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| 4/14/2018 9:49:00 PM

Muerte en Siria: ¿Qué viene ahora?

Al atacar algunos puntos claves de Damasco en coordinación con Francia y Reino Unido, Trump se acerca peligrosamente a una confrontación con Rusia, mientras algunos señalan que lanza una cortina de humo por sus problemas domésticos.

Donald Trump, Francia y Reino Unido atacan Siria Muerte en Siria: ¿Qué viene ahora?

“Rusia no participa en la diplomacia de Twitter”, respondió el portavoz del Kremlin, Dmitri Peskov, ante la amenaza que a través de esa red social envió Donald Trump. Palabras más, palabras menos, Trump anunció que lanzaría misiles sobre Siria como respuesta al presunto ataque químico con el que el gobierno sirio, aliado de Moscú, habría matado a 42 personas en el enclave opositor de Duma, a las afueras de la capital, Damasco.

El inquilino de la Casa Blanca reaccionó ante las primeras imágenes que circularon por noticieros internacionales, en las que civiles de todas las edades buscaban ayuda para reducir con agua los efectos de lo que parecía ser un nuevo ataque químico del régimen de Bashar al Asad, que se suma a los 85 de este tipo confirmados por Human Rights Watch.

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Fiel al estilo de la Casa Blanca de Trump, el secretario de Defensa estadounidense, James Mattis, salió al paso y dijo que tanto ellos como sus aliados estudiaban aún la información sobre el ataque. Mattis le presentó a Trump varias opciones militares y este dijo que las evaluaría con su recién posesionado consejero de Seguridad Nacional, John Bolton. Pero el jueves, en otro trino, advirtió que el ataque no era inminente. Y el viernes en la noche, los noticieros comenzaron a informar de explosiones en Damasco. Pronto se supo que se trataba de un ataque coordinado con Reino Unido y Francia, y dirigido contra algunos blancos específicos, un laboratorio donde supuestamente se producirían las armas químicas y varias bases militares.

No es la primera vez que Trump lo hace. Hace un año, después de la muerte de 74 personas, por un ataque similar, Trump avisó que arremetería contra una base aérea siria. Los militares gringos advirtieron con tiempo a los rusos para que sacaran a su personal del lugar, y estos alertaron a sus aliados sirios. Pero hace un año la interlocución con el gobierno de Vladimir Putin tenía otro tono, y ambas partes coordinaban sus acciones para no enfrentarse directamente. Hoy, tras los numerosos intercambios agresivos entre la Casa Blanca y el Kremlin y las acusaciones de injerencia en las elecciones norteamericanas, el margen de error se ha ampliado, y las posibilidades de una confrontación son mucho mayores.

La decisión de Trump marca un viraje de 180 grados en su política en Siria. Él mismo había anunciado la semana pasada su intención de retirar sus tropas de la zona, lo cual parecía incongruente por la gran cantidad de frentes que Estados Unidos tiene en la región. Apoya a los rebeldes sirios contra el gobierno de Bashar al Asad, resguarda los intereses de Israel –que ve en la presencia iraní en apoyo a este una amenaza existencial– y trata de contrarrestar la creciente presencia de los rusos en un área estratégica.

Pero ante las nuevas circunstancias, Washington consultó a Francia, Gran Bretaña y otros aliados para lanzar una operación militar conjunta, aunque su indecisión puso a prueba a otros aliados en Europa, que temían que cambiara de opinión en el siguiente trino. Aparentemente, por eso Alemania tomó distancia del conflicto, y aunque la canciller Angela Merkel condenó como es natural cualquier uso de armas químicas, prefirió no apoyar una posible intervención.

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Por otra parte, el presidente francés, Emmanuel Macron, sostuvo conversaciones en París con el príncipe heredero saudita Mohamed bin Salmán, enemigo de Irán que respalda firmemente a la oposición siria. Horas después de esa charla, Macron dijo tener pruebas “de que se utilizaron armas químicas y que el régimen lo hizo”, aseguró en una entrevista para un canal local. Añadió que, en caso de una intervención, esta debería limitarse a impedir que Damasco vuelva a usar esas armas químicas.

Por el contrario, el ministro de Asuntos Exteriores de Rusia, Serguéi Lavrov, insistió en que no había evidencia de un ataque químico, y mucho menos de la participación de sus aliados del gobierno sirio, y que se trataba de un complot. Lavrov dijo que los especialistas militares rusos visitaron Duma y no encontraron rastros de una sustancia química utilizada contra civiles. Los especialistas pudieron ingresar a esta ciudad porque, después del ataque del fin de semana, los rebeldes abandonaron esa posición.

