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| 12/29/1986 12:00:00 AM

LA EMBARRADA DE REAGAN

La venta de armas a Irán y los millones a los "contras" acaban en un mes con la popularidad del presidente Reagan en seis años de administración

LA EMBARRADA DE REAGAN LA EMBARRADA DE REAGAN
El dominio de sí mismo y la cordialidad que lo habían caracterizado en los encuentros con la prensa durante los seis años de su administración habían desaparecido por completo. El humor siempre agudo, la jovialidad y el manejo de la situación, legado de sus años como actor que no én vano habían hecho de él el "maestro" en el manejo de la televisión, habían dado paso por primera vez a ún ceño fruncido, uná voz trastabillante y una posición defensiva que los periodistas que cubren la Casa Blanca jamás habían conocido en el presidente Ronald Reagan. Siempre dispuesto a hablar y firme aún en las mentiras más obvias, Reagan parecía otro hombre ese mediodía. El tono decidido de sus dos alocuciones anteriores sobre el mismo tema se había debilitado y del "no creo haber cometido algún error" de la semana anterior al "me preocupa que la implementación de una polftica orientada a resolver una situación realmente trágica en el Medio Oriente haya desembocado en una controversia como esta", parecía haber pasado un siglo. El ámbiente en la Casa Blanca nunca había sido tan tenso desde los ya lejanos tiempos de Watergate en 1974.

En la sorpresiva rueda de prensa del martes 25 el Presidente se limitó a informar que el fin de semana anterior había solicitado al procurador general Edwin Meese una investigación de cuyos resultados se desprendía que él (el Presidente) "no estaba completamente informado de la naturaleza de una de las actividades" que se había llevado a cabo dentro de su política hacia Irán y por lo tanto, nombraría una comisión investigadora para revisar el papel y los procedimientos empleados por el Consejo Nacional de Seguridad (CNS). Como consecuencia, "aunque no directamente implicado", el vicealmirante John Poindexter había pedido ser relevado de su cargo como director del CNS y el coronel Oliver North había sido relevado de sus deberes dentro del mismo Consejo. Sin responder preguntas, el Presidente le dio la palabra a Meese quien fue el encargado de echar a rodar la bola de nieve que desde entonces corre colina abajo por Capitol Hill: parte del dinero entregado por los iraníes como pago por las armas norteamericanas había sido consignado en una cuenta en Suiza para los "contras" nicaraguenses.
Aún sin cifras precisas ni protagonistas, excepto el coronel North quien habría sido "la única persona en el gobierno de los Estados Unidos que sabfa precisamente sobre ello" y el vicealmirante Poindexter que "sabía que algo de esta naturaleza estaba ocurriendo" pero no exactamente qué, Meese soltó los primeros detalles del nuevo escándalo.

LA RUTA DEL DINERO
Según la versión oficial de Meese, en algún momento a partir de enero de 1986 intermediarios israelíes negociaron con Irán una venta de armas provenientes de los Estados Unidos.
Las armas provistas por el Departamento de Defensa a través de la CIA tenían un costo de U.S.$ 12 millones y fueron vendidas a intermediarios iraníes por una suma entre U.S.$ 22 millones y U.S.$ 42 millones. Los israelíes depositaron en una cuenta de la CIA en Suiza los U.S.$ 12 millones que valían las armas y el dinero restante fue depositado en otra cuenta en Suiza manejada por los "contras" nicaraguenses.

Según la Casa Blanca, el presidente Reagan habría tenido conocimiento del envío de las armas pero no de la transferencia de fondos a los "contras", lo mismo que el secretario de Estado George Shultz, el de Defensa Caspar Weinberger, el director de la CIA William Casey y todos los demás miembros del Consejo Nacional de Seguridad, excepto Poindexter quien según Meese habría sabido "algo en algún momento" del año pasado, sin que tratara por ello de detener la operación.

