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| 12/27/1982 12:00:00 AM

¿A QUE VIENE REAGAN?

En los últimos años, países de América Latina se vienen distanciando de las políticas norteamericanas tradicionales.

¿A QUE VIENE REAGAN? ¿A QUE VIENE REAGAN?
Qué es lo que motiva, en realidad, el viaje del presidente norteamericano Ronald Reagan a Latinoamérica? La respuesta a este interrogante mal podría estar disociada de los temas que para algunos observadores son los dos grandes problemas de la actual diplomacia de Washington, en sus relaciones con los países al sur del Río Grande: el deterioro de la imagen norteamericana en el área, como consecuencia de su papel en la pasada guerra en el Atlántico Sur, y lo que podría ser denominado: la "confrontación centroamericana".
La gira en su conjunto, que entre otras cosas ha sido poco comentada por la prensa estadounidense, tiene pues la doble tarea de buscar un mejoramiento de esas relaciones con América Latina, tan deterioradas ya por el popular "síndrome de las Malvinas", por un lado, y explicar, cuando menos, por el otro a los jefes de Estado, la visión que la Casa Blanca tiene del proceso revolucionario en Nicaragua, El Salvador y Grenada.
Pero cumplir con esos objetivos no es cosa fácil. Estados Unidos, y el mismo presidente Reagan, se encuentra hoy ante una encrucijada histórica de las más difíciles. Como candidato, Reagan se había proyectado como la persona que pondría fin a las humillaciones militares y diplomáticas de Norteamérica y había acusado a su contendor Carter de haber hecho "perder" a Irán y a Nicaragua. Hoy este mismo personaje se enfrenta a la posibilidad de que las consecuencias de volver realidad esta promesa puedan crearle en Centroamérica más problemas que los que intenta solucionar.
Reagan por otra parte, debe encarar las presiones de los sectores más conservadores del país, a los cuales les debe su elección, y que buscan impedir que Nicaragua "se convierta en una plataforma para la subversión apoyada por Cuba". Pero al mismo tiempo sabe que existe un sentimiento de inmenso rechazo, principalmente en el continente latinoamericano, al cual se suman incluso sectores de la misma sociedad norteamericana, a una intensificación de la participación estadounidense en el conflicto centroamericano. ¿Qué curso seguir? Cualquiera que elija, obviamente le deparará riesgos enormes. ¿Cuál de estos, entonces, es el menor? Esta es quizá una de las cosas que podrá responder él mismo después de la gira por Latinoamérica.
Por lo pronto los desafíos son de hierro. De consolidarse un régimen abiertamente antinorteamericano en Nicaragua, con el apoyo o la neutralidad de los países latinoamericanos, Reagan será acusado de debilidad similar a la que "tumbó" a Carter. Si escala aún más sus esfuerzos militares en el área, no solo malograría en mayor grado sus relaciones con el subcontinente, sino que tendrá que encarar riesgos militares de consideración, que los analistas comparan con los afrontados en años pasados en Vietnam.
Estas duras disyuntivas parecían reflejarse en días pasados en los editoriales de los dos más prestigiosos diarios de Norteamérica así: según el "Washington Post" del 3 de noviembre, "No hay garantía de que una política norteamericana más moderada logre aplacar el lado nicaraguense. La actual política, sin embargo, parece estar llevando a los Estados Unidos sólo a aguas más profundas". Para el "New York Times" del 5 de este mes, en cambio, el secretario Shultz "le haría un favor a su patrón haciéndole las preguntas correctas acerca de Honduras antes de que el presidente Reagan comience su visita de buena voluntad a cinco países latinoamericanos, pues una bahía de Cochinos es suficiente".
La prueba de que no es fácil reconstruir el edificio que derribara la posición norteamericana en las Malvinas, fue dada bruscamente por el rechazo total que Argentina diera en días pasados a las gestiones estadounidenses, realizadas a traves de la diplomacia brasileña, para efectuar un encuentro entre los presidentes Reynaldo Bignone y Ronald Reagan en la frontera argentino-brasileña. Un vocero oficioso del Palacio de San Martín declaró a ese respecto que "Ninguno, y menos en Buenos Aires, quiere aparecer como 'puente de plata' entre Estados Unidos y América Latina", por lo que, explicó, su gobierno no estaba dispuesto a "hacerle el juego al Departamento de Estado".
