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| 7/27/1987 12:00:00 AM

ARTES MARCIALES

Ante la perspectiva de no elecciones libres, los coreanos se enfrentan en las calles

ARTES MARCIALES ARTES MARCIALES
Los colombianos, acostumbrados como están a la violencia diaria en su propio país, se escandalizaron al ver en la televisión las escenas de los combates entre los estudiantes y la Policía que tuvieron lugar esta semana en Seúl. Sin embargo, mientras en Colombia disturbios de este tipo hubieran producido ya muchos muertos, en Corea del Sur los violentos enfrentamientos, que involucraron a miles de manifestantes armados con bombas incendiarias, no han dado hasta el momento más resultado fatal que un policía muerto y tres estudiantes heridos.
La evidente desproporción entre la ferocidad de los combates que han tenido lugar en varias ciudades y el estrecho número de víctimas, aunada a las particularidades del proceso histórico que vive hoy Corea del Sur le dan a todo el asunto el tinte patético de una ópera china. El escenario, es uno de los países de mayor crecimiento económico en el mundo, que ha protagonizado un milagro comparable sin exageraciones al de Alemania o el Japón, con un nivel de vida que envidiarían muchos, dentro de una ubicación geográfica que lo convierte en país clave del equilibrio de poder en Asia.
La acción comienza cuando el actual presidente, un general retirado llamado Chun Doo Hwan, anuncia lanominación para sucederle, de su mejor amigo y compañero de armas Roh Tae Woo, también del curso de 1955, con una fiesta de gala que se ve prontamente aguada, o mejor, gaseada, por las demostraciones que protagonizan en la calle cientos de estudiantes que no sólo pedían elecciones libres sino que protestaban por la muerte de un compañero a raíz de torturas de la Policía. Lo que vino en los días siguientes fue una creciente ola de revueltas en varias ciudades del país protagonizadas, en principio, por los estudiantes, con la abierta simpatía de sectores de clase media. Pronto se estableció una especie de ritual de la violencia con un marcado acento oriental.
En las mañanas, las calles aparecían limpias de toda traza de los violentos combates del día anterior, en los que no hubiera sido extraño que un estudiante le lanzara casi en la cara una bomba incendiaria a un policía, o éste le descargara los más tóxicos gases lacrimógenos. Temprano las partes, policías y estudiantes, se iban reuniendo en las esquinas ante la expectación del público, que se alineaba en las aceras como para ver pasar una procesión, mientras se protegía de los olores desagradables con máscaras quirúrgicas. Pronto, los primeros cantos contra el dictador, incluídos algunos antinorteamericanos, como es de rigor, iban in crescendo hasta que las hostilidades se desataban, con feroces gritos atávicos de parte y parte. Pero como si siguieran un patrón cuidadosamente establecido, la lucha sólo llegaba a producir heridas graves por accidente. Una situación de delicado equilibrio que sin embargo, ha estado a punto de romperse a medida que la situación avanza.
Lo curioso del problema es que los surcoreanos no parecen estar en desacuerdo con la política del actual gobierno, que data de 1979 cuando el entonces general Chun, dio un golpe de Estado ante el asesinato -novelesco por cierto- del anterior mandatario, a manos de su jefe de inteligencia. Chun llevó al país a una prosperidad extraordinaria, así que mal podrían estar descontentos sus conciudadanos con el régimen. Lo que detestan los surcoreanos es el carameleo que han recibido de Chun en lo que se refiere al establecimiento de una democracia representativa. Las encuestas han demostrado que si tuvieran la oportunidad, eligirían un gobierno que siguiera los mismos lineamientos del actual, lo que por otra parte explica la creciente intervención de la clase media trabajadora en los mitines.
Pero las alternativas no contribuyen a darle claridad al panorama. La oposicion política no goza tampoco del favor del electorado coreano, y sólo se le ha visto jugar cierto papel en los últimos días, en que le ha disputado algún protagonismo al estudiantado. Los líderes, Kim Young Sam y Kim Dae Jung, comparten en el fondo la tradición autoritaria que ha hecho que sólo haya habido tres gobiernos en Corea en los últimos cuarenta años, todos virtualmente de facto.
La preocupación por salvar la sede de los Juegos Olímpicos de 1988, la presión tímida de Estados Unidos y el temor de un golpe militar, han llevado al gobierno de Chun a asumir la prudente actitud que ha impedido el derramamiento de sangre y que, incluso, dio para el lucimiento del cardenal de Seúl, Stephen Kim, al lograr la evacuación pacífica de la Catedral de Myongdong en los primeros días de revueltas. Pero ha sido Roh, su pretendido sucesor, quien ha llevado la voz cantante en los esfuerzos por lograr credibilidad para sus promesas y, según parece, la reanudación de las conversaciones sobre el crucial asunto del sistema de elecciones presidenciales; en ese sentido ha declarado que "solucionaremos la situación por medios políticos". La llegada del enviado norteamericano Gastón Sigur pondrá en claro para los surcoreanos cuál es la posición en definitiva de Estados Unidos, que ha actuado con gran cautela teniendo en cuenta tal vez, los funestos desenlaces de casos como el de Nicaragua y Cuba. Entre tanto, se han anunciado medidas de acercamiento como la liberación de muchos de los miles de detenidos y el levantamiento del arresto domiciliario de uno de los líderes de izquierda e incluso una reunión personal entre el Presidente y la oposición.
Todo parece indicar que la turbulenta situación interna no cambiará la alineación de Corea del Sur en la órbita capitalista, ni que modificará demasiado sustancialmente la estructura de poder del país. Pero como no hay situación mala que no sea susceptible de empeorar, el curso de las próximas semanas aclarará si lo que está pasando en Corea es una opereta china o una tragedia griega.

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