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| 10/17/1988 12:00:00 AM

El monstruo del Caribe

Gilbert, el huracán más devastador del siglo, siembra destrucción y muerte en un área gigantesca.

El monstruo del Caribe El monstruo del Caribe
La tormenta tomó a todo el mundo por sorpresa, incluidos los meteorólogos. El huracán Gilbert, catalogado como el más violento y devastador del presente siglo en el hemisferio occidental, atravesó la semana pasada el Caribe de occidente a oriente, dejando a su paso una estela de desolación y muerte.

Los reportes iniciales indicaron que el fenómeno atacó primero, aunque en forma tangencial, a la República Dominicana, donde produjo al menos 5 muertes, y a Venezuela, donde los daños fueron cuantiosos. Pero el lunes la mayor afectada fue Jamaica, isla que quedó literalmente barrida por los vientos de 180 kilómetros por hora y lluvias torrenciales. Los estimativos sobre los daños, que parecieron inicialmente exagerados, fueron confirmándose a medida que las comunicaciones se iban restableciendo y las primeras brigadas de socorro iban llegando a las áreas más afectadas, en la costa sur de la isla. En conjunto, el saldo fue impresionante en la isla caribeña: 50 muertos, más de 500 mil personas literalmente sin techo y 4 de cada 5 casas afectadas, muchas de ellas más allá de toda posibilidad de reparación.

El huracán era el primero en afectar a Jamaica en 37 años. Los árboles fueron arrancados de raíz, las casas que permanecieron en pie perdieron sus techos y la población debió buscar refugio en edificios estatales, principalmente en el estadio, que por ser de hormigón, podía resistir el embate de los vientos. Cuando el primer ministro Edward Seaga pudo recorrer la isla, su balance fue desconsolador: la mayor parte de la cosecha de plátano, su principal exportación, y la industria de crianza de aves, una de las más importantes de la economía, habían sufrido graves daños. En conjunto, los perjuicios económicos no podían estar por debajo de los US$500 millones, un cifra enorme para cualquier país del Tercer Mundo, pero catastrófica para una economía debilitada como la de Jamaica. Por eso, no resultó extraño que pronto se reportaran incidentes de pillaje y saqueos, en los que se produjeron al menos dos muertes adicionales.
Pero si Jamaica se sumió en el caos, con miles de turistas norteamericanos atrapados en el lobby de los hoteles, sin posibilidades de regresar a casa por la suspensión de los vuelos y sin poder comunicarse con sus hogares, en otros sectores del Caribe la situación fue si no peor, por lo menos de las mismas características. Las Islas Caimán una colonia británica de 23 mil habitantes situada al sur de Cuba, y conocida como paraiso fiscal de la región, tuvo grandes daños, pero no se informó de muertes, mientras Cuba no se pudo sustraer a los efectos del fenómeno, como tampoco Puerto Rico, las Islas Vírgenes y Santa Lucía, es decir, casi todo el Caribe.
Pero a mediados de la semana los daños aún no habian terminado. Gilbert continuó su marcha de destrucción directamente hacia la península de Yucatán, mientras los ramalazos afectaban tangencialmente varios países de Centroamérica. Al llegar a México, el huracán atacó los estados de Yucatán, Quintana Roo, Campeche, Tabasco y Chiapas. En la madrugada del miércoles los vientos arribaron a la costa con un saldo sólo comparable al experimentado en Jamaica. Al menos 25 mil habitantes debieron ser evacuados de áreas turisticas de Cancún y Cozumel, donde los hoteles de lujo, usualmente llenos de turistas norteamericanos y europeos, vieron aparecer y desaparecer sus preciadas playas en cuestión de horas.

No solamente la industria mexicana del turismo quedó seriamente herida con los embates de Gilbert. También la producción petrolera, que se concentra en sus dos terceras partes en plataformas off-shore en la bahía de Campeche, debió suspenderse hasta nueva orden. La evacuación de 5 mil obreros de las 146 plataformas comenzó desde el martes y produjo inestabilidad en los mercados petroleros mundiales.

