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| 12/18/1995 12:00:00 AM

COMO GATOS Y PERROS

La pugna por el presupuesto juega a favor de Clinton y de la tercera opción.

COMO GATOS Y PERROS COMO GATOS Y PERROS
LA SEMANA PASADA LOS NORTEAMERICAnos se enfrentaron a algo tan inconcebible como las pesadillas de la guerra nuclear: el cierre indefinido de la mayor parte de su organización federal. A partir de la medianoche del lunes, 800.000 empleados oficiales salieron a licencia forzosa sin paga y las dependencias más impensadas se convirtieron en lugares fantasmales, como si fueran el escenario de una película de anticipación pesimista.
Semejante bomba no fue atómica sino política. Su material explosivo no fue el uranio sino el enfrentamiento entre la mayoría republicana del Congreso y el gobierno demócrata del presidente Bill Clinton acerca del presupuesto nacional. Como detonador actuó la agria relación personal entre Clinton y sus detractores, principalmente el líder de la bancada republicana en la Cámara de Representantes, el ultraconservador Newt Gingrich.
La batalla se refiere a tres proyectos de ley separados, cuya falta de entrada en vigencia ha desencadenado la parálisis. El más importante es el de reconciliación -o balance- del presupuesto. Diseñado para llegar en 2002 a un equilibrio en ingresos y gastos, el proyecto recorta beneficios para los niños, los ancianos, los incapacitados, los trabajadores con menores salarios, los agricultores y los estudiantes. También recorta los impuestos en 245.000 millones de dólares en siete años. Clinton ha dicho que está dispuesto a arriesgar su reelección antes que dejar de vetar un proyecto con esas implicaciones.
La opinión pública ha simplificado el complejo tema en su explicación más simple: los republicanos, envalentonados por su mayoría congresional, la han emprendido contra una organización federal exageradamente costosa. Su 'revolución republicana' significa, ni más ni menos, disminuir los gastos federales al mínimo para reducir los impuestos y preservar la filosofía norteamericana y capitalista del esfuerzo individual que debe llenar, a la larga, todas las necesidades de la sociedad. Eso suena muy bien en teoría, pero en la práctica significa recortar decenas de programas de asistencia a los más necesitados, una posición que resulta muy difícil de defender sin levantar las iras de extensos sectores de la población.
Clinton sabía muy bien que esta era la oportunidad dorada que necesitaba para centrar el debate político previo a las elecciones del año próximo en la insensibilidad social de los republicanos. Lo sabe porque la opinión pública parece haberse inclinado a su favor aun desde antes de la crisis del presupuesto. Una consulta hecha por Times Mirror a fines de octubre indicó que un 35 por ciento de votantes potenciales responsabiliza más a los republicanos de los problemas del país, mientras que sólo un 7 por ciento tiene esa percepción acerca de Clinton. Otra encuesta de la cadena CNN y el diario USA Today indicó que el senador Bob Dole, favorito para enfrentar a Clinton en las presidenciales, tiene un 52 por ciento de desaprobación y perdería ante el presidente por un margen de ocho puntos si las elecciones se realizaran hoy.
La actitud de los norteamericanos sobre el tema de la reducción de gastos también ha cambiado radicalmente. Si hace nueve meses una encuesta de los mismos medios indicaba que sólo el 39 por ciento estaba en contra de los recortes, una hecha la semana pasada mostró que esa cifra había subido al 57 por ciento. En otra sorpresa, de quienes favorecieron el recorte de gastos, el 75 por ciento se opuso a los cortes de Medicare (servicios médicos a los pobres), 74 por ciento a tocar los préstamos estudiantiles y el 66 por ciento a otro programa de subsidios medicos.
Todo ello parece indicar dos cosas: por una parte, la gente está dispuesta a favorecer los recortes siempre que no toquen los programas sociales de su interés. Por la otra, muchos votantes no entienden muy bien de qué se está hablando, pero no vacilan en asumir una posición.
Por eso, la polémica tiende a favorecer a quien presenta mejor su caso, sin tocar el fondo del asunto. Sólo que en materia de imagen pública Clinton le lleva una amplia delantera al pugnaz Gingrich. Esa delantera se amplió cuando el mismo republicano reconoció que tanto él como Dole resolvieron ir hasta las últimas consecuencias luego de que, según ellos, el presidente les relegara a los últimos puestos en el avión presidencial que transportó a la delegación estadounidense al entierro de Yitzhak Rabin.
Un tema de tanta trascendencia para el país más poderoso del mundo reducido a una discusión pasional, es más de lo que muchos norteamericanos están dispuestos a digerir. Por eso, aparte de los beneficios electorales para el presidente, el tema le ha dado más ímpetu a la idea de buscar una tercera alternativa, que le devuelva a la política estadounidense el nivel que, a ojos de muchos ciudadanos, ha perdido.

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