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| 5/29/2000 12:00:00 AM

Bodas de sangre

La guerra de Vietnam terminó hace un cuarto de siglo. Pero sus lecciones se resisten a ser olvidadas.

Bodas de sangre, Sección Mundo, edición 939, May 29 2000 Bodas de sangre
El 30 de abril de 1975 los combatientes de Vietnam del Norte dejaron de ser unos fantasmas. Ese día, mientras las débiles defensas del ejército de Vietnam del Sur, que desde 1973 peleaban sin el apoyo de su poderoso aliado estadounidense, eran arrasadas y Saigón era tomada, los televidentes norteamericanos vieron por fin a cielo abierto los rostros de su derrota. Arropados en la oscuridad de la noche o en la espesura de la selva, o protegidos por la cercanía de sus túneles de escape, los guerrilleros del Vietcong habían sido hasta entonces sólo sombras letales. Pero esa mañana los combatientes hasta entonces invisibles se convirtieron en una fuerza incontenible. La ciudad era un caos. Miles de lugareños huían hacia el sur como de la peste, sólo que ésta era en realidad un ejército arrollador compuesto en buena parte por sus propios vecinos, por los mismos que algunos días antes todavía lustraban los zapatos de los pocos extranjeros que quedaban en el país o les servían limonada en las terrazas de estilo francés de la ciudad. Ese día muchos de los televidentes de Estados Unidos entendieron que sus muchachos se habían batido como héroes pero nunca habían sabido contra quiénes luchaban. Y esa había sido la causa principal de su derrota. Pero es que, en cierta forma, todo era invisible en Vietnam. Desde la guerra misma, que nunca fue declarada; sus bajas, que siempre fueron minimizadas, y sus objetivos, que nunca estuvieron bien definidos. Estados Unidos se involucró políticamente en la región desde que Francia, la potencia colonial presente allí desde finales del siglo XIX, había sido expulsada en 1954, y desde 1961 había soldados gringos en el papel de asesores del ejército de Vietnam del Sur. Para los gobiernos norteamericanos, desde Harry Truman hasta Gerald Ford, pasando por John Kennedy y Lyndon Johnson, la prioridad había sido evitar que la península indochina cayera en manos comunistas y se desatara el famoso ‘efecto dominó’ en una región de enorme importancia estratégica. Tras 16 años de intervención, 58.000 muertos, 300.000 heridos y 150.000 millones de dólares gastados, el país cayó efectivamente en manos comunistas, pero aún así el temido efecto nunca se produjo. O sea que Estados Unidos peleó (y perdió) el último de los grandes conflictos de la guerra fría pero la historia demostró que no había necesidad. Y es que la de Vietnam no fue una guerra como cualquiera otra. Primero, fue una guerra clasista. Basta visitar el monumento de Washington para observar la desproporcionada participación de latinos en la lista de muertos. Segundo, fue la intervención de Estados Unidos en un conflicto civil en el que era casi imposible definir con claridad quiénes eran amigos y quiénes enemigos. Eso llevó, por ejemplo, a atrocidades como la matanza de My Lay, en la que un pelotón de norteamericanos asesinó a los habitantes de un villorrio por sospechas de que colaboraban con el Vietcong. Tercero, fue una guerra que se peleó tanto en los campos de Indochina como en las calles de Estados Unidos y en las pantallas de la televisión. La sociedad estadounidense terminó dividida entre quienes aceptaron la situación y quienes se opusieron a ella con todas sus fuerzas. Ambos bandos quedaron con profundas heridas. Y cuarto, en Vietnam quedó demostrado que el poder militar por sí sólo no es suficiente para ganar un conflicto. Sobre todo cuando se lucha por unos objetivos esencialmente políticos que la gran mayoría de los combatientes ni siquiera podían definir. Hoy sigue abierta la pregunta de si la presencia de Estados Unidos fue más bien contraproducente y es la verdadera responsable de que en el sureste asiático exista un país comunista en medio de los tigres del Pacífico. Y también sigue sin responderse si el holocausto desatado en la vecina Camboya por Pol Pot fue impulsado por el bombardeo norteamericano de las rutas de abastecimiento. En fin, si el deseo de Washington de confrontar militarmente un problema de naturaleza sobre todo local convirtió a toda la región en un gran matadero. Al respecto no hay que olvidar que más de un millón de vietnamitas de ambos bandos murieron en la conflagración. Hoy, 25 años después, la guerra del Vietnam es una lección que sigue gravitando sobre la política exterior norteamericana. Y es un punto de referencia imprescindible para quienes piensan que la mejor solución al problema colombiano sería la llegada masiva de los marines gringos.

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