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| 10/19/1987 12:00:00 AM

EUREKA!

Por fin bases para un acuerdo de desarme entre Estados Unidos y la Unión Soviética

EUREKA! EUREKA!
La frase precisa la pronunció el portavoz de la Cancillería soviética la semana pasada. Presionado por cientos de reporteros de todo el mundo que deseaban saber qué estaba pasando en la conferencia entre el secretario de Estado norteamericano, George Shultz, y el ministro de Relaciones Exteriores de la URSS, Eduard Shevardnadze, el emisario pidió con voz pausada: "Esperemos un poco, se está haciendo historia".
Y así fue. Al cabo de tres largas jornadas que terminaron el pasado jueves bien entrada la noche, ambos funcionarios anunciaron en un comunicado conjunto que Estados Unidos y la Unión Soviética están a las puertas de firmar un acuerdo sobre la eliminación de todos los proyectiles de mediano alcance (entre 500 y 5 mil kilómetros), que hoy en día están apuntando hacia los principales blancos de Oriente y Occidente. Si todo sale como está previsto, antes de que se acabe este año Mikhail Gorbachev y Ronald Reagan se darán la mano en Washington y estamparán su respectiva firma en el tratado, acabando así, de un plumazo, con unas 1.908 cabezas nucleares, cada una con un poder destructivo varias veces superior al de la bomba atómica que arrasó Hiroshima en 1945. Cuando ese acuerdo sea ratificado por cada Parlamento, se estará cerrando un capítulo que comenzó a escribirse al principio de esta década en el seno de las conversaciones sobre desarme en Ginebra. En ese entonces, eran necesarios varios meses de negociaciones para escribir una línea e incluso se llegó a pensar que, sencillamente, el libro del desarme quedaría incompleto.
Afortunadamente las cosas cambiaron. En el seno de la Casa Blanca, Ronald Reagan se vio obligado a moderar su retórica anticomunista y a aceptar que tenía que llegar a un acuerdo con los soviéticos, si deseaba rescatar la última parte de su mandato, seriamente afectado por el IránContras-Gate. Al mismo tiempo, el secretario del Partido Comunista soviético necesitaba un tratado para consolidar su posición en el Kremlin y utilizar uná mayor proporción de los recursos del país en áreas diferentes a la de la defensa.
Con los dos grandes jefes de acuerdo, ya el resto era -como dice un refrán ruso- coser y cantar. Sin embargo, en estas materias el vestido siempre es de un tamaño respetable y los intérpretes no siempre se ponen de acuerdo sobre el tema a interpretar.
Después de varios intentos fallidos, finalmente se llegó a mediados de este año a un punto de partida común sobre los proyectiles de alcance intermedio. En esa oportunidad, Gorbachev lanzó la propuesta de la "Opción doble cero global" que incluía la eliminación de este tipo de misiles a nivel mundial. En respuesta, Reagan la acogió y cedió un poco en sus demandas sobre los métodos de verificación para comprobar que efectivamente las armas estaban siendo destruídas.
Por último, hubo una gran ayuda de afuera, cuando el Canciller alemán Helmut Kohl aceptó desmantelar sus propios misiles, con el fin de acceder a una petición soviética.
Detalles más, detalles menos, ese era el escenario cuando el martes pasado Shevardnadze se bajó del jet de Aeroflot que lo condujo a la capital norteamericana. Tanto él como Shultz tenían instrucciones de "cooperar" para superar los escollos que quedaban y así asegurar la celebración de una cumbre, probablemente en el mes de noviembre. Aparte de dejar casi definidas las bases del tratado (Shultz deberá viajar ahora a Moscú), la reunión produjo ya resultados concretos: ambas potencias llegaron a un acuerdo sobre ciertos procedimientos básicos de verificación de ensayos nucleares. Adicionalmente, hay esperanzas de que el entendimiento que existe permita tocar puntos adicionales, como el de los misiles de largo alcance. En un artículo escrito por Gorbachev y publicado el jueves conjuntamente por los diarios Pravda e Izvestia, éste indicó que el tratado sobre los proyectiles intermedios "sería un buen preludio a unas negociaciones sobre reducciones a gran escala -50%- de los armamentos estratégicos ofensivos".
Aunque un logro semejante parece muy ambicioso, la buena marcha de las reuniones de la semana ha convencido a algunos de que actualmente cualquier cosa es posible. Claro que para que eso suceda ciertas cosas tienen que cambiar. Suponiendo que la oferta soviética sea sincera, en los Estados Unidos hay un bloque importante de opinión que considera que aún el tratado que está a punto de ser suscrito es una concesión muy importante. Después de años de loca carrera armamentista, no faltan los norteamericanos que se preguntan ¿qué diablos es esta "marcha atrás"?
Esas protestas han sido acalladas por Reagan, quien el jueves tuvo dos motivos de celebración: su próxima cumbre y el aniversario número 200 de la Constitución de los Estados Unidos. En débil posición hace unos días, el jefe de la Casa Blanca está otra vez recuperando los colores que alcanzó a perder.
Como es de suponer, las buenas nuevas de Washington produjeron júbilo en Europa, donde actualmente están emplazados la mayoría de los misiles que se van a eliminar. No obstante, para algunos, el éxito alcanzado es muy poca cosa frente a lo que falta. La semana pasada, el general Bernard Rogers, ex comandante de la OTAN, sostuvo que los soviéticos estaban sacrificando tan sólo un 4% de su arsenal nuclear y otros expertos sostienen que la cifra es similar en el caso norteamericano. Claro que esas afirmaciones no empañaron el júbilo en Washington. Independientemente de que el mundo se vuelva un lugar más seguro a partir del próximo año, ya el show del desarme está asegurado y no faltan quienes han comenzado a hacer maletas, para ir a ver cómo las dos superpotencias vuelven a reeditar aquella frase que dice que "Querer, es poder".

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