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| 4/20/1987 12:00:00 AM

EL EM-BUSH-ADO

A pesar de sus esfuerzos por mantenerse límpio, el vicepresidente Bush termina involucrado en el Contra-Irangate

EL EM-BUSH-ADO EL EM-BUSH-ADO

Si la Comisión Tower había presentado ante el público la imagen de un Presidente algo pusilánime y poco enterado de lo que sucedía en su gobierno la rueda de prensa del presidente Reagan, la primera en cuatro meses desde que estalló el escándalo Irán-Contras la confirmó. A pesar de su tono decidido y de que a diferencia de lo sucedido en otras conferencias de prensa esta vez no metió la pata, Reagan no convenció. Su excesiva cautela y la notoria timidez con que respondió a las preguntas cruciales defraudó. Y los 32 minutos que duró la conferencia televisada a todo el país no lograron aportar nada nuevo a las miles de cuartillas que han escrito sobre el tema los principales periódicos y revistas de los Estados Unidos y a los cientos de horas de televisión dedicadas al mayor escándalo político de esta década.

Que el Presidente asegura no recordar cuándo aprobó el primer embarque de armas a Irán ya se sabía. Y que insiste en que no tenía conocimiento del desvío de dinero a los "contras", también. Precisamente por eso por no recordar o no saber acerca de aspectos claves de su administración es que su popularidad ha descendido más que la de ningún otro Presidente de esta mitad de siglo en tan corto tiempo.

Pero a pesar del mutismo presidencial no faltaron durante la semana nuevas revelaciones que continuaron haciendo crecer la gigantesca bola de nieve en que ha degenerado el escándalo. Esta vez el más afectado de todos fue el vicepresidente George Bush quien hasta hace pocos días había logrado mantenerse casi "limpio" a punta de negar sistemáticamente como el Presidente el haber tenido conocimiento de lo que hacían los miembros del Consejo de Seguridad y sobre todo de mostrar por todos los medios que pertenecía a una escuela totalmente diferente a la del coronel Oliver North.

La luna de miel de Bush se terminó cuando el Miami Herald hizo público que Bush le envió en marzo de 1985 una carta a un médico guatemalteco simpatizante de los antisandinistas sugiriéndole que se pusiera en contacto con North. El médico, doctor Mario Castejón, se había dirigido a Bush ofreciéndole organizar brigadas de salud para prestarle asistencia médica a los "contras".

Aunque Bush no negó en ningún momento el haber firmado la carta, argumentó que ésta era simplemente una de las miles de comunicaciones que diariamente le redactaban sus asesores y él firmaba, para responder su correspondencia. Aunque es posible que esto sea cierto, no por ello el vicepresidente sale mejor librado del asunto. La carta representa de todos modos, el primer documento que logra vincular a Bush con el coronel North. Además, aun en el caso de que no estuviera realmente al tanto de su contenido, el hecho sólo sirve para asimilarlo peligrosamente al propio presidente Reagan y su incapacidad para controlar los asuntos que son de su resorte.

Más allá del asunto de la carta que vino a ser algo así como el florero de Llorente de Bush el vicepresidente se encuentra sin embargo desde hace tiempo en una difícil situación que amenaza barajarle su candidatura a la Presidencia de 1988. Mientras por un lado gran parte de su credibilidad frente a la opinión pública depende de que logre mantenerse lo suficientemente alejado del escándalo como para que no logre mancharlo su credibilidad ante los círculos políticos está íntimamente relacionada con la lealtad hacia el Presidente. Si los electores no quieren un Presidente que los lleve a situaciones como la del Contra-Irangate, el partido tampoco quiere en su seno hombres que no tengan la entereza política de afrontar las consecuencias de las gestiones así sean equivocadas de la administración a la que pertenecen.

Poco a poco el vicepresidente tendrá que ir definiendo su posición hasta ahora ambigua. No sólo porque la dinámica de las precandidaturas así se lo exigirá, sino porque además, las comisiones que investigan el escándalo contarán dentro de poco con una fuente nueva de información que permitirá disipar muchas dudas:las declaraciones del coronel North y del vicealmirante John Poindexter, principales responsables del Contra-Irangate.

North y Poindexter se habían rehusado hasta ahora a declarar, amparados por la Quinta Enmienda. Sin embargo, el fiscal especial Lawrence Walsh y los investigadores del Congreso parece que lograron finalmente un acuerdo para otorgarles inmunidad limitada y obligarlos así a declarar todo lo que saben sobre el caso. Entre las declaraciones que se dice que Poindexter está dispuesto a hacer, está la de que él mismo le informó al Presidente, en dos oportunidades distintas, que el dinero de la venta de armas a Irán estaba siendo desviado a los "contras" nicaraguenses.

