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| 2/10/2018 10:15:00 PM

Los nuevos papeles del Pentágono

La idea de organizar un desfile militar en Washington puede parecer una nueva locura de Trump. Pero detrás de ella hay una estrategia bélica de modernización nuclear que podría poner a Estados Unidos en la vía de un conflicto con Rusia y China.

Estados Unidos en conflicto con Rusia y China Ilustración: Jorge Restrepo

Donald Trump quiere ver misiles, tanques y tropas por las avenidas de Washington. Así se lo hizo saber el martes al Departamento de Defensa al pedirle organizar un desfile militar de gran escala para que los estadounidenses puedan “mostrarles su agradecimiento” a las Fuerzas Armadas. La decisión no pasó desapercibida, pues en Estados Unidos ese tipo de celebraciones se reservan para las victorias militares, como las de las dos guerras mundiales.

Según un soldado vinculado a la Casa Blanca y citado por The Washington Post, el magnate quiere superar al presidente de Francia, Emmanuel Macron, quien el año pasado lo impresionó con el desfile del Día de la Bastilla y tiene previsto visitar en abril la capital norteamericana. Para muchos analistas, sin embargo, esa es solo parte de la historia, pues la fiesta nacional gala celebra todo lo que Trump rechaza. De hecho, es usual que en la fiesta gala participen tropas extranjeras e incluso que la encabecen. También, que junto al tricolor francés las tropas ondeen la bandera de la Unión Europea. Y a eso se agrega que desde hace varias décadas los líderes franceses usan esta celebración para promover una agenda pacifista y no de confrontación.

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Teniendo presente la retórica nacionalista y aislacionista de Trump, todo apunta a que su desfile se parecería más a las demostraciones de fuerza y de poderío bélico que organizan cada año regímenes autoritarios como los de Rusia, China y Corea del Norte. De cualquier modo, sea cual fuere la causa del interés de Trump por los desfiles militares, lo cierto es que esta confirma el creciente belicismo del magnate, que en su discurso de la semana pasada ya había advertido que planea “modernizar y reconstruir” el arsenal nuclear norteamericano.

De hecho, el Pentágono publicó el viernes su Revisión de la Postura Nuclear (RPS), un documento que tiene alarmados a los especialistas por el profundo cambio que supone para la política de armas de destrucción masiva de Estados Unidos. Aunque en principio se trata de un seguimiento del programa de modernización militar emprendido por Barack Obama en 2010, la RPS de Trump supone cambios drásticos en el manejo y en los objetivos del arsenal nuclear de Estados Unidos.

En primer lugar, ordena nuevas armas nucleares de ‘bajo rendimiento’, que pese a su nombre aparentemente inocente son armas devastadoras. Como dijo a esta revista Miles Pomper, especialista del Centro James Martin para los Estudios sobre la No Proliferación del Monterey Institute of International Studies, “sus efectos son similares a los de las explosiones que acabaron con Hiroshima y Nagasaki en 1945, pero se las llama así para distinguirlas de las bombas termonucleares”.

En segundo, incluye por primera vez a los ciberataques dentro de las agresiones que podrían ameritar una repuesta nuclear. Y en tercero, también le da alas a la idea de realizar ataques preventivos para impedir que otros países puedan emplear sus arsenales nucleares. Todo lo cual le abre las puertas a una nueva era atómica, pues “estas medidas significan el fin del consenso bipartidista vigente desde el final de la Guerra Fría de recurrir a ellas única y exclusivamente en caso de un ataque contra Estados Unidos o alguno de sus aliados”, según dijo a esta revista Barry Blechman, cofundador del Centro Stimson, un grupo de expertos en Washington no partidista y contrario a la proliferación nuclear.

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Sin embargo, lo más problemático de la RPS de Trump no es lo que pretende hacer con las 6.800 ojivas nucleares con las que cuenta Estados Unidos, sino lo que no va a hacer con ellas. Como dijo a SEMANA Gotz Neuneck, director del Instituto de Investigación para la Paz y de Política de Seguridad de la Universidad de Hamburgo, “acaba con la política de Barack Obama de avanzar hacia un mundo libre de ese flagelo y le abre las puertas a una nueva carrera armamentista”. En efecto, el documento expresa un profundo escepticismo sobre el control de armas y no ofrece iniciativa alguna en ese sentido. “El progreso en el control de armas no es un fin en sí mismo”, dice el documento.

En buena medida, esos cambios en la estrategia militar norteamericana obedecen a la percepción de que las amenazas que enfrenta Estados Unidos han cambiado radicalmente. Así lo establece la Estrategia Nacional de Seguridad (ENS), publicada a mediados de enero por el Estado Mayor Conjunto. Según ese documento, la principal amenaza para su seguridad no proviene de los grupos terroristas como Isis o Al Qaeda ni los Estados renegados (rogue states) como Irán y Corea del Norte, sino la “reemergencia de poderes revisionistas” como Rusia y China.

Por un lado, es cierto que ni Moscú ni Beijing aceptan la supremacía norteamericana y que ambos quieren desafiar el orden mundial promovido por Washington. De hecho, el presidente ruso, Vladimir Putin, y el líder chino, Xi Jinping, han invertido enormes cantidades de dinero en modernizar sus arsenales, incluyendo sus armas nucleares. Y aunque los dos tienen claro que no tienen posibilidades de vencer a Estados Unidos en una confrontación tradicional, ambos han recurrido con éxito a tácticas de “guerrilla geoestratégica”, como los ciberataques, las campañas de desinformación, los sabotajes o la financiación de fuerzas paramilitares. Todo lo cual les ha permitido alejar a Estados Unidos de sus fronteras, sin exponerse a los riesgos de una retaliación con todas las de la ley.

Pero por el otro, es cada vez más claro que Estados Unidos es hoy más que nunca la principal amenaza para la paz mundial debido al carácter de su presidente. Pues independientemente de lo que dicen sus agencias de inteligencia, el magnate se ha encargado de exacerbar las tensiones geopolíticas al tiempo que debilita las vías diplomáticas. Así ha quedado demostrado con sus amenazas de “fuego y furia” contra Corea del Norte y de acabar unilateralmente con el pacto nuclear con Irán.

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De hecho, pese a las conclusiones de la ENS, los expertos consultados por esta revista coinciden en que es prematura la decisión de relegar a un segundo plano los conflictos con esos dos países. Pero también reconocen que la idea de que Estados Unidos se enfrente con otra potencia nuclear ya no solo pertenece a los guiones apocalípticos de Hollywood. Y esto concierne principalmente a Rusia.

Como dijo a SEMANA Matthew Bunn, especialista en seguridad nuclear de la Escuela de Gobierno John F. Kennedy de la Universidad de Harvard, “el riesgo es que se vaya a pique toda la estructura que establece límites para el número de armas nucleares que poseen Rusia y Estados Unidos. Pues como están las cosas, va a ser muy difícil negociar un nuevo acuerdo que satisfaga tanto a Rusia como a Estados Unidos”. Y aunque eso no significa que Moscú o Washington tengan interés en embarcarse en un conflicto potencialmente devastador, es claro que una postura nuclear tan agresiva multiplica la posibilidad de que ocurran accidentes o errores de cálculo que lleven a un súbito recrudecimiento de las hostilidades. Por desgracia, ese es el origen de la mayoría de las guerras. 

EDICIÓN 1879

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