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Bajo el volcán

Un número indeterminado de muertos y desaparecidos, miles de damnificados y un país por reconstruir dejó la violenta erupción del volcán de Fuego en Guatemala. Esa tragedia sin precedentes empezó el domingo y aún no se sabe cuándo terminará.

En la mañana del domin-go nadie tomó en serio la columna de humo que salía de la boca del volcán de Fuego. Los habitantes de las zonas cercanas estaban acostumbrados a los movimientos de una montaña activa desde hace 16 años y a las cenizas que oscurecían el paisaje de vez en cuando. También la Coordinadora Nacional para la Reducción de Desastres (Conred), que decretó la misma alerta usada para las lluvias, no ordenó una evacuación inmediata y pasó por alto las advertencias del volcán. Nadie imaginó las dimensiones de esta erupción hasta que era demasiado tarde.

Lo que pasó después quedó registrado en cientos de fotos y videos que le dieron la vuelta al mundo. El volcán arrojó una mezcla de cenizas, rocas y gases conocida como flujo piroclástico, y sepultó aldeas enteras. La erupción inicial duró 16 horas y la posterior avalancha alcanzó una velocidad de hasta 81 kilómetros por hora y una temperatura de 700 grados centígrados. La furia de la montaña dejó a su paso una cantidad indeterminada de personas muertas (aunque al cierre de esta edición las autoridades habían confirmado alrededor de 100), cerca de 200 desaparecidos y 1,7 millones de damnificados. Esas cifras aumentan con el paso del tiempo, pues cada vez disminuye más la esperanza de encontrar personas con vida en medio de las cenizas.

Socorristas, policías, soldados y voluntarios acudieron al lugar de la tragedia, pero las labores de rescate son arduas y peligrosas. Las altas temperaturas y las constantes lluvias que pueden generar una nueva avalancha hicieron que el jueves las autoridades suspendieran la búsqueda de desaparecidos. Pero el mayor peligro sigue siendo el volcán: el gigante está despierto y amenaza con volver a explotar, por lo que ahora sí las instituciones encargadas toman todas las medidas de seguridad necesarias. Cerca de 12.000 personas fueron evacuadas, la zona más cercana al coloso permanece en estado de alerta roja y el Congreso aprobó el estado de calamidad en los departamentos de Chimaltenango, Escuintla y Sacatepéquez.

Sin embargo, la preocupación llegó tarde y, en un país acostumbrado a la actividad volcánica, los cuestionamientos empezaron a aparecer. El Congreso exigió una investigación para determinar si hubo negligencia de las autoridades, y varios sobrevivientes acusaron a la Conred de no haber emitido ninguna alerta clara antes de la emergencia. Esta, por su parte, culpó al Instituto Nacional de Vulcanología (Insivumeh) por presentar informes muy pobres que no les permitieron tomar una decisión y a la comunidad por no aplicar los protocolos para evacuar las zonas de peligro.

A Guatemala la esperan días cada vez más dolorosos, a medida que las labores de rescate, la ayuda a los damnificados y la búsqueda de responsables dan paso al largo camino de la reconstrucción de las aldeas y la reubicación de las comunidades. Este proceso medirá el verdadero talante político del impopular presidente Jimmy Morales, pues como dijo en una de sus columnas Édgar Gutiérrez, analista político guatemalteco, “en las tragedias el Estado queda desnudo o se viste”, y, según él, “en este caso ha mostrado su esqueleto a cuerpo entero”.