Además del escándalo de la participación de Barbara Walters como correo de las brujas entre el traficante de armas árabe Manucher Ghorbanifar y el presidente Reagan (ver recuadro), otro dato alborotó aún más el avispero la semana pasada. Al parecer, los sobornos a que Ghorbanifar se refirió en su mensaje a Reagan no sólo llegaron a manos de funcionarios iraníes, sino que gran parte de ese dinero habría sido entregado a los mismos grupos que tenían en su poder a los rehenes que la administración Reagan pretendía liberar. Según un artículo publicado por el New York Times entre 2 y 3 millones de dólares recibidos por Ghorbanifar por concepto de la venta de armas a Irán habrían sido depositados en la cuenta en un banco suizo del Movimiento Islámico Global, el cual ha ayudado a financiar grupos como el Partido de Dios, acusado de ser una de las facciones musulmanas que se encuentra detrás de varios casos de secuestro de norteamericanos.

Mucha de esta información podrá confirmarse plenamente cuando por fin North y Poindexter declaren ante las distintas comisiones que investigan el escándalo. Por lo pronto, la expectativa continúa creciendo ya no en torno de lo que pueda lograr la administración, que muchos ven prácticamente aniquilada, sino alrededor de lo que el revés de Reagan y ahora el de Bush significarán para el futuro de los Estados Unidos y sobre todo de las candidaturas presidenciales, que pronto tendrán que empezar a despertarse.-

El correo más caro del mundo
Al escándalo Irán-Contras sólo le hacía falta una estrella. Después de involucrar hasta el gato en la Casa Blanca, con Primera Dama incluida, parecía no existir nada que pudiera sorprender nuevamente a los norteamericanos. El escándalo, sin embargo, ha dado para tanto, que hasta la otra primera dama, la de la televisión, resultó comprometida. Barbara Walters, la periodista de la pantalla chica mejor pagada de los Estados Unidos, terminó convertida, algo así como "sin querer-queriendo", en la nueva protagonista de esta serie cuyo último capítulo parece cada vez más lejano. La Walters entrevistó en diciembre del año pasado, para su programa "2020" de la ABC, a Adnam Kashogui y Manucher Ghorbanifar los dos millonarios árabes involucrados en el tráfico de armas de Estados Unidos a Irán. Ghorbanifar le pidió entonces que le hiciera un pequeño favor: pasarle al presidente Reagan información sobre ciertos detalles de las transacciones, incluidos "pequeños sobornos" que habrían sido pagados a funcionarios iraníes dentro del plan de liberar los rehenes norteamericanos. La Walters consideró que la información era importante para el Presidente y accedió al encargo, añadiendo además, dentro del paquete remitido a la Casa Blanca, sus propias anotaciones sobre la entrevista con Ghorbanifar, de la cual se omitió al aire la parte relacionada con los sobornos.

El hecho, del cual tuvo conocimiento la propia Comisión Tower, hubiera pasado inadvertido. La Comisión consideró que los datos que aportaba eran tan insignificantes que ni siquiera valía la pena mencionarlo. Pero la quisquillosa prensa norteamericana lo descubrió y el Wall Street Journal publicó a comienzos de la semana pasada la historia. A pesar del "me sentí muy mal" de la Walters, refiriéndose al haber actuado como intermediaria, y de sus explicaciones dando a entender que su conducta constituía casi un deber patriótico ("era irrelevante quién llevara el mensaje, pudo haber sido cualquier otra persona", adujo), el hecho causó consternación, particularmente dentro de los círculos periodísticos.

De inmediato, la ABC expidio un comunicado en el que aclaró que su periodista estrella actuó sin el previo consentimiento de la cadena y en el que prácticamente obligó a la Walters a declararse culpable, al afirmar que las directivas de la cadena discutieron el asunto con ella, quien "entiende que transmitir su información al Presidente, constituyó una violación a la ética periodística, si ésta se interpreta literalmente".

Así los informes de la Walters no añadieran nada nuevo al escándalo, para la prensa norteamericana, que siempre se ha preciado de su independencia, el asunto resultó bastante incómodo. Mientras algunos, con cierto humor negro, la catalogaban como "el correo más caro del mundo", no faltó quien llegara incluso a asimilar el incidente con los aciagos tiempos en que los periodistas que cubrían regiones estratégicas para la política exterior norteamericana, terminaran convirtiéndose en informantes de primera línea de la CIA, que solía interrogarlos con el consentimiento de los respectivos medios.

Aunque la Walters tiene el suficiente peso como para que el asunto no de para tumbarla, el incidente dejó la sensación de que dos primeras damas son demasiado para un solo escándalo.

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