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| 12/4/1989 12:00:00 AM

Contra ataque

Vientos de guerra en Nicaragua tras el fin de la tregua decretado por Ortega.

Contra ataque, Sección Mundo, edición 392, Dec  4 1989 Contra ataque
La tormenta no llegó de improviso. Por lo menos desde mediados de octubre, los observadores electorales de la OEA habían expresado su preocupación por la actividad bélica renovada que estaban desplegando los guerrilleros de la Resistencia Nicaraguense, mejor conocidos como contras. El jefe de esa misión había señalado los nubarrones negros acumulados desde cuatro domingos atrás cuando, según denuncias recibidas por el organismo, fuerzas de la RN obstaculizaron con amenazas y ataques la inscripción de los ciudadanos para los comicios generales a celebrarse el 25 de febrero.
Pero el florero de Llorente llegó el domingo 22 cuando, según informaciones difundidas en Managua, un grupo de campesinos que se dirigía a inscribirse en el departamento de Matagalpa fue atacado por los guerrilleros, con saldo de 15 muertos y 7 heridos. Esa acción, confirmada en medios oficiales pero negada por voceros de la contra, fue la gota que llenó la copa del presidente Daniel Ortega.
Quienes estaban presentes en la reunión que sostuvo con periodistas poco después, coinciden en afirmar que a Ortega se le notaba una rabia ostensible por los ataques que, según afirmó, habían costado 1.730 víctimas.
Si ese ataque de ira empañó el buen juicio político del líder nicaraguense es algo que los historiadores deberán dilucidar. Lo que parece cierto es que Ortega llegó a San José con el claro propósito de no dejar pasar esa reunión, primordialmente protocolaria, para sacar algún partido, máxime si iba a estar presente su gran enemigo, el presidente norteamericano George Bush. Al fin y al cabo, si esa clase de tácticas poco elegantes le había dado buenos éxitos en el pasado, no había razón para no repetirlas.
Tras varios intentos por provocar un diálogo bilateral con Bush, soltó su bomba en una conferencia de prensa el viernes, para sorpresa de todos los mandatarios asistentes a la celebración. Ortega sacó toda su artillería verbal para anunciar que suspendería el "cese al fuego unilateral", declarado desde el 24 de marzo de 1988, en el marco de las conversaciones de Sapoa. En medio de una reunión para celebrar la democracia y la paz de un país sin ejército como Costa Rica, Ortega ponía la nota discordante.
Las reacciones que el presidente Ortega debió encontrar entre sus colegas latinoamericanos debieron ser tan frías, y su resbalón diplomático tan evidente, que no pasaron 24 horas antes que tratara aparatosamente de regresar sobre sus pasos, para ofrecer permanecer en la tregua, siempre y cuando Estados Unidos se comprometiera a retirar inmediatamente su apoyo a los contras. Pero el daño estaba hecho y el silencio de la Casa Blanca no resultó ninguna sorpresa.
Tal vez como reflejo de la reacción obtenida en San José, Ortega dejó, de regreso en Managua, una salida en su declaratoria de guerra, al convocar una reunión inmediata de su gobierno con el de Honduras, representantes de la contra y la Comisión Internacional de Apoyo y Verificación bajo los auspicios de la ONU en Nueva York, que se celebraría a comienzos de la próxima semana. Al cierre de esta edición se supo que los contras habrían aceptado esa reunión, mientras el gobierno hondureño anunciaba su intención de abstenerse.
Pero en espera de esa gestión diplomática y del resultado de la ofensiva bélica del ejército sandinista, los observadores internacionales se preguntaban qué había detrás de la nueva movida nicaraguense en el complicado ajedrez de la situación centroamericana.
Para muchos, la bomba de Ortega le estalló en las manos. Según esa tesis, el líder sandinista pareció perder en un solo acto toda la ventaja diplomática que los sandinistas habían adquirido desde cuando Ortega declaró la tregua unilateral en 1988 y comenzó a convencer al mundo éntero de que los malos de la película eran los contras.
En febrero de este año en Playa Tesoro, El Salvador, los sandinistas habían anunciado sorpresivamente su plan de elecciones, con lo que obtuvieron el compromiso de los países centroamericanos para la desbandada de los contras, y en agosto lograron el consenso para un plan concreto de desmovilización. Pero lo más impresionante era que esos logros diplomáticos los habían obtenido con un baño adicional de respetabilidad internacional, absolutamente indispensable para sus planes de recuperación de su sufrida economía.
