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| 2/26/2002 12:00:00 AM

Acorralado

Acusado de terrorista, despreciado por Estados Unidos y desobedecido por su gente, Yasser Arafat podría estar en los últimos días de su liderazgo.

Acorralado, Sección Mundo, edición 1031, Feb 26 2002 Acorralado
Desde que comenzaron los atentados suicidas contra los israelíes en 1994 los encargados de realizarlos eran jóvenes palestinos movidos no sólo por la ilusión de una patria propia sino por la seguridad de que su sacrificio les permitiría llegar al paraíso, donde serían atendidos por miles de vírgenes complacientes. Pero el lunes de la semana pasada ese mito tuvo un giro inesperado cuando una mujer palestina detonó la bomba que llevaba atada a su cuerpo y produjo la muerte de un israelí y heridas a 113 personas en una concurrida calle de Jerusalén.

La novedad produjo una nueva sensación de inseguridad en Israel pues las mujeres nunca se habían convertido en protagonistas del terrorismo palestino y su control será muy difícil para las autoridades. Y se convirtió en una nueva preocupación para el presidente de la Autoridad Palestina, Yasser Arafat.

En efecto, el atentado se convirtió en una justificación más para la actitud agresiva de Estados Unidos hacia el liderazgo palestino, al que el gobierno israelí de Ariel Sharon acusa de no luchar con suficiente fuerza contra los terroristas que han dado al traste con el proceso de paz. George W. Bush marcó desde su primera semana un fuerte contraste con su antecesor Bill Clinton, quien dedicó hasta sus últimos esfuerzos por conseguir una paz duradera.

Para empeorar las cosas, a comienzos de enero los israelíes incautaron un cargamento de 50 toneladas de armas destinado, según sus afirmaciones, a la Autoridad Palestina. Ese hecho acabó de echar por tierra la fría relación de Estados Unidos con Arafat. El gobierno norteamericano, en un viraje significativo, dejó de criticar las medidas extremas de retaliación adoptadas por Israel, incluidas las incursiones sobre localidades palestinas, los asesinatos selectivos y la destrucción de casas. Y mientras Arafat, con la bendición estadoudinense, era mantenido en un virtual arresto domiciliario en su residencia de Ramallah, rodeado por tanques israelíes desde hace casi dos meses, Sharon era invitado a la Casa Blanca para el próximo 7 de febrero. El desprecio por Arafat es tan grande que la Casa Blanca ni siquiera consideró contestar la carta que el palestino envió a Bush la semana pasada para desvirtuar su vinculación con las armas.

En el gobierno de Bush hay dos tendencias ante la Autoridad Palestina. Por un lado están el vicepresidente, Dick Cheney, y el secretario de Defensa, Donald Rumsfeld, quienes se inclinan a suspender relaciones con ella, y en el otro el secretario de Estado, Colin Powell, quien considera esencial mantener algún grado de contacto con Arafat.

El gran dilema que asalta tanto a Washington como a Tel Aviv es qué hacer con Arafat. Muchos observadores, como el ex subsecretario de Estado norteamericano Richard Murphy, consideran que “es excesivo hacer a Arafat responsable de los atentados cometidos por sus adversarios del grupo Hamas”. Sobre todo cuando las continuas humillaciones a las que está siendo sometido, como la destrucción de la pista del aeropuerto de Gaza, sólo han conseguido debilitar su autoridad ante sus propios paisanos.

Pero también hay quienes piensan que Sharon no querría convertirle en un mártir, como el propio Arafat, en su desesperación, ha proclamado.

La jugada de Sharon parece ser que los propios palestinos se encarguen de enviar a Arafat al retiro. La gran pregunta es qué tanto existiría una dirigencia capaz de seguir sus pasos sin que la situación entre israelíes y palestinos se adentre aún mas en el caos.

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