crónica

Así viví en China la cuarentena por coronavirus

Viajé a China para cumplir mi sueño de aprender chino mandarín y vivir con una familia tradicional. Sin embargo, nunca pensé que el brote del covid-19 se originaría cerca de nuestra provincia y pondría en riesgo al mundo. Este es el relato de cómo sobrellevé la crisis lejos de mi país y de mi familia.


Llegamos al primer día sin ningún nuevo caso de coronavirus en la provincia de Jiangxi. Así lo reportaron las autoridades sanitarias chinas una vez terminamos la cuarentena. Salí pensando que todo había acabado, pero la silenciosa e invisible pandemia de coronavirus se propagó en todos los rincones del planeta y ya ha cobrado la vida de más de trece mil personas y los casos de contagio superan los 300.000. 

La familia Chén me recibió en septiembre de 2019 en la ciudad de Nanchang, ubicada en la provincia de Jiangxi, a cinco horas en carro de Wuhan. Yo enseñaría inglés a los hijos y, a cambio, ellos me darían hospedaje y alimentación. 

Somos ocho en la casa. La mamá, Zhulia; el papá, Chèn sì Hóng; un hijo de 8 años, Chén zì Lù; una hija de 5 años, Chén zì Mei; la abuela, una tía que les colabora en la cocina y con el aseo de la casa, una joven de 16 años y yo, Luisa Fernanda Flórez Cardozo, de 24 años.

Nunca se me pasó por la mente que a los pocos meses se desataría una emergencia que pondría en jaque al mundo. Escuché por primera vez sobre el coronavirus cuando hablé con una amiga de mi interés en aplicar a una beca en la Universidad de Wuhan.

-¿Quieres estudiar en la ciudad de donde salió el virus?, me dijo. No había mucha información al respecto y la familia solo me dijo que no era nada grave, que las autoridades lo controlarían.

Sin embargo, cada día la situación empeoraba. Antes de las celebraciones del Año Nuevo chino, el 24 de enero, más de 56 millones de personas de Wuhan y la provincia de Hubei entramos oficialmente en cuarentena. Cuando supe que me iba a quedar encerrada en la casa fue que comencé a estresarme. No sabía si iba a poder con ello, si resistiría. 

Era el inicio de la primavera, pero todavía hacía frío. No sé por qué razón, pero se me empezó a caer el cabello a manotadas. Por un lado, tenía la presión de mi familia en Colombia pidiéndome que me devolviera. También tenía pánico por lo que había visto en redes sociales. Todos hacían chistes sobre China, decían que era la peste de 2020, que era el fin del mundo. 

En la casa de los Chén no se hablaba del tema. El único que podía salir era el papá, Chèn sì Hóng. Es policía y también es uno de los hombres que quería trabajar en contra de la guerra de la epidemia en su país. Utilizaba su traje con la debida protección y su tapabocas. Cuando regresaba cada noche, Zhulia, la mamá, le ordenababa que se bañara en el primer piso y botara todo lo que posiblemente se pudo infectar. 

Los niños, Chén zì Lù y Chén zì Mei, querían jugar. Su escuela había cerrado por la cuarentena. Estuve con ellos. Intenté hacer ejercicio, pero no puedo negar que se vuelve cansón. Necesitaba correr por el parque, respirar aire fresco. Las películas fueron una opción, también los libros. Me ayudó un calendario que hice, el tiempo parecía pasar más rápido así.

Un día tuve mucho miedo. Chén zì Mei, la pequeña de 5 años, tuvo una fiebre muy alta, casi 39 °C. La familia Chén estaba muy preocupada porque pensó que el papá había traído el coronavirus. Ya no había medicamentos para la gripa en las farmacias y en caso de que los hubiera, era mejor no comprarlos porque parecería que se estaría evadiendo a las autoridades. Por eso, Zhulia la atendió en la casa y afortunadamente se trataba de un resfriado. Chén zì Mei tiende a enfermarse con regularidad.

