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| 11/25/1996 12:00:00 AM

EL CANCILLER ETERNO

Reelegido presidente de su partido y con amplio panorama político, Helmut Kohl iguala la permanencia de Adenauer en el poder.

EL CANCILLER ETERNO EL CANCILLER ETERNO
Es amigo personal de Bill Clinton y Jacques Chirac, tutea a Boris Yeltsin, mantiene una estrecha amistad con Felipe González, como la tuvo también con Mitterrand. Asumió el poder en medio de una importante crisis económica en su país, y en momentos en que la OTAN había decidido instalar enAlemania Federal misiles de alcance medio que apuntaban al Este, al mismo tiempo que, por vías diplomáticas, Occidente promovía el desarme nuclear. El 30 de octubre, y a los 66 años, Helmut Kohl cumple 5.145 días al frente de los destinos de Alemania, superando a su padre político, Konrad Adenauer. Cuando Kohl termine su actual mandato en 1998 habrá completado 16 años en el poder y le estará pisando los talones al legendario 'Canciller de hierro' Otto von Bismarck, quien permaneció 19 años en el cargo. Si Kohl, además, resulta elegido por quinta vez, la era de este hombre voluminoso que mide 1,94 metros se extenderá hasta 2002. Hoy por hoy Kohl es el más veterano de los líderes europeos, su permanencia en el gobierno abarca la de tres presidentes norteamericanos, iguala a la de François Mitterrand en Francia y supera con mucho los 11 años de Margaret Thatcher en Gran Bretaña. Si a esa permanencia se añade el hito de haber sido uno de los artífices de la Unión Europea y el segundo canciller (después de Bismarck) en lograr la unidad alemana, es inevitable concluir que Helmut Kohl es uno de los personajes que han marcado la historia de la segunda mitad del siglo XX. Kohl aceptó la semana pasada por decimotercera vez la presidencia de la Unión Demócrata Cristiana _CDU_, en una convención donde 1.000 dirigentes del partido más poderoso de Europa prácticamente le imploraron que acepte una nueva candidatura al máximo cargo alemán. Aunque Kohl ha rehusado anunciar sus planes para las elecciones, la perspectiva de que el canciller de dos megaproyectos _la unidad alemana y la Unión Europea_ continúe gobernando la potencia económica no es traída de los cabellos. Es probable que en Alemania en estos momentos no haya nadie capaz de dirigir el país en la trascendental coyuntura en que se encuentra: lo dicen observadores diplomáticos, lo sostienen muchos políticos y lo afirma también el hombre de la calle a pesar de estar abrumado por los impuestos. El resto del mundo quizá también prefiera que Alemania no cambie de jinete en la actual transición hacia la unidad de Europa. Pero el camino no es fácil porque el precio de la integración a la Unión incluye severos ajustes en el gasto y el desmonte del sistema de seguridad social alemán, uno de los más amplios de Europa. Tras tantos años de beneficios sociales exagerados, los alemanes ya no son ese pueblo que donaba una hora de trabajo en épocas de Adenauer para producir el 'milagro alemán'. El costo de la unificación también ha sido más alto de lo esperado y el descontento social crece. Kohl cumple mejor el trabajo de visionario que el de portador de malas noticias, pues al fin y al cabo encierra la paradoja de ser un líder de proyecciones mundiales que sigue siendo un gamonal de provincia. Un político bonachón, de chistes ramplones y sonrisa perenne, cuya mayor seducción es la de ser un hombre francote y predecible. Pero un hombre que también es capaz de decir, sin pudor por el pasado belicoso de su país, que "la cuestión de la integración es un tema de guerra y paz para el siglo XXI". Una frase que suena mucho a un Bismarck del cambio de milenio.La reciente publicación del libro autobiográfico 'Yo quería la unidad alemana' causó interés y curiosidad. Tal vez por fin los lectores iban a conocer las confesiones íntimas de este hombre que ha mantenido siempre un bajo perfil ante la opinión, que trata de mantenerse al margen del contacto con la prensa. Pero las más de 400 páginas del libro no revelan ninguna intimidad. Los electores alemanes no conocen las debilidades de Kohl: sólo lo ven actuar, y eso corresponde precisamente al espíritu nacional. Los alemanes ven en él a uno de los suyos: pragmático, disciplinado, en 14 años siempre ha hablado igual y se ha vestido igual. Hace tres años la principal revista alemana, Der Spiegel, publicó una serie titulada 'El fin de la era Kohl'. A principios de octubre el director del influyente semanario, Rudolf Augstein, escribió el tema principal de la edición, reconociendo _como ahora lo hacen muchos de sus contradictores_ los méritos del canciller. El titular de carátula era toda una rectificación: 'El canciller eterno'.

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