EL "IRANGATE"
En otras palabras, un coronel de tercera línea en la Casa Blanca habría manejado con un solo tiro dos de los pájaros más grandes de la política exterior norteamericana: Irán y Nicaragua, sin que ningún otro miembro del gobierno o agencia tratara de impedirlo o siquiera lo supiera.

Si hasta el martes de la semana pasada las numerosas contradicciones en que había incurrido la administración y el propio presidente Reagan en torno a la entrega de armas habían dejado una sensación de "gato encerrado", las revelaciones sobre el desvío de dinero a los "contras" llevaron a que ya no sólo se pusiera en tela de juicio la credibilidad del Presidente sino incluso se empezara a hablar de un segundo Watergate, el "Irangate", de unas dimensiones tales que posiblemente no quedará persona alguna de la administración sin salpicar.

Ya no se trata simplemente de una contradicción entre los actos del gobierno y su política explícita de condena al terrorismo, sino de un acto ilícito orquestado y manipulado directamente por la administración, en contra de la prohibición expresa del Congreso de los Estados Unidos de proporcionar ayuda a los "contras"; y en el cual así fuera cierto que el único que conocía toda la maniobra era el coronel North--hecho que a todas luces resulta imposible de creer--la culpabilidad recae sobre el Presidente, bien sea por acción o por omisión.

La Casa Blanca ha pretendido dejar caer todo el peso de la responsabilidad sobre el Consejo Nacional de Seguridad y específicamente sobre North, a quien sus antecedentes de participación en operaciones encubiertas y su reconocida trayectoria como cabeza de la política de ayuda a los "contras" en Nicaragua colocan en el eje de la operación. (Ver recuadro). No obstante, pretender que ningún otro miembro del gobierno participó en la decisión de trasladar el dinero de la venta de las armas a los "contras", es tan absurdo como decir que es posible mover una uña sin que se mueva la punta del dedo. La pregunta, como en el caso de Watergate, es ¿qué sabía el Presidente? y ¿cuándo lo supo?
North no sólo dependía directamente del Consejo Nacional de Seguridad, que a su vez depende del Presidente, sino que además era el asesor y hombre de confianza de Robert McFarlane, director del CNS hasta diciembre del año pasado, y quien fue todo el tiempo el emisario directo de Reagan en Irán. Ha sido reconocido amigo del vicepresidente George Bush y además, según el propio líder de los "contras" Adolfo Calero, era North quien arreglaba sus entrevistas con Reagan.

Aún bajo el supuesto de que ninguno de los mencionados funcionarios hubiera logrado sospechar nada, quienes conocen de cerca el tejemaneje de la Casa Blanca aseguran que sería prácticamente imposible que hubiera pasado inadvertido para Donald Regan, quien se ha caracterizado precisamente por ser un funcionario por cuyas manos pasan todos los asuntos de Estado, de su incumbencia o no, incluido el manejo de la política exterior. Y de saberlo Regan resulta muy poco probable que no lo supiera el Presidente, de quien es su mano derecha.
Si aún a riesgo de pecar de toda la ingenuidad posible se llegara a pensar que el Presidente no sabía lo que hacía North, el asunto aunque de otro calibre, no sería menos preocupante.
En pocas palabras, al frente de la Casa Blanca, y con ella del país más poderoso de la Tierra, estaría un hombre que no sabe lo que hacen sus subalternos inmediatos en una de las cuestiones de mayor trascendencia para el Estado: su política exterior.
Como dice el New York Times en su editorial del 26 de noviembre, "no se sabe qué es más alarmante, si la arrogancia del Presidenle, o su ignorancia ".

La salida de Poindexter y de North ha sido vista como un alivio para la Casa Blanca que busca así alejarse un poco de toda la corriente de agua sucia que ha empezado a caer sobre el caso y sus protagonistas. Quienes vivieron Watergate recuerdan sin embargo cómo la caída del presidente Nixon se inició precisamente con la salida de dos de sus más inmediatos asesores: John Ehrlichman y H.R. Haldeman, que resultaron ser solamente los chivos expiatorios con que la administración pretendió encubrir sus faltas, cuando apenas se asomaba la punta del iceberg.

