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| 9/5/1994 12:00:00 AM

CALLEJON SIN SALIDA

Obtenida la autorización de la ONU, Estados Unidos se queda sin opciones diferentes a invadir a Haití.

CALLEJON SIN SALIDA, Sección Mundo, edición 640, Sep  5 1994 CALLEJON SIN SALIDA
LA AUTORIZACION OTORGADA LA SEMAna pasada por el Consejo de Seguridad de la Organización de Naciones Unidas (ONU) para que una fuerza internacional, liderada por Estados Unidos, invada a Haití para restaurar la democracia y detener las atrocidades cometidas por el gobierno de facto, pareció poner las cartas sobre la mesa. Si hasta entonces había fuertes dudas sobre la invasión, ahora el asunto parece confirmado, si bien el momento preciso permanece, como corresponde, en el misterio. Parece una acción fácil, pero en realidad Clinton se juega en esta apuesta caribe toda su credibilidad internacional y buena parte de su capital político interno. Clinton necesita un éxito de política mundial que le refrende sus deterioradas credenciales de líder de la única potencia mundial, pero en medio de su ansiedad por lograrlo se podría haber metido en un callejón sin salida.

Clinton requiere un éxito en Haití, porque en él no se ha cumplido el precedente de que siempre que la economía va bien, la popularidad presidencial anda por las nubes. Por el contrario, una reciente encuesta nacional reflejó una visión contradictoria del liderazgo del presidente. Esa encuesta, conducida por Richard Wirthlin, indicó que sólo el 30 por ciento del público considera al Presidente como un líder fuerte, porcentaje que no admite comparación con el 41 por ciento que obtuvo el año pasado. Esa baja se explica por muchos factores: sus escándalos sexuales y financieros, su problemas para proyectar una personalidad definida, así como sus dificultades para la aprobación de su programa de salud. Pero no puede desconocerse el papel que juega en la baja de personalidad, que el público no ve a Clinton como un líder visionario en política exterior.

En esa situación tiene mucho que ver el Departamento de Estado, que bajo la dirección de Warren Christopher parece estará a la deriva. El ministro no sólo ha carecido de la habilidad para formular una política coherente. Tampoco ha demostrado la capacidad para explicarla y comunicarla, que es otra de sus funciones fundamentales.

Lo cierto es que hasta ahora, sobre todo cuando se le confronta con los temas más complicados y sangrientos del momento, es evidente que el papel internacional de Estados Unidos bajo Clinton ha sido más bien pobre. Las tragedias de Somalia, Bosnia y Ruanda han dejado la impresión de que el presidente y su equipo de relaciones exteriores carecen del conocimiento y el compromiso necesarios para actuar rápido y efectivamente para evitar el derramamiento de sangre.

Clinton sabe que tiene que cambiar esa percepción, y por eso el caso de Haití se vuelve potencialmente muy peligroso. Desde el principio fue evidente que Estados Unidos carecía de una política definida para enfrentar la crisis de Haití. La presión sobre los militares haitianos comenzó cuando el éxodo de sus conciudadanos se volvió inmanejable, en la forma de sanciones comerciales, primero, y bloqueo total, después. Con creciente frustración, Washington fue dándose cuenta de que esas sanciones nunca funcionarían por la simple razón de que no hay nadie en Haití que pueda tomar el gobierno de manos de los militares y a nombre de la restauración de la democracia.

En esas condiciones, lo único que quedaba era la carta de invadir, que Clinton comenzó a jugar con cautela. Pero después de semanas de ejercicios militares frente a La Española, y con la autorización de la ONU de por medio, es evidente que Clinton ya no puede sacrificar la poca credibilidad que le queda y evitar la confrontación del suyo, el ejército más poderoso del mundo, contra 7.500 haitianos mal armados.

El problema no es derrotarlos, sino qué hacer después. Y lo peor es que, en medio de su deriva, Clinton ha puesto su parte para el desprestigio de la ONU, que en los últimos meses se ha convertido en el foro para aprobar la intervención de los grandes contra los pequeños, como sucedió con los franceses en Ruanda. La ONU se ha visto ahora en el predicamento de sostener, como si tal cosa, que Haití con sus 7.500 soldados es un peligro para la seguridad internacional, como Corea o Irak en su momento.

Ni la opinión pública estadounidense ni la mayoría de los países latinoamericanos piensan que Haití requiere el sacrificio de vidas humanas por una democracia que, en 250 años, los haitianos no han querido o no han podido abrazar. Pero vista la posición desafiante del gobierno de Puerto Príncipe, sangre es lo que podría corre, sin que el sacrificio garantice ningún éxito.

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