Lo que hace la situación mexicana particularmente dramática es que el área afectada fue barrida a comienzos del presente mes por dos huracanes de menor intensidad, llamados Kristy y Debby. Esos fenómenos, considerados un juego de niños junto a Gilbert, ya habían destruido puentes, cosechas y carreteras, que comenzaban a reconstruirse.

A medida que avanzaba la semana, los Estados norteamericanos de Texas y Luisiana se preparaban para enfrentar la llegada de Gilbert. Particulamente Galveston, Texas, una ciudad insular cuyos habitantes se precian de convivir con los huracanes, toda vez que han debido soportar ese fenómeno en varias oportunidades en el presente siglo, fue evacuada apresuradamente, ante la inmensidad sin precedentes de lo que se le avecinaba. Igual cosa sucedió en Corpus Christi y en Brownsville, cerca de la frontera con México. Muy a la americana, los supermercados de toda el área fueron literalmente barridos por un huracán de consumidores que se apresuraron a aprovisionarse de todo lo necesario, para esperar lo peor. La ola de pánico fue acrecentada por la conciencia, que se hizo evidente al público desde muy temprano, de que el curso del huracán no podía determinarse de antemano, aunque se establecieron areas de riesgo mayor, moderado y bajo.

Las expectativas no resultaron exageradas. Cuando el fenómeno tocó finalmente costas norteamericanas, los efectos devastadores se hicieron sentir en Luisiana, Texas y hasta Misisipi y la Florida.

Pero en cualquier caso, al final de la semana quedaba en toda la población del área del Caribe, además de la angustia por las pérdidas en vidas humanas y en bienes, una deprimente sensación de insignificancia. De nada sirvieron los esfuerzos desplegados por aviones soviéticos y norteamericanos cuando trataron de bombardear con químicos el ojo del huracán.

En cuestión de días, un fenómeno natural completamente inmanejable había dejado una destrucción extraordinaria en un área sumamente amplia. Algunos observadores compararon la intensidad del fenómeno con una bomba atómica que se hubiera dejado caer sobre el mar Caribe. Pero muy pocos entendían en realidad en qué consistió el fenómeno.

Por lo que parece, el huracán se originó, como todos los de su especie, como resultado abrupto de una serie de tormentas eléctricas concentradas sobre áreas de aguas muy templadas.Aunque los expertos conocen la forma como se producen los huracanes están aún muy lejos de poder predecir dónde se va a producir alguno.

Una vez formado el fenómeno, los meteorólogos miden su intensidad, no por la velocidad de sus vientos sino por la dimensión de su "ojo" y por la presión atmosférica en ese mismo sector. Precisamente los expertos pudieron determinar que el diámetro del ojo de Gilbert sólo media unos 12 kilómetros comparado con los 40 ó más que puede tener un huracán normal. La presión atmosférica allí, por otra parte, era de sólo 26 pulgadas, la más baja que jamás se haya medido en toda la historia en el hemisferio.

Cuando surge el huracán, una columna de agua en el ojo del fenómeno es capaz de producir inundaciones de gran escala en áreas costeras de poca altitud, mientras los vientos destruyen todo lo que encuentran a su paso. Sin embargo, aún los científicos no se explican la causa de que este Gilbert haya asumido semejantes proporciones.

Una razón que se aduce tentativamente es que el agua que se considera responsable, cerca de las islas Inward, era sumamente caliente. Por otra parte, según los investigadores, seguramente se presentó un "efecto de divergencia", en las capas superiores de la atmósfera, que retiró aire de la parte superior de la columna de aire producida en el núcleo del fenómeno. Al remover constantemente grandes masas de aire, ese proceso mantiene la presión atmosférica tan baja como para que el huracán gane fuerza en forma incesante. Lo único que lo detiene es su llegada a zonas costaneras, particularmente si en ellas hay montañas de alguna dimensión.

Aún no se pueden conocer los efectos definitivos del devastador Gilbert. Pero parece, en cualquier caso, una demostración más de que 1988 no quiere pasar sin hacer respetar su condición de año bisiesto.--

EDICIÓN 1888

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