Otro país que ha comentado con viva aspereza el periplo del presidente norteamericano ha sido Nicaragua.
Nueve días antes de la visita de dicho mandatario a Centroamérica, el gobierno sandinista manifestó que estaba más convencido que nunca que en el fondo de la gira se encontraba "la intención de agredir a Nicaragua". Según el ministro de Planificación del país, comandante Henry Ruiz, el simple hecho de que "solo Nicaragua esté ausente del diálogo centroamericano con Reagan basta para saber de quién se va a hablar y a quién se piensa agredir".
Este sector viene destacando que es significativo que en el marco de la visita del mandatario estadounidense, el comandante de las fuerzas armadas hondureñas, general Gustavo Alvarez, haya planteado la necesidad de "que los ejércitos de Guatemala, El Salvador y Honduras coordinen operaciones para enfrentar al comunismo que nos agrede desde Nicaragua".
Contradiciendo esa postura, el gobierno del presidente Roberto Suazo Córdoba, ha expresado el beneplácito de Honduras ante dicha visita, al calificarla como "un respaldo de la Unión Americana al modelo democrático y constitucional de Honduras".
Según ese mismo comunicado Reagan daría con su visita a Tegucigalpa continuidad al diálogo iniciado en Washington en julio pasado durante la visita del gobernante hondureño a la capital norteamericana.
A su regreso de la gira de cinco días por Brasil, Colombia y Costa Rica, el jefe de la Casa Blanca se reunirán en Honduras también con el presidente guatemalteco Efraín Ríos Montt, lo que ha sido visto como una victoria de aquellos funcionarios de la administración norteamericana interesados en modificar definitivamente la política del Departamento de Estado respecto a Guatemala. El congreso norteamericano prohibió hace varios meses la ayuda militar a dicho país ante las constantes violaciones de los derechos humanos allí acrecentados desde el golpe de Estado en marzo pasado y que llegó al poder a Ríos Montt.
Aquellos que están deseosos de apoyar abiertamente dicho régimen, sostienen que la alternativa en Guatemala es o un gobierno aún más derechista o la victoria de lo que se considera como la insurgencia comunista.
LA ESCALA MAS BREVE
A pesar de que la visita a Colombia será la más breve que realice en su gira el presidente norteamericano, pues él y su comitiva estaran sólo cinco horas en Bogotá, tal hecho tiene un alcance que excede al registrado durante las conversaciones anteriores entre los dos gobiernos, sobre tópicos rutinarios como la represión del narcotráfico o el fortalecimiento del sistema interamericano. La importancia de la entrevista actual radica en que Colombia está experimentando un viraje en política exterior y ante esto la Casa Blanca espera asegurarse de que ese viraje no esté acompañado de un distanciamiento entre los dos países.
Estas relaciones, el propio Belisario Betancur las había comenzado a afectar al hacer uso de un lenguaje antinorteamericano que Carlos Lleras Restrepo le hubo de criticar.
El gobierno norteamericano, que en el pasado había considerado el ingreso de los países al movimiento de los No Alineados como una alineación tácita con Fidel Castro, hoy parece sustentar no sustentar ya esa idea, tras la experiencia con gobiernos tan proyanquis como Pakistán o Malasia, que no por estar allí han enfriado sus vínculos como Washington. En ese sentido voceros del gobierno norteamericano han expresado que la afiliación de Colombia a los NOAL no acarreará necesariamente un deterioro de las relaciones colombo-americanas. Por otra parte, se trataría durante la visita de explorar el alcance de la acogida que Colombia diera recientemente al plan de paz mexicano-venezolano para Centroamérica al mismo tiempo que criticaba la exclusión de Nicaragua de la reunión de cancilleres en San José.
De otro lado, en Colombia 19 organizaciones sindicales y políticas, a saber, una central obrera, nueve federaciones sindicales y 9 partidos políticos, en recha rechazaron la venida del presidente Reagan y convocaron a una marcha de protesta en varias ciudades del país para el 2 de diciembre.

