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| 8/2/1993 12:00:00 AM

EL NUEVO RAMBO

Bill Clinton mejora su popularidad con el bombardeo a Irak, pero el costo puede ser demasiado alto.

EL NUEVO RAMBO EL NUEVO RAMBO
El SABADO 26 DE JUNIO EL PRESIDENTE NORteamericano Bill Clinton hizo uso de las prerrogativas que le confiere el ser el dirigente de la unica superpotencia militar del mundo. Sin exponer un solo hombre, el jefe de la Casa Blanca lanzó 23 misiles Tomahawk contra la sede del Servicio de Inteligencia de Irak, en la ciudad de Bagdad.
La razón que adujo fue la supuesta participación de ese organismo en el fallido plan de atentar contra la vida del exresidente George Bush en la visita que hizo a Kuwait en abril pasado. Al final de la jornada, miles de árabes salían a las calles para clamar por venganza contra lo que el gobierno iraqui llamó "un ataque cobarde contra el pueblo de Irak".
Clinton cantó victoria. La operación fue, en su concepto, todo un éxito militar. El efecto buscado de mejorar su popularidad doméstica se consiguió, pues los norteamericanos percibieron como correcto el uso de la fuerza contra un país involucrado en el terrorismo internacional. Por un momento el presidente provinciano adquirió la talla de un verdadero estadista de talla mundial. Pero como es inevitable en estos casos, de los 23 artefactos, cuatro -es decir, mil toneladas de explosivos- cayeron sobre las casas de civiles que poco o nada tienen que ver con las intrigas internacionales. A partir del episodio de la semana pasada, Clinton borró de un tajo su imagen de presidente renovador y bonachón, para convertirse en un nuevo Rambo al mejor estilo de Ronald Reagan o George Bush. Hoy muchos se preguntan dónde están los verdaderos terroristas.
Según el análisis norteamericano, el presidente escogió como blanco la base de Mukhbarat, en un barrio residencial de Bagdad, porque estaba situado en un sector escasamente poblado, y decidió la hora de la operación (el final de la tarde) para que no hubiera funcionarios en el edificio.

Clinton escogió esa opción entre un menú de objetivos presentado por el jefe del estado mayor conjunto, general Colin Powell, en la esperanza de que al no haber una masacre se conseguiría mayor número de adhesiones gubernamentales para aislar diplomáticamente a Saddam. Un golpe sangriento, pensaba la administración, no hubiera conseguido sino apoyo para el dictador iraquí.
Por otro lado, Clinton hubiera podido lanzarse contra la infraestructura petrolera de Irak, o contra su Guardia Republicana, o contra el propio Saddam, pero no lo hizo. La razón es que Washington sabe que Saddam es un elemento indispensable para la estabilidad de la región más inestable del mundo. Nadie sabe que pasaría si muerto o derrocado el dictador, Irak se dividiera en medio de una guerra civil de kurdos, chiítas y sunitas que desestabilizaría a Turquía y Arabia Saudita y sería un escenario para la insurgencia de Iran (el gran terrorista) como país fuerte de la región. Por eso el ataque de Clinton se limitó para tratar de producir un golpe sicológico suficiente que convenza a Saddam de dejar de apoyar el terrorismo, pero no tan fuerte como para tumbarlo o para que la respuesta del dictador inicie una serie interminable de ataques y contraataques.

