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| 12/25/2000 12:00:00 AM

Fin de una era

Perú se encamina a la realización de nuevas elecciones tras la caída deshonrosa de Alberto Fujimori.

Fin de una era, Sección Mundo, edición 969, Dec 25 2000 Fin de una era
Lo dijo en su discurso de posesión Valentín Paniagua al asumir la presidencia de su país. “Nace hoy un nuevo tiempo. Se cierra una etapa y se abre otra en la historia del Perú”. Desde 1990 la banda presidencial albirroja no había sido usada por nadie distinto de Alberto Fujimori, y eso le daba a la escena un tinte algo irreal. Había que acostumbrarse al nuevo concepto. ‘El Chino’, casi de un momento a otro, ya no era el dueño del palacio presidencial de Lima.

Paniagua será presidente sólo hasta julio próximo, cuando le entregue el poder a un nuevo mandatario que será elegido en abril. Se trata del momento culminante de una carrera política caracterizada por unas virtudes de moderación y la sensatez que le han granjeado el respeto de tirios y troyanos en el Perú. Pero tal vez ese hombre de 64 años, que nació en la ciudad andina de Cusco y que habla tan bien el quechua como el castellano, el inglés y el francés, nunca hubiera sido presidente si no hubiera sido por la ambición de Fujimori. Porque el proceso que llevó a un final deshonroso para un presidente que, siendo hijo de inmigrantes japoneses, tuvo todo para entrar a la historia por la puerta grande, se desencadenó cuando intentó permanecer en el poder más allá de lo que la prudencia y el sentido común aconsejaban.

Fujimori envió por fax su renuncia desde Tokio en un espectáculo propio más de un fugitivo que el de un estadista que derrotó al terrorismo y la inflación, hizo las paces con Ecuador y consiguió que el grueso de la siembra de coca se trasladara fuera de sus fronteras. Como era de esperarse el Congreso, dominado por la oposición, no le aceptó la renuncia y, a cambio, le asestó la mayor humillación que haya recibido presidente alguno en la historia del país: lo destituyó por estar “moralmente incapacitado” para gobernar. Semejante golpe fue recibido con alborozo por sus enemigos y con una mezcla de resignación y rabia por quienes, hasta el último momento, fueron sus seguidores.

Fujimori tenía muy claro que la instalación del nuevo Congreso sería fatal para él, sobre todo a medida que las acusaciones por corrupción contra su gobierno subían de tono. La última de ellas resultó impresionante, pues se preguntaba por qué quedaban en las arcas estatales sólo 543 millones de dólares de los 9.200 millones producto de las privatizaciones de empresas estatales realizadas en la década de los 90.

Por eso el mandatario hizo varias cosas sospechosas: primero canceló su participación en la cumbre iberoamericana de Panamá, luego viajó a Brunei para una reunión presidencial de la cuenca del Pacífico y, en el viaje de regreso, resolvió tomar un desvío insólito: terminó en Tokio, aquejado de una extraña gripe. Muy lejos quedaban sus enemigos políticos, las protestas callejeras, su ex asesor Vladimiro Montesinos, oculto en algún lugar del Perú (y según algunos rumores, muerto). Y su oportunidad de haber salido con dignidad.

Ahora se baraja la posibilidad de que Fujimori se quede indefinidamente en la patria de sus ancestros para evitar, a toda costa, desde un país con el que Perú no tiene tratado de extradición, terminar involucrado en las acusaciones contra Montesinos. Fujimori tiene ciudadanía japonesa pues, según la versión oficial, fue inscrito por sus padres a pesar de haber nacido en Perú. Pero su verdadera nacionalidad es un enigma. La periodista Cecilia Valenzuela, de Imediaperú, sostiene que, en todo caso, Fujimori nunca dejó de ser japonés, “el hombre al que los peruanos le otorgaron la más alta investidura de la nación”. Eso parece claro por varios indicios, entre otros, su tendencia a refugiarse, cuando tuvo necesidad, en la embajada del Sol Naciente. Y su confianza en el apoyo económico del gobierno de Tokio.



