Ventana Modal

Este contenido se reemplaza via ajax por el del html externo.

×

Ventana Modal

Este contenido se reemplaza via ajax por el del html externo.

×

Ventana Modal

Este contenido se reemplaza via ajax por el del html externo.

×

×

| 3/9/1998 12:00:00 AM

GUERRA POR UN IMPERIO

Se cumplen 100 años del incidente del Maine, principio del final del imperio español y comienzo del estadounidense.

GUERRA POR UN IMPERIO GUERRA POR UN IMPERIO
Hace 100 años, el 15 de febrero de 1898, a las 9 y 40 de la noche, una violenta explosión destruyó toda la parte delantera del acorazado norteamericano Maine, fondeado en la bahía de La Habana, capital de la entonces colonia española de Cuba. Nunca se supo a ciencia cierta la causa del desastre, pero la muerte de 260 hombres y elambiente antiespañol imperante en Estados Unidos hicieron que se generalizara la teoría de que se trataba de un sabotaje. Sea como fuere, el 'Incidente del Maine' se convirtió en la chispa que encendió la Guerra Hispanoamericana, un conflicto que acabó con el Imperio Español y que con la fácil victoria de Estados Unidos permitió el florecimiento de las ideas imperialistas en ese país. Apesar de ser ya la mayor potencia económica y militar del planeta,Estados Unidos estaba dominado por el aislacionismo.

Los antecedentes
Después de perder una tras otra las guerras independentistas, los gobernantes españoles estaban decididos a conservar a todo trance sus últimas y más preciadas posesiones en América: Puerto Rico y Cuba. La mayor de las Antillas había sido durante todo el siglo pasado escenario de las más variadas revueltas, de las cuales la más grave fue la 'Guerra de los 10 años', que terminó en 1878 y dio paso a una paz precaria. Pero la colonia siguió siendo demasiado opresiva para los cubanos, y era inevitable que la rebelión estallara de nuevo. El 15 de julio de 1895 la junta rebelde dirigida por Tomás Estrada Palma, e inspirada por el poeta José Martí, proclamó desde Nueva York la 'República de Cuba'. Los patriotas cubanos lanzaron una campaña guerrillera que, al mando del propio Martí, Máximo Gómez, Antonio Maceo y Calixto García Iñiguez, se enfrentó al gobierno del conservador Antonio Cánovas del Castillo, quien estaba dispuesto a aplastarla a sangre y fuego. Cánovas nombró como gobernador de Cuba al general Valeriano Weyler y Nicolau, quien inventó la "política de reconcentración", según la cual algunas áreas alrededor de las principales ciudades fueron convertidas en campos de concentración donde eran "refugiados" todos los cubanos afectos a España, mientras quienes se negaran a internarse eran considerados enemigos. Pero como el gobierno no se preocupó por proveer suministros adecuados y servicios sanitarios, pronto los 'campos' se convirtieron en escenario de hambre, enfermedad y muerte.
En Estados Unidos, entre tanto, la situación cubana era seguida de cerca no sólo por el gobierno de William McKinley sino por una opinión pública influenciada por primera vez por los medios de comunicación. En particular los periódicos de Joseph Pulitzer (The New York World) y William Randolph Hearst (The New York Journal) publicaron reportajes en los que se enfatizaban las horribles condiciones de los "reconcentrados" y pasaban por alto las atrocidades cometidas por los "insurrectos". Al final de 1897, con el asesinato de Cánovas, asumió el gobierno de España el más moderado Práxedes Mateo Sagasta, quien cambió a Weyler por el mariscal Ramón Blanco y Erenas y prometió terminar la política de los reconcentrados y otorgar un alto nivel de autonomía para Cuba. Pero era demasiado tarde.

La explosión
En respuesta a la nueva actitud conciliatoria de Madrid, los partidarios de que Cuba siguiera siendo una colonia protagonizaron el 12 de enero de 1898 fuertes disturbios en La Habana. Ante ello, el gobierno de Estados Unidos envió al buque Maine para proteger los intereses de los norteamericanos que vivían en la isla. Y en la noche del 15 de febrero, la voladura del acorazado se convirtió en el argumento perfecto de quienes favorecían la intervención, como el secretario de guerra, Russell Alger y el de marina, Theodore Roosevelt. Los periódicos, por su parte, se encargaron de generalizar el lema"Remember the Maine, to hell with Spain" (Recuerden el Maine, al diablo con España) y la opinión pública entró en una especie de furor bélico.
A pesar de que a última hora, el 9 de abril, el gobierno de Madrid aceptó las condiciones de Washington sobre un armisticio, McKinley ya había resuelto pedir autorización al Congreso para exigir a España que renunciara a su soberanía sobre Cuba y para usar las fuerzas armadas en caso necesario. La intervención se justificaba, según su mensaje al Congreso, "por razones humanitarias", para "defender la vida y propiedades" de los norteamericanos en la isla y por los graves perjuicios sufridos por "el comercio y los negocios de nuestra gente". Al conocer esas resoluciones, España declaró la guerra el 22 de abril, y el Congreso norteamericano hizo lo mismo al día siguiente, haciéndola retroactiva al 21.