DESPISTADO El ataque estableció un precedente inquietante para el mundo entero, pues demostró que los estrategas de Washington están dispuestos a golpear donde ellos perciban por sí y ante sí que pueda haber una amenaza real o supuesta a los intereses de Estados Unidos. Pero lo que es peor, demostró que el presidente actual carece por completo de una política coherente ante la problemática del mundo árabe en general y del fundamentalismo islámico en particular.
Los funcionarios de la Casa Blanca advirtieron en tono triunfal que el ataque estaba dirigido a disuadir del terrorismo de Irak, Iran y Sudan, en evidente alusión al atentado del World Trade Center de Nueva York y al complot descubierto la semana anterior para colocar otras bombas en esa misma ciudad. Pero esos países no se pueden poner en la misma canasta, porque Irak es un país dominado por un partido secular, por un líder que no es particularmente religioso y donde las maneras occidentales imperan, mientras Iran, y ultimamente Sudan, son los mortales enemigos de Irak y de todos los gobiernos arabes moderados como Jordania, Egipto, Argelia o Turquía, donde movimientos fundamentalistas luchan por sacar a los "corruptos" del poder para instaurar la revolución islamica. Si se trata de enviar advertencias a Iran, nada más extraño que bombardear a su peor enemigo.
Lo peor es que nada asegura que Saddam cambiara su postura hacia occidente, y ni siquiera es seguro que sus instalaciones de inteligencia hayan recibido un golpe contundente. El pretexto tampoco parece convincente, porque no se ven claras las motivaciones que pudiera tener Irak para matar a "un cadáver político" como Bush.
Emerge así la única explicación lógica de la operación que es la busqueda de una mejora en la aceptación popular de Clinton. Eso conformaria una agresión injustificada y la muerte de los civiles no sería menos que un asesinato. Si así se maneja la política exterior del país más poderoso del planeta, el mundo es hoy en día un lugar mucho más peligroso de lo que la gente se imagina.
INTRIGA EN NUEVA YORK
LA SEMANA PASADA LOS NEOyorquinos resultaron nuevamente sorprendidos. No se habían repuesto del carro bomba que el 26 de febrero destruyó parcialmente el parqueadero subterraneo del World Trade Center de Manhattan, cuando supieron de una nueva conspiración para atentar contra el edificio de las Naciones Unidas, el edificio del FBI (Oficina Federal de Investigaciones) y los viaductos subterraneos Holland y Lincoln, que pasan debajo del río Hudson.
Ocho personas fueron detenidas por el FBI por participar en la conspiración. Las pesquisas sobre este nuevo complot, iniciada con la información que revelo el excoronel egipcio Emad Salem, puso en evidencia una serie de coincidencias entre esta conspiración y la del World Trade Center.
Como en ésta, la mayoríade los sindicados asistía regularmente a la mezquita Al-Salam en Jersey City, dirigida por Omar Abdel Rahman, un jeque fundamentalista musulman buscado en Egipto por su participación en numerosos atentados terroristas. También se supo que cinco de los ocho detenidos portaban papeles de Sudan, pais gobernado por un regimen fundamentalista ampliamente conocido como refugio y centro de entrenamiento de terroristas de inspiración chiíta.
Esa conexión se basa en circunstancias y no ha podido ser confirmada. Pero lo que sí parece estar por encima de toda duda es que Estados Unidos se ha convertido en un nuevo blanco del terrorismo de los fundamentalistas musulmanes, por su papel ambivalente ante el mundo arabe.
Ello se explica si se tiene en cuenta que la intervención armada de los norteamericanos en el golfo Pérsico fue calificada como corruptora de la unidad islámica por los sectores radicales, pues asumieronuna alianza "non sancta", con los regímenes árabes considerados más corruptos y menos "islámicos": Egipto, Arabia Saudita y Kuwait.
Aunque Washington ha sido consciente de los riesgos que corre con esa política, durante muchos años estuvo tranquilo porque el objetivo militar de los musulmanes se centró en los intereses israelíes, no solamente en su país sino en el mundo entero.
Hoy, las conspiraciones de Nueva York demuestran que el nuevo blanco es el gobierno norteamericano y los simbolos de su poder.
Los fundamentalistas consideran que sin la influencia de Estados Unidos en la política de los gobiernos arabes moderados, esos paises, particularmente Ar gelia, Egipto, Libano y Siria caerían con gran facilidad en manos de la revolución islámica. Así parece confirmarlo la carta que llegó al diario The New York Times, donde se justifica la bomba del World Trade Center y se acusa al regimen de Clinton de haber asumido el dudoso papel de "dictador de los países de la región ".
Además, la conspiración descubierta la semana pasada también apuntaba a la Organización de Naciones Unidas porque los fundamentalistas perciben que el máximo foro mundial se ha convertido en un títere de la política exterior estadounidense que, por otra parte, no es nada clara.
Los fundamentalistas consideran que la ONU ha mostrado ambiguedad al apoyar el uso de la fuerza en el golfo Pérsico a tiempo que mantener la neutralidad a la hora de proteger a los musulmanes que viven en la zona del conflicto de Bosnia.
Más allá de estas circunstancias, que plantean una nueva confrontacián internacional, surge una pregunta clave entre los analistas politicos: ¿cómo atacar al terrorismo que procede de los grupos fundamentalistas? Aunque podría pensarse que sólo cabe la ley del Talión ojo por ojo para combatirlo, quién define el tipo de retaliación, cómo hacerla, cuando y dónde. Resulta evidente que orquestar ataques contra Irak no resuelve nada, porque este país es precisamente el peor enemigo de los fundamentalistas.
Y si en cuanto a Saddam hay una capital y unos edificios que se pueden convertir en objetivos claramente simbólicos, en relación con los fundamentalistas no es posible determinar para dónde mirar, si hacia el gobierno de Iran, o hacia el de Sudan, o hacia los cientos de organizaciones extragubernamentales que promueven esa revolución. En el caso de los fundamentalistas, occidente se enfrenta a un enemigo que no tiene cara.

EDICIÓN 1879

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