Yo necesitaba saber qué iba a pasar si yo me enfermaba. Una psicóloga de la agencia china que está al pendiente de mi intercambio me enseñó las medidas de protección y me aconsejó no entrar en pánico. 

Zhulia llegó a decir que si se complicaban las cosas en China ella se iría para Estados Unidos. Pero eso nunca resultó; al contrario, nos comenzamos a preocupar porque, según las noticias, el virus ya se había propagado por Europa y estaba infectando y matando a mucha gente. Las alarmas de emergencia ya estaban activadas en todo el planeta.

A la segunda semana de la cuarentena fui perdiendo el acceso a las redes sociales, no podía entrar a Facebook ni a Instagram, solo me funcionaba WhatsApp y WeChat. Pero en los últimos días, ya no podía ver fotos ni escuchar audios. Quedé totalmente desconectada.

Debo confesar que salí en dos ocasiones durante la cuarentena. Un día quise ver cómo estaba todo, si en realidad la ciudad estaba vacía; el otro, salí para grabar un video que quería compartir con mis amigos en Colombia al terminar la cuarentena.

Cada que alguien salía debía presentar ante las autoridades una especie de código electrónico que se convierte en su identificación. Para entrar a cualquier lugar debía tomarme la temperatura y escanear un código por la conocida red social china WeChat, el cual le indica a las autoridades que yo estuve allí. 

Comencé a ver mucho la televisión. Noté que, según los reportes, el número de contagiados iba disminuyendo de 20 en 20 cada día de las últimas semanas del aislamiento. Durante la cuarentena, la provincia de Jiangxi pasó de tener más de mil infectados a tener 230.

El día en que la cuarentena terminó

La Comisión Nacional de Sanidad en China y la Organización Mundial de la Salud (OMS) reportaron que por primera vez después del brote de coronavirus, en el país no se han registrado nuevos casos de contagio local que se sumen a la lista actual de más 81.000 infectados. Según las cifras, 3.261 personas murieron en territorio chino por causa del covid-19 y 72.440 se han recuperado.

Volví a tener acceso a las redes sociales y me reporté con mis seres queridos. Me aterró saber que Europa ya era el foco del coronavirus y que la pandemia había llegado a Colombia. Aunque varios países han impuesto la cuarentena, han muerto miles de personas por día a causa del covid-19. Por ejemplo, Italia lleva más de 4.800 muertes y supera los 53.000 casos de contagiados, y en España han muerto más de 1.500 personas y están infectados más de 28.000.

Desde finales de febrero, China trabaja en el reinicio de la economía en las regiones más afectadas por la crisis que representó el coronavirus. Además, las autoridades anunciaron otras medidas de prevención como que cualquier pasajero extranjero que ingrese al país por Pekín debe pasar un aislamiento obligatorio de 14 días en centros de salud especiales. 

El papá, Chèn sì Hóng, me aseguró que hasta que China se recupere totalmente hay que mantener las precauciones; por eso debemos esperar refugiados por 20 días más. Las autoridades sanitarias están por todas partes con sus trajes especiales tomándole la temperatura a cuanta persona pase.  

Yo ya salgo más veces en la semana para comprar algo, mientras que Zhulia sale pocas veces hacia su trabajo, ella maneja el arte de los detalles de oro y madera para los templos. Por su parte, Chèn sì Hóng sigue en su rutina diaria como policía. Los niños salen a jugar, todavía con sus tapabocas, y los ancianos se ven por los parques caminando y tomando el sol. Se comienza a sentir todo muy bien otra vez.

Sé que las cosas se han complicado en Colombia, pero quiero decirles que hay que tener calma. Hay que saber que los contagios se seguirán incrementando. En nuestro caso, si no hubiera sido porque la población de Wuhan se hubiera encerrado, quién sabe cuántos estragos más hubiera causado el coronavirus en el país.

Combatir el coronavirus en el mundo depende del aporte de cada uno. Por eso hay que quedarse en casa, lavarnos las manos y seguir cualquier indicación por parte de las autoridades.