La guerra
Hasta el día de hoy los cubanos sostienen que Estados Unidos actuó de mala fe al negarse a reconocer al gobierno "insurrecto" y afirman que Washington les quitó una victoria que hubieran logrado de todas maneras. Lo cierto es que España decidió pelear por el honor, porque no estaba preparada para una guerra de esas dimensiones. Curiosamente, las hostilidades comenzaron muy lejos, en la otra gran posesión española de las Filipinas. El 30 de abril el escuadrón del almirante George Dewey atacó la flota española en la bahía de Manila y la destruyó rápidamente. Al mismo tiempo, los norteamericanos bloquearon Cuba y cuando otra flota española comandada por el almirante Pascual Cervera entró al puerto de Santiago, fue embotellada allí por dos escuadrones enemigos. Entre tanto, tropas norteamericanas habían desembarcado y atacaban Santiago por su flanco terrestre, en una acción en la que participaron los "Rough Riders" de Roosevelt, quien había renunciado a su puesto burocrático para participar en la aventura. Al caer las colinas estratégicas el 3 de julio, Cervera atacó valientemente, con el magnífico 'Santa Teresa' a la vanguardia, pero le esperaba una flota de cuatro acorazados que hubieran podido enfrentar solos a la flota española en su conjunto.
En menos de dos horas los españoles perdieron todos sus barcos y cualquier posibilidad de ganar la guerra. Puerto Rico había sido tomado en dos semanas por una fuerza expedicionaria, y España no tuvo más remedio que pedir la paz, que fue acordada el 12 de agosto. Roosevelt regresó como héroe de una guerra en la que sólo 460 estadounidenses habían muerto. Una "espléndida guerrita", como le escribió su amigo, el embajador en Gran Bretaña.

Los resultados
En octubre de ese año, en París, España renunció a Cuba, que se convertiría en una república independiente; cedió Puerto Rico a Estados Unidos, y aceptó la ocupación de Manila por fuerzas norteamericanas. Las tropas de Estados Unidos sólo abandonaron Cuba en 1902, cuando se aseguraron de que una asamblea constitucional cubana aceptara la 'Enmienda Platt', que le daba a Estados Unidos el derecho de intervenir militarmente en la isla "para proteger los intereses norteamericanos", pero mantuvieron en arriendo la base de Guantánamo, que sigue en su poder hasta hoy.
Washington nunca reconoció el gobierno insurgente cubano y sólo aceptó uno en 1902, aunque entre 1906 y 1909 un gobernador norteamericano fue entronizado para "evitar más disturbios". Hasta 1923 Washington intervino en Cuba varias veces, y en 1934 la enmienda Platt fue derogada. En Filipinas, en cambio, lo que siguió fue una sangrienta guerra de cuatro años contra los independentistas de Emilio Aguinaldo. En esa guerra colonialista los norteamericanos cometieron atrocidades como las que les habían criticado a los españoles, incluidos los campos de concentración. Pero allí se quedaron hasta la Segunda Guerra Mundial.
La guerra hispanoamericana fue un momento decisivo más para Estados Unidos y España que para los territorios por los cuales fue librada. La victoria hizo de Estados Unidos la potencia suprema en el Caribe y un actor importante en la cuenca del Pacífico y el Lejano Oriente, facilitó la apertura del Canal de Panamá y convirtió a Roosevelt en aspirante seguro a la presidencia. España, como escribió Salvador de Madariaga, "sintió que la era de las aventuras de ultramar había terminado y que su futuro estaba en casa". Lo cierto es que los 20 años que siguieron representaron un salto adelante en el progreso material, a tiempo que surgía una generación de intelectuales que volvieron a poner a España en la vanguardia de la cultura europea. Porque hoy es claro que España, más allá de la pérdida sentimental, se quitó de encima el peso de su propio imperio anacrónico. Los datos son impresionantes: al comenzar la guerra 'definitiva' de independencia, en 1895, ya habían muerto en Cuba 80.000 españoles, uno por cada 225 habitantes de la metrópoli, esto es, proporcionalmente 20 veces más que los norteamericanos en Vietnam, y aún así, la guarnición se decuplicó hasta 130.000 reclutas, uno de cada 140 ciudadanos, justo el que no tuviera las 2.000 pesetas que costaba la "cuota de exención". Con el "Tesoro Cubano", que era en últimas lo que se defendía, se habían pagado toda clase de aventuras fallidas y sangrientas como la incursión sobre México (1862), la guerra de independencia dominicana (1865), el ataque a Perú (1866) y las guerras carlistas, entre otras minucias que dejaron de presentarse en el futuro.
Pero lo más curioso es que cuatro años después de la guerra vino la verdadera invasión, esta vez pacífica. A diario comenzaron a salir casi un centenar de emigrantes españoles a Cuba, hasta completar medio millón en una diáspora con pocos equivalentes. Los 14.000 colonos estadounidenses, flamantes vencedores, se vieron en la paz desbordados por una marea migratoria de españoles que querían vivir en tierras que durante la colonia no habían sido tan atractivas. Hoy, con la perspectiva de los 100 años transcurridos, es difícil saber quién resultó siendo el verdadero triunfador de esa guerra tan próxima y a la vez tan lejana en la historia.

EDICIÓN 1874

PORTADA

La orquesta del Titanic

Para tomar decisiones en el Consejo Nacional Electoral son necesarios 6 de los 9 votos. Cinco de esos votos ya están listos contra la posibilidad de que exista una candidatura viable de centro. La determinación del Consejo Nacional Electoral no será jurídica, sino exclusivamente política.

Les informamos a todos nuestros lectores que el contenido de nuestra revista impresa en nuestro sitio web será exclusivo para suscriptores.

Queremos conocerlo un poco,
cuéntenos acerca de usted:

Maria,

Gracias por registrarse en SEMANA Para finalizar el proceso, por favor valide su correo a través del enlace que enviamos a:

correo@123.com

Maria,

su cuenta aun no ha sido activada para poder leer el contenido de la edición impresa. Por favor valide su correo a través del enlace que enviamos a:

correo@123.com