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| 12/19/2004 12:00:00 AM

La chispa que encendió la realidad

Los atentados del 11 de marzo en Madrid llevaron a los españoles a tumbar el gobierno y a mirar a los inmigrantes latinoamericanos de otra manera.

La chispa que encendió la realidad La chispa que encendió la realidad
El 11 de marzo murieron 191 personas de la España real. Entre las víctimas se reunían estudiantes de bachillerato, universitarios, trabajadores manuales, profesionales de prestigio, profesores... Y 13 nacionalidades distintas. La mayoría de estos inmigrantes habían salido de Latinoamérica, pero también murieron rumanos, polacos o magrebíes.

Aquel día, los españoles recibieron un golpe brutal, muy superior a todos los ya conocidos y hasta cierto punto familiares. No vale la pena recorrer los efectos crueles de aquel atentado, ni recordar las vidas segadas por las bombas ni imaginar qué habrían podido dar a la humanidad todos aquellos jóvenes muertos entre los que quizás se hallaban un científico decisivo o un pianista genial. Pasemos a los efectos que se produjeron a este lado de la vida.

La mera relación de fallecidos despertó las conciencias de la sociedad española. Colombianos, ecuatorianos, bolivianos... Muchas víctimas habían hecho miles de kilómetros para buscar una vida mejor y encontraron la muerte; pero lanzaron a los españoles una realidad antes desdeñada: cada día en que Madrid funciona, cientos de miles de inmigrantes contribuyen a alimentar la máquina de la ciudad. Y otros muchos cientos de miles de madrileños se preguntaron, al conocer las primeras noticias de la tragedia, si ese día llegarían a casa la asistenta dominicana que cuida a los niños, el albañil ecuatoriano que levanta el nuevo tabique o el repartidor colombiano que traerá la comida del supermercado. El golpe de realidad les hizo querer más a quienes ya formaban parte de su vida, con ese arrebato que produce imaginarlos muertos.

Desde aquel día, el sentimiento popular hacia los inmigrantes (es imposible llamar extranjeros a quienes hablan nuestra lengua y forman parte de la patria común del idioma) ya no es el mismo. Los periódicos contaron las biografías de las víctimas, y allí aparecían -junto a las fotos de cada uno de ellos facilitadas por sus familiares- unas ilusiones fabulosas, o una vida adaptada ya al nuevo suelo, o un trabajo honrado... o una injusta falta de documentos rodeada de absurdos papeleos.

El atentado prendió la chispa de la realidad.

No fue la única realidad que se les apareció a los españoles. Hubo un atentado descomunal y el Partido Popular perdió el gobierno en las elecciones que se celebrarían tres días después. Pero ¿puede caer un edificio de 20 pisos por la acción de una chispa? Claro que sí. Ahora bien: hace falta que la chispa conecte con las 10 toneladas de dinamita que se deben repartir por cada uno de sus pilares. ¿Pudo el atentado terrorista del 11 de marzo de 2004 cambiar el resultado electoral en España? Desde luego. Pero era necesario también que ese fogonazo activara una carga política de profundidad que la sociedad española había ido almacenando bajo el suelo del gobierno. España ha sufrido muchos atentados: en un hipermercado, en una cafetería, en un edificio habitado por guardias civiles y sus hijos, en una calle. Las bombas en los trenes podían haberse unido a esa relación fatal sin que la vida dejara de fluir con normalidad entre nosotros tras cumplir resignadamente el doloroso luto que imponía el caso, tras llorar entre todos las pérdidas irreparables y después de indignarnos hasta el límite de lo civilizado. Pero el pueblo de España estaba habituado a situaciones semejantes, en las que normalmente se agrupa en torno a la autoridad para buscar su protección y servirle recíprocamente de cobijo.