Un presidente para la historia

Es, sin duda, la salida menos airosa de un presidente latinoamericano en muchos años. Fujimori fue, en un momento dado, un personaje al que muchos en la región hubieran querido para sus países. Un hombre salido de la nada, un desconocido total que ascendió a la presidencia en contra del establecimiento político y que, cuando éste quiso cerrarle el paso, no tuvo inconveniente en clausurar las instituciones y poner al país a marchar a su propio paso de ganso. No en vano pocos se dan el lujo de dejar como legado una palabra nueva: el fujimorazo.

Alberto Fujimori Fujimori llegó al poder en 1990 tras derrotar en la segunda vuelta al escritor Mario Vargas Llosa, quien era el amplio favorito y el preferido del establecimiento político. Recibió un país atenazado por ambos flancos: por una inflación del 7.000 por ciento y por la amenaza de dos grupos guerrilleros de indudable poder: el Movimiento Revolucionario Túpac Amaru (Mrta), de tendencia guevarista y relativamente menos violento, y Sendero Luminoso, una organización maoísta, inspirada en la Revolución Cultural china, dirigida por un sanguinario profesor de filosofía llamado Abimael Guzmán, conocido por sus correligionarios como ‘Presidente Gonzalo’. Ambos grupos, pero sobre todo el segundo, realizaban acciones en el 70 por ciento del territorio nacional. Los bombazos en Lima eran cosa de casi todos los días y los activistas sociales que no se plegaran a sus deseos era asesinados sin piedad.

El año 1992 fue decisivo para Fujimori. En ese período decidió cerrar el Congreso, el fujimorazo, pero hipotecó su destino al apoyo de los militares. Destituyó a decenas de altos funcionarios, convocó un Congreso Constituyente Democrático para redactar una nueva Carta y se dispuso a gobernar como le gustaba: por sí y ante sí. Pero además tuvo dos éxitos clamorosos: en mayo fue capturado Víctor Polay Campos, líder máximo del Mrta y en septiembre nada menos que Abimael Guzmán. Si alguien dudaba de que Perú estaba siendo gobernado por un triunfador esas dudas quedaron borradas de un plumazo.

En 1995 Fujimori estrenó su nueva Constitución, aprobada en 1993, derrotando a Javier Pérez de Cuéllar para asegurarse un inédito segundo período. Pero al mismo tiempo iba enredándose en su propia omnipotencia. En 1996 se divorció de Susana Higuchi, a quien había destituido de primera dama en una alocución presidencial, pues su esposa había cometido el pecado de pensar por sí misma. Y con igual desparpajo iba saliendo de los ministros que no seguían sus dictados, de los guerrilleros del Mrta que tomaron la embajada japonesa, muertos sin clemencia, de los jueces que se negaban a aceptar una interpretación constitucional según la cual su primera presidencia no contaba para una segunda reelección, o de los periodistas que, como Baruch Ivcher, denunciaba sus atropellos en la televisión y terminó despojado de su estación Frecuencia Latina Canal 2 y de su nacionalidad.



Un error fatal

Fue en este contexto que Fujimori cometió su error esencial. Aconsejado por el oscuro Vladimiro Montesinos, cuyos nexos con el narcotráfico quedaron evidenciados y cuyo Servicio de Inteligencia Nacional empezó a ser visto como un violador de derechos humanos, Fujimori dedicó toda la fuerza del Estado a conseguir una segunda reelección.

Los comicios, llevados a cabo en mayo de 2000, dejaron demasiado maltrecho el capital político de Fujimori. Las irregularidades en el uso de los recursos del gobierno, la presión sobre los medios de comunicación y los fraudes afectaron de muerte su legitimidad. Y en ese campo minado se presentaron los escándalos de Montesinos. Su asesor resultó involucrado en el tráfico de armas de Jordania hacia las Farc, que él mismo supuestamente había develado y, unas pocas semanas más tarde, el congresista Fernando Olivera reveló un video en el que el asesor aparecía entregando un dinero para sobornar a un miembro de la bancada de oposición.

Lo siguiente fue un camino cuesta abajo. El anuncio de elecciones anticipadas, la huida de Montesinos a un exilio fallido en Panamá, su regreso misterioso, el extraño viaje a Brunei. La destitución deshonrosa. Y la entrada ignominiosa a la historia.

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