Pero la acción del presidente Daniel Ortega tiene también otras lecturas. Los diplomáticos nicaraguenses insisten en que la decisión de Ortega era necesaria para poner presión sobre el cumplimiento de los acuerdos de Tela, según los cuales la desmovilización de la contra debería estar culminada a más tardar el 5 de diciembre. Los observadores extranjeros coinciden en afirmar que ese proceso de desmantelamiento está estancado y que no hay ninguna posibilidad de que la fecha límite se cumpla. De acuerdo con esa posición, el error de Ortega había sido de oportunidad pero no de fondo.
Según se afirma, la jugada de Ortega nació de la frustración de ver que, mientras Nicaragua había dado pasos significativos hacia la organización de unas elecciones limpias en febrero -proceso que, por otra parte, ha sido monitoreado positivamente por los propios norteamericanos-, los rebeldes acantonados en Honduras no parecen más cerca de su desbandada que lo que estaban hace dos años, y en cambio han efectuado ataques que pasaron de 60 en agosto a 147 en septiembre.
Un diplomático nicaraguense, Alejandro Bendaña Rodríguez, defendió la actitud de Ortega diciendo que "el punto era recordarle a la comunidad internacional que, a pesar de Tela y a pesar del proceso electoral, hay en Nicaragua todavía una guerra causada por los ataques de la contra. El gobierno de Bush no puede tener a los contras y a la UNO (Unión Nacional de Oposición) también. No podemos permitir que nos ataque en ambos campos, el político y el militar".
Las palabras del diplomático resultaron descriptivas del pensamiento de Ortega, quien en su conferencia de prensa dijo que la oposición encabezada por la UNO habia adoptado el punto de vista norteamericano de que los contras deberían permanecer en actividad por lo menos hasta que terminara el proceso electoral, lo que consideró negativo para la consolidación democrática del país.
Pero la oposición tiene sus propios puntos de vista al respecto. Para la UNO, que aspira con los nombres de Violeta Chamorro y Virgilio Godoy -y el apoyo de los dólares norteamericanos-, a ganar las elecciones de febrero, lo que el cese de la tregua significa es que los sandinistas sienten pasos de animal grande y quisieran encontrar un pretexto para suspender los comicios antes que verse derrotados en las urnas.
Esa posición parece cancelada por las seguridades que ha dado Ortega de que la fecha de las elecciones no se modificará y que precisamente la operación militar contra los contras es la mayor garantía de que efectivamente habrá elecciones.
Quién tiene la razón en Nicaragua` sólo se sabrá cuando pasen los acontecimientos. Entre tanto, hay una cosa clara: los contras, llamados por Ronald Reagan "luchadores de la libertad", parecen en camino de convertirse en un problema de grandes proporciones para la región. Las dudas del gobierno de Bush sobre renovar la ayuda militar son un buen síntoma. No de otra forma parece explicable el que, por lo menos al principio, el vocero presidencial Marlin Fitzwater se haya tratado de mantener neutral, cuando afirmó que se había retirado la ayuda a un comandante contra que realizó ataques a posiciones sandinistas. Tal parece que Bush, que no vaciló en llamar a Ortega en San José "un animal no deseado en una fiesta de jardín", tampoco quiere que lo identifiquen con la banda de forajidos que, según todas las evidencias, es lo que queda de los luchadores de Reagan.
Pero los dilemas que le quedan por delante a Ortega tampoco son envidiables. Si mantiene la caña y despliega su ofensiva militar contra los bandoleros, podría ser retratado como un tirano despótico dado a la reacción excesiva. Pero si se desdice en busca de recuperar imagen, envalentonaría a su oposición y, de paso, a los mismos contras.
Entre tanto, la tormenta ya estalló y podría terminar por echar atrás todos los logros hacia la paz, en momentos en que en El Salvador el FMLN despliega su mayor ofensiva. Falta ver si el nuevo drama nicaraguense trasciende hasta estropear las elecciones, o si resulta ser simplemente un chubasco tropical.

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