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| 5/30/1994 12:00:00 AM

LA CANCION DEL EXILIADO

Tras una exitosa reunión de exilados con autoridades cubanas, hay que replantear el fenómeno migratorio cubano.

LA CANCION DEL EXILIADO LA CANCION DEL EXILIADO
UN VOCERO DEL REGIMEN de Fulgencio Batista, Luis Manuel Martínez, fue uno de los primeros en llegar a La Habana, luego de 35 años de no pisar su tierra. Luis Tornes, uno de los mercenarios que en 1961 integró la expedición contrarrevolucionaria de Playa Girón, no sólo regresó a esa patria que le llamó "traidor", sino que era uno de los más ansiosos porque se lograran resultados tangibles. Max Lessnick, ideólogo del grupo anticastrista Cambio Cubano (del también expedicionario Eloy Gutiérrez Menoyo), reconoció que la sesión era "un primer paso" . Todos ellos formaron parte de la reunión que tuvo lugar el fin de semana del 22 de abril en La Habana. El motivo: el deseo del régimen cubano de acercarse a la comunidad de esa nacionalidad que vive en el exterior. Un propósito que va más allá de la nostalgia o la reunificación familiar, y que tiene mucho que ver con la existencia misma de la Nación cubana.
Pocos fenómenos sociales han sido más manipulados políticamente que la emigración cubana. Desde el siglo pasado ya había comunidades en Estados Unidos que vivían allí para evitar la rigidez de una España que, al final del siglo XIX, atesoraba a Cuba y Puerto Rico como sus últimas posesiones en América. Pero también había una porción minoritaria interesada en que se cumplieran los designios de Estados Unidos de anexar a la isla. En Washington se venía manejando ese proyecto desde 1826, con la doctrina del presidente John Quincy Adams, y sus varias manifestaciones, que se cifraron no sólo en ofertas de compra, sino en últimas en el patrocinio ambiguo de una guerra de independencia que sólo se decidió con la intervención directa de Estados Unidos.
Esa guerra, que terminó llamándose Hispano-americana, significó no sólo la descolonización de Cuba en el sentido tradicional, sino la caída de Filipinas, el Pacífico español y Puerto Rico, que quedó en manos de EE. UU.
Por eso, después de la revolución de 1959, ese flujo migratorio, que en la mayoría de los casos era de signo económico -como el de todos los países de América Latina- fue ideologizado por Estados Unidos y convertido en una expresión de rechazo al régimen triunfante. La primera oleada (en la que llegó Martínez) estaba compuesta por colaboradores de Batista, y una segunda, a partir sobre todo de 1961 (cuando Fidel Castro reconoció el carácter comunista de la revolución), por hombres de negocios. Pero de ahí en adelante ha continuado del mismo modo que el éxodo de miles de latinoamericanos que buscan emigrar para escapar de la pobreza.
Pero sin importar sus motivos, cada cubano que emigraba era llamado "traidor" y "gusano" por el régimen de Castro, a tiempo que era considerado "exiliado de la libertad" por Estados Unidos. Washington asumió una política sin precedentes de incentivos al éxodo cubano y de estímulo a la creación de grupos extremistas de ultraderecha, capaces de actos terroristas. Los privilegios y ventajas del emigrado cubano en Estados Unidos hacen palidecer cualquier comparación, a tal punto que nacionalizarse no les representa ventajas económicas, pues tienen leyes específicas.
Y por el otro lado todos, no solo los extremistas, eran demonizados por el régimen, sin importar que, por ejemplo, su viaje buscara la reunificación familiar. Con esas premisas, tanto los comunistas, como grupos más moderados que viven en el extranjero, están ahora en plan de reconciliarse, lo cual parece un contrasentido. ¿A quién se le ocurre que los mexicanos, dommicanos o ecuatorianos deban reconciliarse con sus hermanos emigrados? ¿O que los emigrantes colombianos exijan, por ejemplo, que en el país se aplique un sistema político determinado?
La reunión sirvió para acercar esos extremos de la sociedad cubana, y para limar algunas asperezas. Pero el escándalo desatado en Miami por una videocinta tomada a una de las asistentes, subraya el carácter absurdo de todo el asunto.

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