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| 7/10/2005 12:00:00 AM

Empantanado

El escándalo de corrupción en el que se ha visto involucrado el Partido de los Trabajadores ha tenido consecuencias fatales para el presidente Lula, quien podría perder su reelección.

Empantanado El gobierno del presidente Luiz Inacio Lula da Silva ha recibido múltiples acusaciones de corrupción en las últimas semanas. Esta crisis ha provocado la caída de los más cercanos colaboradores de Lula, entre los que se encuentra el ex hombre fuerte del gobierno, José Dirceu
La estrella roja que simboliza al Partido de los Trabajadores del presidente Luiz Inacio Lula da Silva ya no brilla. Hace dos años y medio, Brasil festejaba el triunfo histórico de Lula y el PT en el país más grande y poderoso de América del Sur. Hoy, en medio del escándalo de corrupción que ha envuelto al gobierno de Lula, su reelección está en duda y muchos contemplan con tristeza cómo se apaga su luz.

Todo comenzó en mayo, cuando la revista Veja publicó un artículo en el que denunciaba la corrupción en los Correos. Un alto directivo, Mauricio Marinho, fue filmado mientras recibía un soborno y explicaba las formas de robar en la institución. Marinho, miembro del Partido Trabalhista de Brasil (PTB), aliado del gobierno, involucró a Roberto Jefferson, presidente del PTB, cuando fue descubierto .

Jefferson interpretó la denuncia como una maniobra del partido de gobierno contra él y se defendió soltando una bomba política: que el PT, a través de una agencia de publicidad, pagaba sobresueldos a diputados de distintos partidos para que apoyaran sus medidas en el Congreso. Como resultado del escándalo, rodaron las cabezas de los colaboradores más cercanos de Lula. Primero fue José Dirceu, el ex hombre fuerte del gobierno y jefe del gabinete, que fue señalado por Jefferson como el jefe del esquema de corrupción. La semana anterior se sumaron las renuncias del secretario general del PT, Silvio Silva, y del tesorero del Partido, Delubio Soares.

El mensalao, término que significa mensualidad, consistía en el pago de sobresueldos de entre 30.000 y 50.000 reales (de 11.000 a 20.000 dólares) a diputados de partidos aliados del gobierno, para apoyar sus leyes. El esquema era el siguiente: distintas empresas estatales contrataban publicidad con la firma de Marcos Valerio Fernández de Souza. Una parte se gastaba en anuncios publicitarios, y otra parte iba al PT para pagar los sobresueldos.

El año pasado, las empresas de Fernández de Souza movieron a través de diferentes cuentas bancarias 500 millones de reales (250 millones de dólares). Según los informes que se han divulgado, esta firma compró espacios publicitarios por 150 millones de reales y el resto del dinero lo utilizó para los pagos que el Partido de los Trabajadores les hacía a los diputados.

El escándalo no ha quedado ahí. A medida que se escarba, aparece más mugre. En los últimos días ha habido denuncias por evasión de impuestos contra Enrique Meirelles, ex presidente del Banco Boston y titular del Banco Central, una de las figuras clave de la economía brasileña. Al mismo tiempo, el ministro de Previsión Social, Romero Jucá, está envuelto en un proceso judicial por malversación de fondos y por ofrecer títulos de propiedad falsos para obtener créditos en bancos del Estado.

Jefferson, "el hombre bomba", como lo llamó la revista Veja, dice que el próximo escándalo será en los fondos de pensión de las empresas estatales controladas indirectamente por el ministro de Comunicaciones, Luis Gushiken, amigo personal de Lula. Gushiken fue reemplazado esta semana en su cargo.

¿Sabía Lula?

Aparentemente, Lula nada sabía del esquema de corrupción. Jefferson dijo que le contó personalmente al Presidente en enero. "Se sorprendió y comenzó a llorar. Se sintió traicionado. Fue como si le hubiera dado una puñalada en el pecho. Su reacción fue la de alguien absolutamente sorprendido, conmocionado".

Sin embargo, es difícil que su figura y su gobierno salgan indemnes de esta crisis. La cuestión tiene que ver con las inmensas expectativas que generó el triunfo de Lula y el Partido de los Trabajadores hace casi tres años. El país con la mayor desigualdad social de América Latina había elegido un gobierno claramente de izquierda. Un obrero metalúrgico al que le falta un dedo, que no acumulaba títulos universitarios ni corbatas, como el resto de los presidentes latinoamericanos, se alzaba con el triunfo al tiempo que los partidos tradicionales quedaban tendidos en la lona.

Lo que pasó después poco tuvo que ver con el sueño petista. Un Lula de traje impecable y corbata nombró titular del Banco Central al ex presidente del Banco Boston, Enrique Meirelles, y se comprometió con el FMI a tomar las medidas necesarias para alcanzar el más alto superávit fiscal de toda América Latina -4,5 por ciento- con el objetivo de pagar la deuda externa. Lula arremetió contra las conquistas sociales de los trabajadores estatales y expulsó de su partido a los parlamentarios que no estuvieron de acuerdo con esta posición. En el nivel internacional el giro fue similar. Lula empezó a hablar del "compañero Bush" al tiempo que se presentó como un moderador, avivando el incendio boliviano e intentando apaciguar a Hugo Chávez.

Lo que más les duele a muchos brasileños es que un partido de izquierda les pague a los diputados de la derecha para que lo apoyen. "La idea era comprar a la burguesía corrupta", dijo el sensacionalista Jefferson. "Tengo 23 años de mandato y nunca en mi vida vi una práctica de este tipo: el PT financiando a los partidos de derecha, la burguesía".

"El error del PT fue la ocupación predatoria del Estado", escribió Veja en su carátula, para resumir la crisis. Joao Batista, Babá, uno de los diputados expulsados del PT el año pasado por su oposición al rumbo del gobierno, dijo a SEMANA que el escándalo ha cobrado estas dimensiones por "la frustración de la mayoría de la población, a quien se le prometió un gobierno de transformaciones democráticas y a favor de las clases populares. A la decepción por el plan económico se sumó la decepción en el terreno de la ética, un patrimonio que era uno de los pilares del PT. La dirección del PT transformó el partido en nuevo adepto a la lógica del capital".

El ocaso de una estrella

En lugar de torcer el rumbo del gobierno, el escándalo ha servido para reforzar las medidas económicas y para afianzar la alianza con los partidos tradicionales. La salida de Dirceu, uno de los más críticos del curso económico que estaba tomando el gobierno, le viene en bandeja al ministro de Economía, Antonio Palocci. "El gobierno tenía dos primeros ministros y ahora tiene uno solo", comentaba recientemente Jairo Nicolau, un analista del instituto de investigaciones Iuperj de Río de Janeiro.

Al mismo tiempo, la crisis ha llevado a entregar más poder a los partidos aliados como el Partido Movimiento Democracia Brasileña (Pmdb). El miércoles pasado, Lula entregó a ese partido el Ministerio de Comunicaciones, al sacrificar a su cuestionado amigo Gushiken, y el apetecido Ministerio de Minas y el de Salud.

Todo esto agrega tensión en el PT, cuyo presidente, José Genoino, podría ser el próximo en renunciar. Con elecciones internas en septiembre, el PT amenaza con transformarse en el más agudo crítico del gobierno y en el peor dolor de cabeza de Lula.

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