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| 1/6/2019 12:10:00 AM

Cuba: la vejez de una revolución

Hace 60 años Fidel Castro y sus hombres derrotaron la dictadura de Fulgencio Batista. El éxito de esa revolución suele medirse en términos de dignidad, mientras la economía quebrada y la represión contra la disidencia señalan su fracaso.

60 años de la revolución cubana: ¿qué quedó? Raúl Castro (centro) junto al presidente Miguel Díaz-Canel, en la ceremonia de aniversario. Foto: VAMIL LAGE / AFP

La semana pasada, en el discurso por el aniversario número sesenta de la revolución, el expresidente Raúl Castro les pidió a sus compatriotas estar preparados para lo peor, en un momento en que Estados Unidos, bajo el mando de Donald Trump, ha vuelto a su retórica de “confrontación”. El año pasado el presidente estadounidense anunció la extensión del embargo económico, con lo que le puso fin a la breve luna de miel entre Estados Unidos y Cuba, que comenzó en 2015, cuando Barack Obama y Raúl Castro anunciaron la reanudación de las relaciones diplomáticas.

Cuba se prepara para reinventarse en el nuevo escenario geopolítico, en donde China y una Rusia fortalecida podrían llegar al rescate.

Con todo, la isla sigue profundizando una apertura económica similar a la de China, bajo el control político del Partido Comunista. Castro, quien dirigió el país de 2008 a 2018 (cuando le cedió el poder a Miguel Díaz-Canel), habló junto a la tumba de su hermano Fidel, y a sus 87 años señaló que “la revolución no ha envejecido”. De hecho, se prepara para reafirmarse el próximo 24 de febrero, en un referendo en el que el gobierno espera que el pueblo apruebe la nueva Constitución, modificada por primera vez después de 42 años.

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Algunos de los mayores cambios que introducirá el texto es el derecho a la propiedad privada y la eliminación del comunismo como ideal político, en favor de un más moderado ‘socialismo’. Aunque muchos leen estos cambios como el fin la revolución, la historia muestra que esta ha sabido mantenerse en los momentos más adversos y contra todos los pronósticos.

El 25 de noviembre de 1956, 82 exiliados cubanos pobremente armados partieron de México hacia Cuba a bordo del Granma, un yate recreativo que inexplicablemente resistió los siete días de travesía con semejante sobrecarga. Los hombres tenían el incierto objetivo de derrocar la dictadura de Fulgencio Batista, entregada a los intereses estadounidenses y a las mafias que usaban casinos, hoteles y prostíbulos para lavar su dinero.

El ejército de Batista esperaba el desembarco y casi todos los rebeldes cayeron en la costa. Doce sobrevivientes se refugiaron en la Sierra Maestra, una cadena montañosa del suroriente, mientras el gobierno celebraba una nueva victoria sobre los sublevados –a quienes ya había derrotado en 1953, cuando intentaron tomarse sin éxito el cuartel de Moncada–. Pero Fidel Castro y sus hombres se reagruparon y comenzaron una estrategia militar paciente que logró asestarle una sucesión de pequeños golpes a Batista, al tiempo que ganaban el corazón de los lugareños mediante el uso hábil de la propaganda, que además sirvió para magnificar el tamaño de un grupo rebelde que se había recompuesto con poco más de 300 combatientes.

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Dos años después, cuando lanzaron su ataque final sobre Santa Clara (que les abrió el camino a La Habana), Fidel Castro, su hermano Raúl, Ernesto ‘Che’ Guevara y Camilo Cienfuegos eran ya figuras públicas en Cuba y en Estados Unidos, en donde aparecieron en reportajes para medios tan prestigiosos como The New York Times. Y lograron una victoria relativamente fácil, pues al Ejército cubano, desmoralizado, ya le quedaban pocas ganas de defender un régimen.

Contrario a lo que suele creerse, la motivación de esos hombres no era instaurar un régimen comunista –a pesar de que el Che y Raúl eran adeptos a esa causa–, sino una liberación nacional que en el caso de Fidel se inspiraba más en las gestas de José Marti contra los españoles que en los postulados de Marx y Lenin.

El mito de Fidel se consolidó con episodios como el de Bahía Cochinos, cuando en 1961 derrotó a unos 1.500 exiliados que intentaron invadir la isla, y con su capacidad para salir vivo de los atentados orquestados por la CIA durante décadas.

Desde la Conquista española Cuba no conocía la independencia y después de la derrota de la metrópoli en 1898, en la guerra hispano-estadounidense, se convirtió en una especie de protectorado dirigido desde Washington. Según Michael Reid, en su libro El Continente olvidado,“(...) dos impulsos políticos enlazados entre sí guiaron a Fidel Castro: uno era el antiyanquismo y el otro fue el deseo de volver permanentes su revolución y su control personal sobre el país. El comunismo, más que un fin en sí mismo, le proporcionó las herramientas para satisfacer ambos impulsos”.

