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| 11/11/1996 12:00:00 AM

CON OTRA CARA

El nuevo Daniel Ortega, apóstol de la libre empresa y la inversión extranjera, podría ganar las elecciones de Nicaragua.

CON OTRA CARA CON OTRA CARA
Cuando lanzó su candidatura a la presidencia de su país en mayo pasado, el ex presidente nicaragüense Daniel Ortega era poco más que un cadáver político. Producto típico de la guerra fría, los alegatos del líder sandinista contra el imperialismo yanqui y contra la economía de mercado sonaban a arqueología política. Luego de desempeñar la presidencia entre 1984 y 1990, había entregado a Violeta Barrios de Chamorro un país empobrecido y con una inflación del 30.000 por ciento. Su Frente Sandinista de Liberación Nacional atravesaba una fuerte crisis de identidad, que llevó a la deserción del ex vicepresidente Sergio Ramírez. Las encuestas señalaban una intención de voto del 23,5 por ciento, con una desventaja de más de 13 puntos ante el candidato con mayor opción, el liberal Arnoldo Alemán. Nadie hubiera apostado un solo córdoba por él en las elecciones generales del 20 de octubre. Hoy, a menos de dos semanas del certamen , las encuestas señalan que Ortega está equiparado con su oponente, con la ventaja, como dicen en la hípica, de que viene de atrás para adelante. Los sandinistas sabían que su base electoral no supera el 20 por ciento de los dos millones de votantes y estaban dispuestos a todo con tal de superar el 45 por ciento necesario para no ir a una segunda vuelta. Un objetivo difícil si se tiene en cuenta que durante el gobierno sandinista la sociedad se dividió entre los favorecidos por las políticas socialistas del régimen y las clases medias y altas que sufrieron las confiscaciones. Es por ello que desde el primer momento Ortega decidió dejar atrás la imagen de revolucionario al estilo cubano, y su primer golpe a la larga resultó muy útil: nombró como candidato a la vicepresidencia a Juan Manuel Caldera Lacayo, un rico ganadero que había sufrido la confiscación de sus cuatro fincas. Caldera soportó bien las críticas de sus colegas, que le acusaron de venderse para figurar, y con el tiempo su proselitismo resultó clave en el repunte. Con Caldera a su lado, Ortega anunció el nuevo credo sandinista: "No habrá desalojos ni confiscaciones: el Frente Sandinista respetará la propiedad privada. El sandinismo irá a las próximas elecciones enarbolando las banderas de la unidad nacional, la paz, el respeto a la propiedad privada y la creación de empleos a través de la reactivación productiva". Se trataba de dejar atrás el fantasma de las expropiaciones, que durante la era sandinista afectaron a unas 6.000 propiedades agrícolas (que sumaban unas tres millones de hectáreas), a unos 7.000 viviendas urbanas y a 350 empresas industriales y comerciales. Ortega siguió cosechando adeptos tras proponer un Acuerdo Etico Electoral, que suscribió la mayoría de los 19 candidatos a la presidencia, lo que complementó al firmar la 'Agenda Mínima', un compromiso promovido por la vicepresidenta Julia Mena, la Iglesia Católica y más de 40 organizaciones civiles, que señala los retos que deberá resolver el próximo gobierno en materia de propiedad, producción, salud, educación y justicia. Su firma de ese pacto le permitió acercarse a otro enemigo del pasado, el cardenal Miguel Obando y Bravo, a quien ofreció consultarle el nombramiento del ministro de Educación. No conforme con esos esfuerzos de 'unidad nacional', Ortega llegó a un extremo que suscitó críticas en su propio campo, cuando se alió con un tenebroso ex guardaespaldas de los hijos del dictador Anastasio Somoza. Se trata de José Benito Bravo, que luego de la caída de su jefe se unió a la guerrilla Contra que combatió al ejército sandinista y a quien se atribuyen múltiples violaciones de derechos humanos. Sergio Ramírez, hoy candidato sin opción de su 'Renovación Sandinista', dijo que era "una ofensa a los mártires sandinistas aliarse con este hombre sólo por aumentar puntos". Para completar su exitosa estrategia, que incluyó además la promesa de no imponer el servicio militar obligatorio y entregar siete ministerios al sector privado, la semana pasada el Frente Sandinista dio a conocer su plataforma económica basada en el mercado libre, controlar la inflación y mantener los ajustes estructurales iniciados por Violeta de Chamorro. "El motor de la economía deberá ser la inversión privada y extranjera", declaró el nuevo Ortega. Todo lo anterior, combinado con una nueva puesta en escena que excluye el himno sandinista, con sus estrofas antinorteamericanas, y presenta a un Ortega renovado y más parco en sus discursos, ha logrado el resultado previsto. Tanto que la campaña de Arnoldo Alemán, plagada de defectos y calificada de 'inepta', ya está en estado de shock. Para septiembre la situación había cambiado tanto que fue Alemán quien pidió la realización de un debate televisivo, un recurso al que acuden sólo los candidatos en peligro. Ortega aprovechó la oportunidad para anotarse un nuevo gol al condicionar el debate (que no se realizó) a que Alemán firmara la 'Agenda Mínima'. Pero la mayor prueba de que Ortega se convirtió en una opción seria es que el gobierno norteamericano decidió romper la tradición del gobierno de Bill Clinton de no inclinarse por ningún candidato en elecciones extranjeras. El vocero del Departamento de Estado, Nicholas Burns, dijo el miércoles de la semana pasada que "Ortega es un nicaragüense con pasado, y ese pasado, en muchos aspectos, es antiestadounidense.". Burns hacía referencia al alineamiento de Nicaragua con la Unión Soviética y a su amistad con la Revolución Cubana, que era vista como la cabeza de playa del comunismo en América Central. El mensaje, desde luego, iba dirigido a los votantes moderados para quienes la perspectiva de la enemistad con Estados Unidos es aterradora. Sin embargo es discutible que produzca un efecto determinante en un país como Nicaragua, calificado como el más pobre de América después de Haití. Más del 50 por ciento de los nicaragüenses viven en la pobreza, el 75 por ciento no pueden satisfacer sus necesidades básicas y 54 por ciento de los que tienen edad de trabajar están desempleados. Para esa población la palabra sandinista sigue sonando como una esperanza. En todo caso no es descartable una victoria de Arnoldo Alemán, quien tiene a su favor al establecimiento empresarial y político. Hay quienes dicen que su victoria sería un revés para Colombia, porque Estados Unidos no tendría inconveniente en apoyar a su gobierno sobre San Andrés. Un gobierno sandinista, por el contrario, sería el mejor resultado para Colombia porque supondría la reinstalación en el poder de uno de los enemigos preferidos de Washington, capaz de acaparar su necesidad de contrincantes. Pero eso sólo podrá saberse después del 20 de octubre.

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