hacerlo. Pero sobre todo para disfrutar como turistas lo que no se podía como hinchas, pues cuando se pensaba en el partido lo que había era nervios, ansiedad y malos pensamientos. Seguro que las campanadas, el sahumerio, y las imágenes de la Catedral de la Anunciación, incluso el Corán que se leía (o se cantaba) en la mezquita Kul Sharif (Qol Šärif) servían para calmar las angustias y renovar la fe. De hecho, el ‘con la fe intacta’ fue el lema de la jornada. Cuando camisetas colombianas se encontraban y los paisanos se miraban a los ojos, no se decían ni hola, ni quiubo, ni buenos días ni mucho menos priviet (como se saluda en ruso), sino que se saludaban de esa forma: “Con la fe intacta” y levantando las cejas. “Hola mucho gusto, con la fe intacta”, parecía el santo y seña.  

Foto: Esteban Vega / Revista Semana

Aunque las puertas de los estadios se abren cuatro horas antes de cada juego, y a las 9:00 de la noche estaba pactado el duelo contra Polonia, a las 3:00 de la tarde empezaron a llegar colombianos, como palomas en la plaza de Bolívar de Bogotá cuando alguien tira al suelo un puñado de pepas de  maíz . Pero los valientes que lo hicieron caminando desde el Fan Fest, bajo un solazo como el de Cartagena, recorriendo aproximadamente cuatro kilómetros, fueron formando una caravana humana que se tomó por unos minutos de auténtica pasión el paso subterráneo a la zona del Kazán Arena. “Hoy te vinimo alentaaaaar, hoy te vinimo alentaaaar, para ser campeoooon, hoy hay que ganaaaar…”, fue el grito de guerra que despejó temores y comenzó a convencer a los más escépticos.

Ya en las tribunas (que no se llenaron), el grito de “y ya lo ve, y ya lo veee, somos locales otra veeez” fue el que empezó a marcar territorio, y eso que los polacos eran de los países europeos participantes, los más próximos a Rusia. Porque el Arena estaba más teñido de amarillo que de blanco y rojo.

Foto: Esteban Vega / Revista Semana

Las tribunas enloquecieron cuando en los altavoces empezó La X (equis), la canción de Nicky Jam y J Balvin que suena en Rusia más que en Medellín, y las pantallas la subtitulaban a manera de karaoke “y no te voy a negar, estamos claros y ya/  no te lo voy a negar, estamos claros y ya/ Ba-ba-ba-ba- baila, plakata – plakata/ como ella lo mueve, sin parar – sin parar…”;   cuando René Higuita se asomó a la cancha en vestido de paño, como si fuera una nueva de sus locuras (como la del escorpión en Wembley), ir vestido de esa forma en semejante calor. Pero sobre todo las tribunas estallaron cuando se pronunció la alineación colombiana, en orden de numeración, y la voz del estadio mencionó los nombres de Falcao, James y Cuadrado (el 9, el 10 y el 11). La ovación a esta santísima trinidad no sorprendía (los profetas del pasado diremos que era premonitoria). En ese momento nadie se imaginaba que serían los dueños de la tarde.  

El primero con un gol que se esperaba desde hace cuatro años. No hace falta recordar el calvario que padeció tras quedarse fuera de Brasil 2014, en el que iba a ser el Mundial de Messi, Cristiano y Falcao. Tuvo que ser en el Arena de Kazán para sacar lágrimas a todos los que estaban en el estadio, en lo que se ha llamado el gol de todos, y que se celebró con el tan colombiano grito de “¡Golaaaazo hijueputa!”

James porque volvió a ser el de los pases como con la mano, como el que le puso a la cabeza de Mina para el 1-0, tras un engaño de Quintero que amagó con ser el del centro, pero se la dejó al que más sabe poner la bala donde pone el ojo; y Cuadrado con un carrerón a lo Usaint Bolt, después de una habilitación de James, y 50 metros con la pelota atada a sus pies hasta guardarla en la portería polaca.   

