mundial de rusia 2018

Violetta y el sueño de un país

Por: Víctor Diusabá Rojas, Especial para Semana.com. Kazán, Rusia.

Padres jóvenes, Gustavo y Carolina vivieron la victoria de Colombia ante Polonia al lado de su niña de catorce meses,  que sacó tiempo para dormir y ver celebrar a una tribuna que vestía como ella.


Violetta, así con doble t, era la más joven de los más de 40 mil aficionados que llenaron este domingo el Kazán Arena, para ver a Colombia reencontrar su camino mundialista y a Polonia decir hasta pronto.

Pero, además, a los escasos 14 meses de edad, Violetta tiene más kilómetros en Rusia que la mayoría de quienes estaban en ese caso estadio teñido de amarillo con algunos parches rojos.

Ella llegó hace una semana larga a Moscú, procedente de Popayán, de la mano de sus padres, Gustavo y Carolina. Él,  abogado, se metió en la cabeza venir a Rusia con una única condición, que ellas vinieran a acompañarlo. Y ambas dijeron que sí. Al menos eso dice Carolina, mientras Violetta parece asentir.

Faltan apenas unos minutos para que comience el partido y entre salida de los equipos e himnos, el sueño vence a la nena, pero más el cansancio. Han hecho antes, ida y vuelta, Moscú - Saransk en tren (13 horas por trayecto) para estar en el debut ante Japón. Y acaban de hacer Moscú - Kazán (otras nueve horas) en el mismo medio de transporte.

El árbitro mexicano da la orden de jugar y el Kazán Arena se hace volcán en erupción.  Gustavo y Carolina cantan ‘El tigre Falcao‘ y un ‘poronponpón, el que no salte no es tricolor‘ a máxima potencia. Violetta duerme. Ni siquiera esa llegada de Cuadrado que deja sembrados a dos polacos y la algarabía sucesiva a la jugada de parte de los colombianos la saca de su placidez.

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Pero otra cosa es cuando Yerry Mina le mete la cabeza al centro de James y el balón se va, empujado por el de Guachené, y por todo un país, al fondo del arco. Entonces, Carolina se rompe la garganta con el  grito de gol mientras Gustavo hace lo que haría un padre responsable: abraza a la niña para protegerla de esa locura masiva de la celebración, que trepa desde abajo hasta llegar a la fila 12 del segundo piso donde están acomodados los tres, para seguir de largo y brotar a las afueras del estadio.

Colombia manda ahora en el marcador y en la cancha, aparte de hacerlo en la tribuna. Violetta, como si nada. Menos la altera la pausa de los quince minutos de descanso.

Viene entonces ese segundo tiempo en que, sus padres se lo contarán cuando crezca, el equipo de Don José, ese papá Noel sin barba, se hace propietario de toda la cancha, hasta sacar las escrituras del terreno y firmar ese segundo gol, el del Tigre Falcao.

Entonces, Violetta despierta. Ni asustada ni molesta. Parece feliz, o al menos tranquila. Mira a un lado y mira al otro. Y ve lo mismo, una gente loca que chilla todo tipo de cosas, que se abraza, que llora, que dice malas palabras y que, además, grita gol.

Cómo enseguida vuelve a hacer lo mismo después de que James hace una obra de arte con ese balón que deja libre a Cuadrado para que se sellé la suerte de los polacos.

Violetta está ahora a cargo de Carolina. Ambas miran a Gustavo y ahora deben entender por qué este viaje. Y por qué esas otras nueve horas en tren que les esperan para volver a Moscú ya, de donde tomarán otro el martes para ir a Samara a ver ganar a Colombia, dice la pareja y no lo duda Violetta,  en esa otra final ante Senegal. Allá estará Violetta, como toda una nación, con otro sueño, el de pasar a octavos y sonreír, como ella.