No faltan quienes le han aconsejado al Presidente evitarse otro Watergate y obrar como lo hizo Kennedy con Bahía Cochinos en 1961, reconociendo su falta, prometiendo que no sucederá de nuevo y reemplazando a los funcionarios involucrados. Aunque incluso personas como el exsecretario de Estado Henry Kissinger consideran que continuar la purga en la administración podría dar resultados positivos, la pregunta que subyace es hasta dónde tendría que ir el Présidente y si en últimas lograría el mismo salir bien librado.

LAS CIFRAS
Si el quién de la investigación es aún confuso, el qué no lo es menos. La cantidad de embarques despachados a Irán, la suma pagada por ellos las armas vendidas y el dinero que en últimas fue a parar a manos de los "contras" son aún objeto de especulaciones. Se habla de que Israel envió por lo menos tres aviones y cinco barcos a Irán, de los cuales sólo el primero, en septiembre de 1985, se habría hecho sin el conocimiento previo de los Estados Unidos pero con su posterior aquiescencia. Y ciertamente las armas enviadas en ellos no "cabrían en un solo avión de carga", como Reagan aseveró en la primera rueda de prensa. De fuentes confiables se supo que dentro de los envíos había 2.008 misiles TOW antitanques y 235 HAWK antiaéreos, con los cuales según los expertos, sí se puede cambiar el curso de una guerra como la de Irán-Irak, contradiciendo nuevamente la apreciación del Presidente quien aseguró que las armas enviadas no influirían para nada en los resultados del conflicto.

En cuanto al dinero pagado por ellas, oficialmente se ha hablado de que los Estados Unidos recibieron de Irán 12 millones de dólares, a través de la CIA, la cual a su vez, los entregó al Departamento de Defensa, dentro de lo que se conocio como la "Operación Recovery".

Un oficial norteamericano aseguró sin embargo a la revista Newsweek que los embarques podrían sumar más de 100 millones de dólares.
Cuánto de ese dinero fue a parar a manos de los intermediarios y cuánto a los "contras" es aún un misterio. El Miami Herald estima en 4 millones de dólares la ganancia retenida por los intermediarios israelíes y en 12 millones el depósito en la cuenta de los "contras". El mismo procurador Meese, sin embargo, habló de una cifra indeterminada entre 10 y 30 millones para los antisandinistas. En lo concerniente a los intermediarios, el hecho de que estén involucrados nombres como el de Adnam Kashoggui, el hombre más rico del mundo y cuya fortuna procede en gran parte del tráfico de armas, hace pensar que la comisión podría haber sido aún más alta.

LA CONEXION ARABE
Kashogui habría tenido un papel definitivo en las transacciones con Irán. Primero, como intermediario entre los comerciantes israelíes y los representantes iraníes no adeptos a Jomeini que recibieron las armas, a quienes Kashogui habría puesto en contacto en la primavera de 1985, y luego entre la misnia Arabia Saudita y los iraníes a quienes se afirma que los árabes apoyaran económicamente para la compra de las armas y además han venido proporcionando gasolina, elemento indispensable para mantener la guerra con Irak. La participación de Kashogui no tendría nada de raro. No sólo es reconocido como el traficante de armas más importante del mundo sino que además sus estrechos vínculos con goberrrantes de Oriente y Occidente son ampliamente conocidos. Amigo personal del hoy ministro de Relaciones Exteriores y hasta hace un mes Primer Ministro de Israel Shimon Peres, Kashogui ya en varias oportunidades ha ayudado a Israel en sus relaciones con otros países como Sudán, Kenya y Etiopía.