La situación muestra hasta qué punto Rusia se ha convertido en la potencia determinante en la región. Como le dijo a SEMANA el profesor Miguel Benito, experto en política exterior de Estados Unidos, “Vladimir Putin sin duda ha conseguido todos sus objetivos en la zona y lo ha hecho manteniendo su perfil de gran potencia sin tener necesidad de intervenir tanto. Bashar al Asad también está consiguiendo lo que quiere, y si logra salir de la guerra como presidente, será un triunfador más. Estados Unidos pierde por la influencia que ha dejado de tener en la región, lo cual no es solo responsabilidad de Trump, sino también de Barack Obama”.

Y los habitantes sirios no han dejado de perder. La Organización Mundial de la Salud (OMS) informó que después del ataque a las afueras de Damasco, 500 personas visitaron instalaciones médicas en Duma. Médicos de la zona confirmaron que algunos de los afectados presentaban síntomas que evidenciaban exposición a gas sarín: espuma en la boca, asfixia, pupilas dilatadas y contraídas, quemaduras en la córnea y cianosis central (tinte azul en la piel).

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Según la Casa Blanca, Trump suspendió su presencia en la Cumbre de las Américas y su posterior visita a Bogotá con el pretexto de coordinar la respuesta a la crisis que ahora estremece a Siria. Sin embargo, a la par que eso sucedía en Oriente Medio, otros escándalos aparecían en el vecindario de Washington. Por eso, algunos consideraron esos mensajes en redes sociales como una cortina de humo más. Esta vez buscaría cambiar de tema frente a la investigación en curso por el pago a dos mujeres para comprar su silencio, por la cual el FBI allanó la oficina de Michael Cohen, su abogado defensor. Paradójicamente, mientras el mundo aún le buscaba solución a una guerra de siete años, Trump en parte usaba la misma para que la opinión pública se enfocara en ese enemigo externo y no en su pasado sexual, que se ha convertido en la amenaza más próxima sobre su administración.

Por eso, los trinos de Trump adquirieron un tono especialmente siniestro, pues con sus constantes cambios de opinión, el presidente norteamericano juega al pastorcito mentiroso al que es cada vez más difícil creerle. El embajador de Rusia ante la ONU advirtió con claridad que un ataque contra el gobierno sirio podría desatar una guerra, sobre todo si ponía en peligro la permanencia de Bashar al asad en el poder.

Por eso Trump decidió, como en la oportunidad anterior, lanzar un ataque puntual. Pero ante la crispación del ambiente mundial, los límites entre una operación controlada y una que se salga de madre están más difuminados que nunca. Muchos recordaron entonces las semanas anteriores al estallido de la Primera Guerra Mundial, cuando la frivolidad de los gobernantes condujo a una conflagración sin precedentes en la historia.

Y en casa, escándalo tras escándalo

Washington se estremece por las pruebas sobre el oscuro pasado sexual de Trump. Su abogado personal y un nuevo libro lo confirman.

A comienzos de la semana, mientras Trump se iba lanza en ristre en Twitter contra el gobierno sirio y sus aliados de Moscú y Teherán, el FBI incautaba documentos de la oficina de Michael Cohen, su abogado. “Acabo de escuchar que entraron a la oficina de uno de mis abogados personales, un buen hombre. Esto es una situación vergonzosa, una caza de brujas total”, dijo Trump, en la misma conferencia de prensa en la que informaba las acciones que iba a tomar ante la crisis siria.

Cohen pasó al centro de atención tras admitir que pagó 130.000 dólares a la actriz porno Stormy Daniels (Stephanie Clifford). Daniels asegura que tuvo una relación sexual con Trump en 2006 y que el pago pretendía silenciarla justo antes de las elecciones. Karen McDougal, exmodelo de Playboy, también afirmó algo similar sobre un episodio sucedido en 2007.

El registro del FBI al abogado buscaba pruebas de los pagos hechos a ambas, aunque no es claro si iban por más. En todo caso, una diligencia como esa es muy poco común, pues afecta el principio de la confidencialidad de las relaciones entre el cliente y su defensor. Para hacerlo, el FBI tuvo que recibir al menos cuatro autorizaciones judiciales, lo que indica por sí solo hasta qué punto la situación es delicada. Tanto, que al final de la semana algunos observadores de Washington señalaban la posibilidad de que Trump, por fin, se atreviera a despedir al investigador especial del FBI, Robert Mueller, con consecuencias políticas y jurídicas impredecibles. Pero aún faltaba otro escándalo, esta vez por cuenta del respetado James Comey, exdirector del FBI, quien con su nuevo libro Una lealtad mayor promete sacudir aún más el convulsionado ambiente político. “Me recuerda a un capo de la mafia que pide lealtad a sus subalternos, miente a menudo y vive en un mundo alternativo”, dice Comey de Trump en el libro.

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