El 9 de enero de 1959, en uno de los primeros discursos de Fidel tras el triunfo de la revolución, una paloma blanca –que luego se sabría estaba amaestrada– se posó en su hombro, en una nueva demostración de su instinto propagandístico. Porque aunque el ave precedió a un llamado de reconciliación nacional, en los primeros meses de la revolución cientos de funcionarios batistianos murieron fusilados en el paredón, tras juicios sumarios. La represión contra los disidentes y la prensa libre se mantuvo incluso en los momentos de mayor apertura económica. En 2003, por ejemplo, el gobierno arrestó a 75 disidentes y periodistas en la llamada ‘primavera negra’, y enfrentaron penas de hasta 30 años tras ser acusados de conspiración en juicios sin garantías.

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La historia suele ser indulgente con el legado del dictador y su revolución por el antagonismo con Estados Unidos. Por la empatía que genera la lucha imposible de David contra Goliat, o lo que es lo mismo, del viejo pescador contra el marlín gigante de la novela de Ernest Hemingway. El mito de Fidel se consolidó con episodios como el de Bahía Cochinos, cuando en 1961 derrotó a unos 1.500 exiliados que intentaron invadir la isla, y con su capacidad para salir vivo de los atentados orquestados por la CIA durante décadas.

En 1962, la crisis de los misiles mostró el talante temerario del caudillo. La instalación de varios misiles soviéticos en la isla dejó al mundo más cerca que nunca de una guerra nuclear. Las negociaciones entre los gobiernos de Nikita Kruschev y John F. Kennedy concluyeron con la retirada del arsenal, bajo la promesa de que Estados Unidos no trataría de invadir la isla nunca más. El acuerdo enfureció a Fidel: a pesar de que un conflicto nuclear habría destruido la isla sin remedio, Fidel, lejos de celebrar, lo tomó como un acto de cobardía de su aliado y no dudó a calificar a Kruschev de ‘maricón’.

Esa determinación volvió a ser puesta a prueba en la década de 1990, tras la caída del muro de Berlín y de la Unión Soviética, su mayor patrocinador. Cuba quedó abandonada en su lucha antiimperialista contra Estados Unidos y sufrió la crisis económica más grande de su historia. Para suplir el déficit de los recursos girados por la URSS, Fidel tomó medidas como abrir la isla al turismo, permitir el uso del dólar para atraer las remesas de los exiliados y permitir los negocios familiares. Llamó ese momento “periodo especial en tiempos de paz”, que a pesar de lo pomposo del nombre se tradujo en una carencia generalizada y en la imposibilidad de que el Estado cumpliera su promesa de cubrir las necesidades de los ciudadanos.

En su primer discurso tras la revolución, el 8 de enero, Fidel Castro habló de reconciliación mientras una paloma blanca se posaba sobre sus hombros. Días más tarde comenzó a ejecutar en el paredón a cientos de militares y funcionarios batistianos.

Por esos años proliferaron la prostitución, el robo y las drogas. En su momento, el escritor Leonardo Padura dijo que las personas de su generación vieron “cómo se diluían las ilusiones de futuro (el futuro se redujo a comer hoy, mañana, esta semana)”. La revolución, que se enorgullecía de haber formado miles de doctores en la universidad pública, presenció como esos médicos preferían manejar taxi porque les resultaba más rentable.

Sin el apellido Castro al frente, Cuba se prepara para reinventarse en el nuevo escenario geopolítico, en donde China y una Rusia fortalecida podrían llegar al rescate.

A comienzos del siglo XXI los petrodólares venezolanos le dieron una segunda vida a la maltrecha economía cubana, mientras la revolución exportaba sus valores a la misma Venezuela de Hugo Chávez, a la Bolivia de Evo Morales y a la Nicaragua de Daniel Ortega. Entonces, sin necesidad de crear los muchos Vietnams que quería el Che Guevara, la revolución estuvo más cerca de triunfar fuera de sus fronteras. Pero el impulso duró tanto como la bonanza petrolera chavista.

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Hace 60 años Cuba inició un camino tortuoso que lo llevó a enfrentarse con Estados Unidos y convertirse en un obstinado bastión comunista. Marcado por la determinación casi suicida de Fidel y esa primera camada de dirigentes, la revolución sobrevivió casi 60 años de bloqueo, la caída de la Unión Soviética, la presión de 10 presidentes norteamericanos, el colapso de Venezuela. Sin el apellido Castro al frente, Cuba se prepara para reinventarse en el nuevo escenario geopolítico, en donde China y una Rusia fortalecida podrían llegar al rescate.

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