Hombre de confianza del cerrado círculo de la familia real saudí, Kashogui era además la persona precisa para adelantar las oscuras ma niobras de apoyo a los iraníes. Aunque nominalmente los árabes apoyan a Irak en la guerra del Golfo Pérsico, el temor de que sea Irán el vencedor en el conflicto llevó al parecer a los saudís a tratar de hacer migas frente a los iraníes, actitud que ciertamente estaría de acuerdo con la conocida costumbre política árabe de tratar de cubrir todas las opciones.

Los acercamientos a Teherán, según un artículo del New York Times habrían dividido de tal manera a la familia real árabe, que se ha llegado incluso a aseverar que fue su oposición a ello y no diferencias respecto del precio del petróleo lo que motivó hace unas semanas la salida del jeque Ahmed Yamani como ministro de Petróleos de Arabia Saudita.

EL PAPEL DE ISRAEL
Aunque fuentes israelíes reconocieron desde el primer momento su participación en las negociaciones entre Estados Unidos e Irán, hasta el martes pasado cuando el procurador Meese afirmó que el dinero a los "contras" había sido entregado a través de Israel, la administración Reagan y el propio Presidente se habían abstenido de involucrarlos. Las contradicciones del Presidente en este sentido llegaron a tal punto que, 30 minutos después de la primera rueda de prensa del miércoles 19, la Casa Blanca tuvo que emitir un comunicado en el cual Reagan; manifestaba que tal vez sus declaracio,hes "habían sido mal interpretadas" y, en efecto, había "un tercer país" involucrado; hecho que el Presidente había negado reiteradamente durante la conferencia de prensa a pesar de que miembros de su administración habían reconocido ya la participación de Israel públicamente.

Para los israelíes el hecho constituía un simple acto de "lealtad política". Aliados indiscutibles de los norteamericanos, consideraron prácticamente un deber el apoyarlos en su osada aventura. Los norteamericanos, sin embargo, no sólo han sostenido que fueron los israelíes y no ellos quienes propusieron inicialmente las negociaciones, sino que además ahora los han involucrado directamente en el traspaso de los fondos a los "contras". Las declaraciones del procurador Meese en este sentido crearon un desconcierto tal en Israel, que Shimon Peres fue llamado a declarar an te el Parlamento israelí, donde aseguró que la operación fue asunto de los americanos. "Se nos pidió ayuda y la dimos, pero no tenemos nada que ver con los "contras" y no hemos recibido beneficios financieros ni de otra especie. Nuestra intención fue la de ayudar, con toda la sinceridad e inocencia a un Estado amigo", dijo.
La controversia con los Estados Unidos ha llegado a tal punto que se dice que Shimon Peres conversó telefónicamente con el secretario de Estado George Shultz y el procurador Meese para tratar de establecer una coordinación entre las versiones difundidas por los dos gobiernos.

Además del compromiso de amistad con los Estados Unidos, para Israel ayudar a Irán en el conflicto del Golfo Pérsico representa un interés político particular. Por un lado, de ningún modo le conviene que Irak, aliado de los árabes y los soviéticos gane la guerra; pero además se vería beneficiado por la prolongación indefinida del enfrentamiento, ya que así los árabes mantendrían su atención concentrada en esa área debilitando el frente israelí y, además, se ocuparían de controlar la expansión del islamismo fundamentalista de Jomeini que preocupa tanto a israelíes como a norteamericanos.

EL OVILLO SE ENRREDA
Las investigaciones adelantadas independientemente por la prensa, iban enredando aún más el ovillo al terminar la semana. Y la posibilidad de que el coronel North, una especie de "Rambo" de la administración hubiera destruido en el fin de semana que antecedió a su relevo del cargo los documentos que indican qué otros miembros de la administración estarían implicados, complicaba aún más la situación.

No sólo la ruta del dinero hacia los "contras", que sus líderes radicados en Miami se aprestaron a negar haber recibido y el gobierno israelí asegura no haber enviado, se iba haciendo más compleja (se hablaba de por lo, menos tres o cuatro pasos para el "lavado" del dinero como las Bahamas, las islas Caimán, Hong Kong y Panamá), sino que además las contradicciones y los vacíos en la sucesión de declaraciones de la administración se hacían más evidentes.