Foto: Esteban Vega / Revista Semana

Pero todo había empezado con ese minuto y 27 segundos que aún no terminan. El momento en que los colombianos (acaso 20.000) que tuvieron lugar en el Arena de Kazán se levantaron para cantar el himno nacional, como si ellos fueran los once gladiadores formados para la batalla contra los polacos en tierras tártaras. Felipe Hoyos, un colombiano que desde 1990 vive en Estados Unidos, y ha trabajado en importantes cadenas deportivas como ESPN, es el actual Director de Programación de beIN US. Recuerda que jamás había visto cantar el himno con tanto fervor, como hace cuatro años en el Maracaná. Pero que lo del estadio de Kazán fue superior: “Gracias colombianos por hacer sentir a los jugadores como en casa”. Y no estuvo lejos de la realidad. El Arena de Kazán pareció el Metropolitano de la Arenosa.

Ya con el marcador a favor, lo que se vivió en la tribuna fue el carnaval de Barranquilla, o el de Negros y Blancos de Pasto. Los miles de colombianos no soltaban los vasos de cerveza de sus manos, ni para celebrar los goles, pues es tradición mundialista tirarse cerveza en cada grito de gol. Esos mismos vasos que al final del juego llevan como torres, no solo para contabilizar los litros de pola (Budweiser) que se fueron al riñón –no sin antes dejar huella en la cabeza-, sino que (no se descarte) terminarán convertidos en regalos para tías y primos, o compañeros de oficina que se quedaron en Colombia.  

Foto: Esteban Vega / Revista Semana

Este 24 de junio, a la pola los colombianos le decían “la poland” (Polonia en inglés), y fueron tantos los que corrieron que -en el segundo tiempo-, Ospina no asustó a nadie en ninguna de las dos veces que se tiró al piso haciendo creer que se había lesionado de gravedad; y ya después de la estocada del tercer gol, se cantaba el ole a cada pase de los jugadores colombianos, como si se estuviera en los tendidos de la Monumental, la plaza de toros de Manizales.

El 3-0 no solo fue el “levántate y anda” que Jesucristo le dijo a Lázaro, sino el verdadero domingo de resurrección (al quinto día de la derrota en Saransk, quedará en las escrituras futboleras). Y a la media noche, la avenida Khousaina Yamacheva volvía a parecer la calle 80 de Barranquilla, camisetas amarillas, cantos para “Eeeeeel Tigre Fal-caaaaa-oooo, eeeeel tigre Fal-caaaa-oooo”, litros y litros de ‘polonia’, y una larga caminata de una hora hasta el centro, repasando las jugadas en lengua rusoski, las mismas palabras del español pero terminadas en “ioski”.  Les pegamos una lewandowski a los polacos…”. La mayoría terminaron en el centro, y hasta en las murallas del Kremlin, donde muchos habían amanecido. Allí no se brindó con vodka, que traducido en ruso significa “agüita”. La ocasión ameritaba algo más fuerte. Por primera vez, en los 11 días que va de Mundial, se justificaron  las botellas de aguardientoski (como la canción de otro Quintero, el loko Gustavo:“Sírvame un aguardientoski, con limonsoski, cantineroski”), que en Kazán -donde la Selección Colombia fijó su cuartel- se abrieron en lo poco que duró la noche. La capital de Tartaristán por unas horas se vistió de Barranquilla, no en vano es la ‘Kazán de la Selección’ aquí  en Rusia.

Pero no hubo tiempo para celebrar. A las 2:10 de la mañana, cuando el sol salía, también lo hizo el primer tren hacia Samara. En los altavoces de los vagones se aclaraba que esto no era ningún fan fest sino un medio de transporte ofrecido por la FIFA y la organización, por lo que estaba prohibido beber licor y cerveza, fumar tabaco o cigarrillo, y se pedía que de utilizar aparatos electrónicos se hicieran con audífonos. Pese a ello, en las literas donde había colombianos se oían las narraciones de los tres goles, una y otra vez. Y hasta los rusos, que esta vez hicieron mayoría en el tren 411 (este lunes su seleccionado juega contra Uruguay en esa sede), también los cantaban. Bueno, hasta el momento que los siempre respetados policías rusos hacían presencia, y a los que solo les bastaba una mirada inquisidora para poner todo en su lugar.

“Whatsamara contra Senegal”, repetían los colombianos en su particular lengua y haciendo referencia a la nueva estación. En la ciudad de Yuri Gagarin, el primer hombre en viajar al espacio, hay que ganar para clasificar y no depender de nadie. Nada de cuentas tártaras. Los colombianos sueñan con que Falcao, un samario, sea el héroe de Samara.

Texto: Rodrigo Urrego Bautista
Fotos: Esteban Vega
Enviados SEMANA
Kazán, República de Tartaristán (Rusia)