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| 2/2/2008 12:00:00 AM

El frente oriental

Chávez tiene otra frontera en disputa de la cual ocuparse. En Guyana ha manejado su relación a punta de petróleo, pero la presencia gringa podría cambiar las cosas.

El frente oriental Hugo Chávez ha sabido cortejar apoyos en el Caribe con petróleo a precios preferenciales por medio de Petrocaribe. Incluso el del gobierno de Bharat Gadgeo en Guyana, un país con el que sostiene un diferendo limítrofe
Un olvidado diferendo fronterizo podría hacer que Guyana adquiriera una importancia geopolítica sin antecedentes. Se trata de la disputa por el territorio del Esequibo, que aparece en los mapas oficiales venezolanos como un enorme apéndice señalado a rayas al este del país. No se trata de un asunto menor, pues la zona abarca prácticamente dos terceras partes del territorio guyanés. El contencioso, que proviene de la época colonial británica, ha permanecido congelado durante años, pero podría resurgir por cuenta de la nueva postura geopolítica del actual gobierno venezolano.

Hoy, cuando Chávez muestra los dientes en la frontera colombiana mientras afirma que este país le robó a Venezuela una cantidad considerable de territorio, resulta al menos curioso que el Presidente coronel sea mucho más cuidadoso cuando se trata de las relaciones con Guyana. Sobre todo si se tiene en cuenta que las áreas en disputa están llenas de recursos naturales. Además de yacimientos de gas, ese territorio tendría diamantes, oro y minerales extraíbles de gran valor.

La diferencia es que Chávez ha desplegado con Guyana una estrategia de zanahoria y garrote. El garrote corrió por cuenta de una incursión militar que tuvo lugar en noviembre pasado. Según las autoridades locales, un contingente de soldados venezolanos, al mando de un alto oficial, entró al territorio guyanés y destruyó dos dragas dedicadas a la explotación de oro en el río Cuyuni, cerca de la isla de Iguana, en un lugar situado en tierras no disputadas. Por supuesto los representantes venezolanos sostuvieron que la incursión había tenido lugar en territorio venezolano, y que su intención era detener la actividad de mineros ilegales en la zona.

La zanahoria vino semanas después cuando, en medio de una dura crisis de suministro de combustibles, que incluso llevó al cierre de varias estaciones en el área de la capital, Georgetown, Venezuela envió un cargamento extraordinario de gasolina y diesel presentado por Caracas como una demostración de "sus políticas de solidaridad que garanticen beneficios directos al pueblo de Guyana".

El gobierno del debilitado presidente guyanés, Bharrat Gadjeo, ha tenido cordiales relaciones con Chávez, al punto de que su país pertenece al programa Petrocaribe, y por eso decidió bajarle la temperatura a la incursión militar. Pero se ganó duras protestas de su oposición, que sostiene que los venezolanos compraron su silencio a punta de combustibles, y que la soberanía nacional no es negociable.

Sin embargo, como era de esperarse, el gobierno de Estados Unidos no ha perdido la oportunidad de tratar de sacar partido de la situación. Aunque algunos sostienen que se trata de una coincidencia, el 13 de diciembre concluyó una serie de tres reuniones entre la Oficina de Enlace Militar de la embajada norteamericana con altos representantes de la Fuerza de Defensa de Guyana. En esa ocasión se trataron temas como "mayor cooperación y asistencia en seguridad".

Una cosa y otra podrían significar que la anglohablante Guyana, situada en el rincón olvidado de Suramérica, se convierta en un nuevo foco de la tensión entre Venezuela y el "imperio". La internacionalista Maruja Tarre, ante la prudencia de Chávez frente al gobierno de Georgetown, sostuvo a SEMANA que "yo se lo atribuyo a que siempre está buscando votos en la OEA y el Caribe es clave", en referencia a que Guyana es miembro del bloque del Caribe, Caricom. Un grupo que es clave para las aspiraciones hegemónicas de Chávez en esa zona.

Gadjeo podría verse obligado a escoger una de las dos orillas. Pero si esos movimientos son percibidos como agresivos en Caracas, seguramente ya no se hablará de un 'conflicto congelado', sino que la retórica se moverá al terreno que tanto le gusta a Chávez: las conspiraciones de Washington para desestabilizar su revolución socialista.

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