Aunque según Meese en la rueda de prensa ni la CIA, ni el Consejo Nacional de Seguridad como tal, ni el Departamento de Defensa sabían de la entrega de dinero a los "contras", un oficial de la Agencia de Seguridad Nacional, encargada de interceptar las comunicaciones que a su juicio constituyan asunto de Estado, aseguró al New York Times que las tres en tidades habrían recibido en algún momento durante el año anterior, indicios de que dinero recibido por los tratos con Irán estaría siendo entregado a los rebeldes nicaraguenses. La participación de la CIA, según un artículo de Bob Woodward (uno de los que descubrió Watergate), en el Washington Post, podría ser aún mayor de lo que se ha pretendido mostrar, llegando incluso a estar involucrada en la apertura de la cuenta en Suiza en la cual se depositaron los dineros para los antisandinistas; mientras el secretario general de la Casa Blanca Donald T. Regan estaría completamente enterado de todos los pasos de North, según declaraciones del coronel recogidas por Los Angeles Times.

LOS QUE CAERAN
Hasta dónde llegará el escándalo dentro de la Casa Blanca es aún impredecible. El procurador Meese aseguró que no irá más alto. Quienes han seguido de cerca el asunto afirman que sí. Doyle Mc Manus, corresponsal de Los Angeles Times en Washington y quien fuera el primer periodista en revelar la historia de ventas a Irán en los Estados Unidos, en conversación con SEMANA consideró que no sólo caerán cabezas sino que además la de Donald Regan será probablemente la próxima.

Así sus implicaciones en el caso que son ya prácticamente evidentes lograran salvarlo, lo condenaría su propia imprudencia al declarar al New York Times la semana pasada, que "algunos de nosotros sómos como una cuadrilla que va detrás del festejo, limpiando la basura que va dejando", refiriéndose a la labor de relaciones públicas que ha tenido que realizar la Casa Blanca pará tratar de hacer ver positivamente los errores de la administración; declaración que si el Presidente la pasa por alto, seguro que no lo hará la primera dama, para quien ese tipo de comentarios resultan imperdonables. (Ver recuadro).

Quién será el siguiente es difícil de decir. La opinión pública en todo caso espera también que haya purga.
No con el ánimo de que los caídos sirvan de chivos expiatorios, sino con la intención clara de cambiar los asesores de la administración que, y en eso hay consenso, mírense por donde se miren, han resultado a todas luces incompetentes para manejar los asuntos más delicados del Estado.

Si algo ha quedado claro de todo el embrollo, es que sin duda alguna el objetivo prioritario en materia de política exterior para la administración Reagan ha sido uno y sólo uno: derrocar al gobierno sandinista, cueste lo que cueste. Así para ello haya que ayudar terroristas, burlarse de las leyes internacionales y brincarse olímpicamente las propias. Aun en el caso poco probable de que North resultara ser el único directamente implicado, en últimas prácticamente sólo habría estado siguiendo al pie de la letra los lineamientos de la Presidencia y su obsesión contra Nicaragua.

QUIEN GANA, QUIEN PIERDE
Pero, paradójicamente, el régimen nicaraguense será posiblemente el que saldrá más favorecido con el escándalo. Los demócratas, ahora mayoría en el Congreso, han anunciado ya cómo serán los nuevos vientos cuando se inicien las sesiones en enero. "Las voces en el nuevo Congreso contra los "contras" crecerán", afirmó uno de sus senadores. Si las investigaciones de la Contraloría General norteamericana habían dejado dudas en el ambiente sobre la utilización del dinero enviado por los Estados Unidos a manos de los antisandinistas, cuanto se ha dicho ahora, sea o no totalmente cierto, ha servido sin duda para inflar aún más el globo ya a punto de estallar del dále que dále ayuda a los "contras", sin que se vislumbre resultado positivo alguno y a costa de la imagen de los Estados Unidos. Hecho que ni Daniel Ortega ni sus excelentes asesores norteamericanos de relaciones públicas desconocen y que --según se rumora-aprovecharán para dar un golpe de opinión magistral liberando al condenado Eugene Hasenfus para Navidad, perdonándole 30 años de prisión con el argumento de que él representa sólo un engranaje más en la serie de delitos.
cometidos contra Nicaragua por los Estados Unidos, el verdadero culpable.