¿TENSIONES CON BRASIL?
Los motivos de Reagan para reunirse por séptima vez con el presidente Figueiredo, pero esta vez en Brasilia, del 30 de noviembre al 2 de diciembre, probablemente obedece a la acumulación de diferencias entre los dos gobiernos en el terreno económico --subsidios a las exportaciones, y creditos de la banca norteamericana básicamente-- y en materia de política exterior. Fuera de que desde 1974 Brasil rompió el acuerdo militar que existía entre los dos países desde la segunda guerra mundial, Estados Unidos se ha opuesto permanentemente a los intentos brasileños por poseer una tecnológia nuclear, lo que ha molestado a los brasileños. Estos problemas han estado acompañados de un cambio en la política exterior del Brasil.
En vez del tradicional alineamiento automático con Washington, Brasil ha comenzado a adoptar poses independientes ante conflictos internacionales, lo que le ha permitido cosechar exitos diplomáticos en Africa, continente donde hoy la política brasileña choca, en algunos casos, con los proyectos de su colega del Norte, como cuando defiende Brasil la presencia cubana en Angola.
Desde luego que el gesto de apoyar el presidente Figueiredo por las pasadas elecciones del 15 de noviembre, también cuenta dentro de las motivaciones de la visita. Pero es lógico creer que no se trata solo de dar ese voto de confianza. La preocupación por la extensión del liderazgo de Brasil sobre el continente, bajo una modalidad más cercana a la del reaganismo, puede ser lo principal.
VIAJE DE REAGAN
Los antecedentes de las actuales relaciones USALatinoamérica no podrían calificarse como un proceso del todo lineal. Si se quiere precisar el momento en que éstas han estado a más alt nivel de prestigio debe mirarse la época en que con John Kennedy se inició la Alianza para el Progreso, que suscitó tántas esperanzas en el continente, con excepción de Cuba.
Pero la explosión de entusiasmo realmente no sobrevivió al fundador de esa Alianza. Esta murió sin pena ni gloria bajo la administración de Lyndon Johnson y nunca más volvió la Casa Blanca a erigir un plan similar con sus vecinos del sur.
Por el contrario, durante el gobierno de Nixon, él y su secretario de Estado, Henry Kissinger, basaron la política exterior norteamericana en criterios brutalmente pragmáticos.
Su "realpolitik" consistió en fincar sus relaciones con Latinoamérica a través de los "hombres fuertes" de la región, prescindiendo del carácter dictatorial o no que sustentara a tales mandatarios. Este enfoque terminó incluso en el sangriento derrocamiento del gobierno constitucional de Allende en Chile, incidente que hizo muy poco por el mejoramiento de la imagen norteamericana en Latinoamérica.
El viraje del presidente Carter hacia una teoría de los derechos humanos, como elemento central en la definición de las preferencias diplomáticas de su gobierno, se explica a la luz de los fracasos esa anterior administración, en el plano interno y en el ámbito internacional.
Si bien Carter se distanció de las dictaduras, esta progresista e idealista orientación en la práctica resultó estar más dirigida hacia los pueblos que a los gobiernos y terminó costándole la animadversión de uno que otro jefe de Estado del cono sur latinoamericano quienes preferían los ademanes dé Nixon a los escrúpulos de Carter. Por otra parte, en gesto que en un continente machista como el latinoamericano fue visto como un desatino, Carter decidió enviar a su esposa Rosalyn en viaje diplomático por varios países latinoamericanos, y lo cual efectivamente, no hizo sino agregar desánimo a las críticas que ya generaban los fracasos de esa administración en el frente externo.
El presidente Reagan, por su parte, no es uno de los mandatarios estadounidenses que se haya distinguido por su vocación latinoamericanista. Las únicas opiniones que de él se conocen sobre el subcontinente, son su feroz oposición como candidato a los tratados del Canal de Panamá, actitud que aparentemente ha moderado en los últimos años, y su obsesión por conservar a Centroamérica dentro del área de influencia norteamericana.
Esta actitud, que algunos describen como producto del desconocimiento de las realidades de la región, también estaría en el fondo de la explicación del paso dado por Washington durante la lucha en las Malvinas, de respaldo a su aliado extracontinental ante el asombro de los países latinoamericanos.

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