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| 2/6/1995 12:00:00 AM

EL CHIVO ESPIATORIO

Ante el fracaso ruso en Chechenia, dos generales simbolizan la politización del ejército: el ministro Grachev y el líder Lebed.

EL CHIVO ESPIATORIO EL CHIVO ESPIATORIO
SI PARA ALGO HA SERVIDO la campaña militar para subyugar a la república separatista de Chechenia es para demostrar que son ciertas las preocupaciones sobre el caos que domina a la Federación Rusa. Tanto que crece la desconfianza sobre el gobierno de Boris Yeltsin, cuyas órdenes a los militares parecen confusas y contradictorias, cuando no abiertamente falsas.
Esa actitud parece destinada a mimetizar, mediante la confusión, la responsabilidad del Presidente ante el río de sangre que corre por la capital chechena, Grozny. Pero no alcanza a ocultar la realidad de que el ejército ruso se ha convertido en una rueda suelta con líneas de mando dislocadas.
No es raro que los militares rusos estén desmoralizados si se tiene en cuenta que pasaron de ser una de las maquinarias bélicas más poderosas a un ejército sin recursos y, sobre todo, sin objetivos estratégicos definidos. Y ya no tienen vivienda adecuada, sus pensiones son de miseria y ni siquiera cuentan con el aprecio de poblaciones que los consideran como una fuerza de ocupación. De ahí que cada vez se mire a los militares más como un factor de poder político que como el brazo armado de un gobierno legítimo. En ese contexto, las miradas se dirigen al ministro de defensa, general Pavel Grachev, y a un líder carismático: Aleksandr Lebed.
Héroe de la guerra de Afganistán, Grachev se negó a participar en el golpe de agosto de 1991 contra Mijail Gorbachov, y en la intentona parlamentaria contra Yeltsin, en octubre de 1993, se puso al lado del presidente. Grachev se convirtió en la mano derecha de Yeltsin y asumió la misión de reducir el pie de fuerza a 1,7 millones de soldados, algo que consiguió con la ayuda de la evasión generalizada. Grachev se ha convertido, sin embargo, en el arquetipo de los males de la milicia rusa. En noviembre se vio envuelto en un escándalo de corrupción que desembocó, según algunos, en el asesinato de un periodista en Moscú. En esa ocasión Yeltsin lo salvó al atribuirle la responsabilidad a su viceministro, por lo que ahora no sería raro que le quitara el apoyo y lo convirtiera en chivo expiatorio del desastre en Chechenia.
En el otro extremo está el general Aleksandr Lebed, que a pesar de ser el comandante de una unidad de apenas 10.000 hombres estacionada en Moldavia, es quien, según sondeos de opinión, es el más favorecido por los militares para ser ministro de Defensa. Mencionado por los nacionalistas como candidato presidencial, tiene tanto ascendiente que Yeltsin no pudo destituirle en septiembre luego de que diera declaraciones en su contra. Lebed y su XIV ejército, por su cuenta y riesgo, son el sostén del gobierno comunista prorruso de la 'República del Transniéster', un enclave rebelde que se niega a integrarse a Moldavia y a abandonar a Rusia.
En la figura de Lebed se concentran todos los sentimientos postsoviéticos: el ánimo de un ejército humillado, los peligros de los rusos que quedaron fuera de las fronteras de su propio país, las incertidumbres de un nuevo nacionalismo. Lebed habla claro y contundentemente sobre su admiración hacia Augusto Pinochet por haber traído el orden a su país, sostiene que las nuevas fronteras de Rusia son artificiales y deplora la retirada de las tropas rusas de Alemania. En suma, Lebed encanta porque despliega unos valores intemporales frente al desprestigio de los antiguos comunistas y de los nuevos 'demócratas'. Como también fue clave en la derrota del golpe comunista de 1991, tiene una independencia que le pone a la cabeza de políticos como el derechista Vladimir Khirinovsky o el liberal Yigor Gaidar.
De ahí que Yeltsin le prefiera en su remota guarnición que haciendo política en el Kremlin. Sin embargo, muchos ven a Lebed en el futuro firmamento político de Moscú.

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