El que detrás del "Irangate" se puedan aducir intereses nacionales y no como en el caso Watergate simplemente el interés político de una persona y de un partido en busca del poder posiblemente servirá para que en últimas se salve el Presidente. Aun asi los dos años que le quedan en el gobierno no serán nada fáciles. Los sondeos recientes muestran ya las consecuencias funestas que su última embarrada ha tenido en la hasta ahora incólume pularidad de Reagan, la cual sin duda alguna seguirá descendiendo mientras en la mente de todos los norteamericanos permanezca el interrogante: ¿qué sabía el Presidente? ¿Cuándo lo supo?

UN "RAMBO" DE CARNE Y HUESO
Un coronel norteamericano habia sido visto con el ministro de Relaciones Exteriores de Irán en Damasco apenas unos días antes de que el rehén David Jacobsen fuera liberado por sus captores pro iranies a principios de noviembre. Posteriormente el mismo coronel acompañó a Jacobsen en el aeropuerto de Chipre. Pero sólo cuando se develó el escándalo de la venta de armas a Irán el desconocido coronel adquirió un rostro.

Oliver North el hombre hacia el cual tienden hoy todas las miradas como la pcrsona clave para desenmarañan el intrincado ovillo del Iran-gate era tan desconocido hasta hace poco para la opinión pública y la prensa norteamericanas que los periodistas se vieron a gatas para encontrar una foto suya cuando se empezó a mencionar su nombre como pieza crucial del escándalo.
Sin embargo, North, un coronel aparentemente de tercera categoría, tiene a sus espaldas un historial que lo hace digno acreedor del título de "Rambo" de la administración Reagan. No sólo fue el abanderado de la campaña emprendida por el Presidente desde el inicio de su mandato contra el gobierno sandinista si no que además tuvo a su cargo las operaciones más delicadas emprendidas por Reagan en el campo de la políitica exterior. Desde el Consejo Nacional de Seguridad (CNS), al que ingresó en 1981, North estuvo a la cabeza de un pequeño grupo de hombres considerados los cow-boys de Washington, conocidos en el ámbito de la Casa Blanca por su anticomunismo, su amor por la aventura, y particularmente por ser el tipo de personas "dispuestas a todo". Algunas veces con ellos, otras por su propia cuenta, North
estuvo detrás de misiones como invasion a Granada en 1983, la intercepción del avión egipcio en que viajaban los terroristas que secuestraron el buque Achille Lauro el año pasado y el bombardeo a Libia.

Como cabeza de las operaciones del CNS en Centroamerica, North organizó una red privada de ayuda a los "contras" cuando el Congraso había prohibido expresamente la ayuda militar de los antisandinistas. Investigado por eso el año pasado, los comités del Senado y la Camara no pudieron, sin embargo encontrar pruebas de que hubiera acrtuado por fuera de la ley.

Su nombre volvió brevemente a escena hace un mes y medio cuando entre las llamadas realizadas por el capturado Eugene Hasenfus desde su centro de operaciones en El Salvador apareció repetidas veces el número telefónico privado de North en la Casa Blanca .

Pero por aquel entonces North distaba mucho de ser visto por el público como un actor fundamental. Aficionado a usar disfraces y pelucas, se asegura que North utilizó también en más de una oportunidad pasaportes falsos en desarrollo de sus misiones.