Lo que hace saltar al gobierno del PP por los aires -en este caso metafóricamente- no es la chispa que proporcionan los atentados, sino la dinamita de la guerra en Irak. El golpe de realidad hace que aflore el recuerdo de aquella invasión. Un 90 por ciento de los españoles (nadie ha discutido este dato de los sondeos, incluidos los oficiales) abominaban de esa guerra y de las supuestas causas que conducían a ella. Cuando las bombas estallan, todos los analistas aventuran que si la autoría es ultraislámica, si el pueblo español vinculará los atentados con el aumento de riesgo que asumió el país por culpa de la incursión bélica, y que se lo hará pagar al gobierno tres días después. Horas antes de que se abrieran las urnas (el 13 de marzo por la tarde), las emisoras de radio interrumpen sus carruseles deportivos del sábado para anunciar las detenciones de los presuntos autores: todos ellos supuestamente vinculados a Al Qaeda. La policía había continuado con su trabajo mientras el gobierno insistía durante esas tres largas jornadas en apuntar a la autoría de ETA. ETA asesina desde hace decenios, porque cree que así conseguirá algún día la independencia del País Vasco. Los españoles (incluidos al menos la mitad de los vascos) respaldan aquí al gobierno, y se resignan a sufrir con él los atentados. Pagan el precio de sus ideas en pro de la unidad nacional.En el caso de la guerra contra Irak, el alto precio de la inseguridad no quería pagarlo nadie. Y por eso lo abonó finalmente el gobierno. Ésta era la dinamita, y el estallido parecía seguro porque entre el 11 y el 14 de marzo se activaron otros elementos, en su papel de gasolina y de metralla.

El gobierno parecía haber mentido y evadido su responsabilidad en torno a la catástrofe de un desastrado avión militar que condujo a la muerte a más de 60 profesionales del Ejército que viajaban en misiones de cooperación internacional. Y también pareció no buscar mucho la transparencia sobre sus decisiones durante el naufragio del petrolero Prestige frente a Galicia. Dos catástrofes recientes que sobrecogieron a España entera. El pueblo español había pasado por alto las evasivas, las mentirijillas o los eufemismos utilizados por la autoridad (incluida la televisión pública) en ambos desastres. Pero a la tercera fue la vencida: millones de electores interpretaron que el gobierno volvía a mentir en su propio provecho, encadenaron los hechos recientes con los pasados y juntaron así la dinamita, la gasolina y la chispa. Se les apareció de nuevo la realidad. O al menos una nueva percepción de ella.

El Partido Popular perdió las elecciones, pues, con la concurrencia de tres circunstancias: la guerra de Irak, la desconfianza retroactiva y los atentados en los trenes. Sin la acción terrorista, probablemente no se habría producido semejante vuelco en las urnas, es verdad. Pero sin los otros dos factores tampoco.

Algo habrá tenido que ver también la alternativa que presentaba el Psoe, con José Luis Rodríguez Zapatero al frente. Pero aquí (igual que en las dos derrotas estrepitosas de los socialistas en 1996 y 2000), nunca se sabrá si gana el que no pierde o si pierde el que no gana.

En España, cada vez que la participación electoral se acerca al 80 por ciento cambia el gobierno. De repente, una bolsa de votantes que no se siente concernida por nada -y formada mayoritariamente por jóvenes- decide agarrar sus papeletas y depositarlas en el lugar adecuado. Para eso necesitan (como ocurrió en el fracaso de Felipe González ocho años antes) un acceso de realidad, un enfado acumulado que estalla y un momento oportuno.

España ya no es la misma desde el 14 de marzo. Ahora está conectada con otra realidad. El nuevo gobierno ha decidido retirar las tropas de Irak y permitir los matrimonios de homosexuales; pero también facilitar los permisos de residencia de los inmigrantes que ya se ganan la vida honradamente entre nosotros. Las ilusiones de tantos hermanos de América Latina viajaban con los madrileños en aquellos trenes que encendieron la chispa del cambio político. Y el homenaje del nuevo gobierno socialista no podía ser más merecido.

*Presidente de la agencia EFE

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