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| 10/12/1992 12:00:00 AM

ENTRE LA RUBIA Y LA MORENA

El domingo próximo se juega en Francia el futuro de la Comunidad Europea.

ENTRE LA RUBIA Y LA MORENA, Sección Mundo, edición 541, Oct 12 1992 ENTRE LA RUBIA Y LA MORENA

EL 26 DE AGOSTO SONO LA alarma. Cuatro encuestas de opinión revelaron que el 53 por ciento de los franceses podrían votar "NO" el próximo 20 de septiembre y seguir el camino tomado en junio por Dinamarca. La noticia cayó como un baldado de agua fría en todas las capitales del Viejo Continente, pero sobre todo en Londres, Berlín y Madrid. Jacques Delors, presidente de la Comisión Europea, admitió sin ocultar su desconcierto, que "ahora nos damos cuenta de que lo imposible es posible".
De por medio esta la ratificación francesa del Tratado de la Unión Europea, acordado en diciembre en la localidad holandesa de Maastricht para convertir a la Comunidad en la superpotencia del siglo XXI. Sus normas preven una política exterior común, cooperación estrecha en migraciones, justicia y polícia y en tres fases, al nacimiento en 1999 de la unión monetaria para los países que respeten ciertos criterios.
Mitterrand hubiera podido buscar la ratificación parlamentaria, pero convocó el referendum para aprovechar la disminución experimentada por impopularidad tras su viaje a Sarajevo, cuando el septuagenario desencadenó la acción internacional sobre Ia guerra civil de Yugoslavia. Mitterrand quería mejorar las acciones de su gobierno y la apuesta era casi segura: las encuestas indicaban que los franceses favorecían en una relación de dos a uno la ratificación del tratado.
Pero esa situación cambió imperceptiblemente. Cuando se conocieron las nuevas encuestas, una ola de pánico recorrió los pasillos del poder en varias capitales. No era para menos, pues resultaba claro que un NO de Francia -a diferencia del de Dinamarca- sumiría en el caos los planes para unificar a Europa.
Para los analistas la sorpresiva actitud de los franceses se debió a una combinación de causas. Para el columnista del ABC de Madrid Dario Valcarcel, el proceso comenzó con el pie izquierdo, porque Mitterrand mezcló un proyecto histórico, la unión, con un impulso secundario, dividir a su oposición. William Pfaff, comentarista norteamericano, opinó desde París que pocos meses atrás, la mayoría de los ciudadanos hubiera dejado en manos de los gobiernos resolver las lagunas y oscuridades del tratado, pero no después de haber presenciado el "espectáculo deprimente" de la inacción europea ante el drama de la guerra civil en Bosnia-Herzegovina. Si Europa unida no podía ponerse de acuerdo ante semejante sangría, mal podría presentar hacia el futuro un frente unido en otros temas vitales.
Pero detrás de todo ello se mencionó la ignorancia popular sobre el tratado, causada por el desinterés de los "eurócratas" para explicar un proceso "muy complicado para ser explicado en los medios masivos". Para el filósofo Patrick Gathie, "el tema de fondo es la participación real que han tenido los ciudadanos, que se sienten excluidos de un proyecto cuya complejidad se les escapa y ahora tienen la posibilidad de revancha votando NO". Muchos observadores estuvieron de acuerdo en que el rechazo es contra la tecnocratización de la política, que pone la realidad en términos caricaturescos de índices positivos y buen comportamiento de las economías, mientras la gente sólo ve la realidad del desempleo y la gente sin hogar en las calles. Según Gathie, esta situación fue la que llevó a los partidarios del SI casi no hacer campaña a favor porque "consideraban que, con los sondeos a su favor, el referendum era una mera formalidad administrativa".
Esos comentarios parecieron confirmarse cuando Mitterrand, desechando el temor que su figura poco popular pudiera ser contraproducente, presentó en un programa del canal TF1, "Hoy Europa", donde debatió en directo no sólo a antagonistas presenciales sino las preguntas seleccionadas por su empresa encuestadora. La presencia por satélite del canciller (primer ministro) alemán Helmuth Kohl, y la intervención dos días antes en Estrasburgo del presidente del gobierno español Felipe González y el primer ministro sueco Carl Bildt, fueron positivas porque, entre otras cosas, confirmaron la recién estrenada preocupación de los estadistas por la opinión de sus ciudadanos.
La actitud de Kohl, González y Bildt contrastó con la del primer ministro británico John Major, quién se excusó de intervenir y prefirió anunciar que Gran Bretana se retiraría del tratalo si fuera rechazado por los franceses.
Oficialmente se dijo en Londres que ese anuncio estaba dirigido a impulsar el SI, pero hubo quienes sostuvieron que Major estaría previendo una posible derrota cuando le llegara el turno de obtener su ratificación parlamentaia a finales del año.
Entre tanto, surgen en varios países movimientos tendientes a que el tratado sea sometido, como en Francia, a un referendum que le otorgue legitimidad democrática. Con los mercados bursátiles en virtual suspenso, y el SI en un repunte relativo, lo único cierto por ahora es la incertidumbre. Los optimistas piensan que la cultura política de los franceses se impondrá y el tratado saldrá adelante. Pero de todos modos las dificultades experimentadas podrían ser una lección inolvidable paa sus dirigentes. De por medio está el que para muchos europeos es el tratado más importante del siglo XX.

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