"Se ha mantenido en tanta reserva- dice Newsweek--, que el CNS se ha rehusado inclusive a revelar su edad (cerca de 43 años) y el número de sus hijos ".
Para la Casa Blanca, en efecto, el coronel era alguien a quien definitivamente habia que mantener oculto, al punto que en agosto de 1985 cuando el Washington Post intentó publicar una historia hablando sobre él, la misma Casa Blanca le solicitó no mencionar su nomnbre.

Su carácter y sus inclinaciones no eran, sin embargo, desconocidos para sus colegas que lo consideraban uno de los favoritos del Presidente. Solia presentarse a sí mismo como "el hombre a la vanguardia de la invasión de los EE.UU. a Nicaragua" y era visto como " la clase de persona dispuesta a hacer hasta lo imposible para cumplir su misión". El ex director del CNS Robert McFarlane , a quien Reagan reconociera como su emisario en Irán, decía él: "Es como un hijo mio".

Héroe para unos, villano para otros, North a quien muchos le atribuyen una gran habilidad para guardar y hacer guardar secretos , parace ser hasta ahora en todo caso la persona en cuyas manos está el eslabón perdido.--

EN MI CASA MANDO YO
"Si alguien debe renunciar en la Casa Blanca es la señora Reagan", fueron las palabras de Sam Donaldson corresponsal de la cadena de televisión ABC en la Casa Blanca. Sin más comentarios, el periodista dejaba así flotando en el ambiente lo que al parecer se ha constituido en los últimos días en un sentimiento generalizado entre los miembros del gabinete y los demás funcionarios en Washington: la excesiva intervención de la Primera Dama en los asuntos del gobierno y particularmente en las de por sí deterioradas relaciones entre el Presidente y sus asesores inmediatos..

Si bien el recelo de la señora Reagan por quienes considera le causan problemas a su marido no es nada nuevo, la situación se ha tornado crítica. Desde que el secretario de Estado George Shultz se atrevió a disentir en público sobre el envío de armas a Irán. La señora Reagan ha iniciado una campaña ante su marido en la cual insiste en cobrarle a Shultz lo que considera una "falta de lealtad" para con su jefe inmediato. Aunque, por ahora, la conveniencia política de que Shultz permanezca en el cargo ha podido más que las presiones de la primera dama, quienes la conocen y han visto ya su poder de influencia sobre el Presidente, especialmente cuando se trata de alejar de la Casa Blanca a quien no le gusta, saben que no cejará fácilmente en su empeño.

Pero Shultz no es el único venido a menos con la Dama de Hierro de Washington. Donald T. Regan, el secretario general de la Casa Blanca, tampoco es ave de buen aguero para la señora Reagan. Para nadie en el ala oeste de la mansión presidencial es un secreto que Nancy Reagan nunca se ha sentido cómoda con la presencia de Regan. Aunque le reconoce los estrechos vínculos que ha logrado establecer con el Presidente, la señora Reagan ha tenido roces frecuentes con él, a quien ve como un oportunista que no pierde chance para ganar indulgencias con avemarías ajenas.

Lo que más molestó a la primera dama, al parecer fue la buena prensa que tuvo el funcionario cuando el Presidente se estaba recuperando de la cirugía del año pasado y los medios elogiaron reiteradamente el buen manejo que Regan hizo de los asuntos de la Casa Blanca.

Aunque la señora Reagan ha negado en todo momento que ejerza el poder que se le atribuye, lo cierto es que en el pasado su opinión fue decisiva en la partida de funcionarios como el ex secretario de Estado Alexander Haig, los asesores del Consejo Nacional de Seguridad Richard Allen y William Clark y el secretario del Interior James Watt. En las actuales circunstancias no se descarta por tanto que los roces que ha tenido con Shultz y Regan puedan en un momento dado ser un factor decisivo para la permanencia en la Casa Blanca de los funcionarios; particularmente si se tiene en cuenta el siempre desmesurado afán de la primera dama por proteger la imagen de su marido por encima de cualquier otro interés incluido según sus críticos, el de los Estados Unidos.

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