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| 3/20/1989 12:00:00 AM

La hora del adiós

Tras el retiro de los soviéticos, se avecina una conflagración aún más sangrienta.

La hora del adiós La hora del adiós
Pocas veces en la historia de los compromisos internacionales la cita se ha cumplido con tanta precisión. Al mediodía del 15 de febrero, exactamente como se había convenido en Ginebra 10 meses atrás, el comandante de las fuerzas de ocupación soviéticas en Afganistán, el general Boris Gromov, cruzó a paso calculadamente lento el puente que une a la ciudad afgana de Khairaton con el poblado de Termez, en la Uzbekia soviética. Cuando se abrazó con su hijo Maxim, de 14 años, el regreso estaba consumado. Como los capitanes que son los últimos en abandonar el barco, el general no dejaba tras de sí a ninguno de sus camaradas. Sólo quedaban los recuerdos de otros 15 mil "hijos" suyos, los hombres de la URSS que perdieron la vida en tierra ajena, probablemente sin saber qué estaban defendiendo y, más triste aún, en un sacrificio cuya validez está por determinarse.
Tal vez fue esa la razón por la cual las palabras del general Gromov -quien aún en la derrota es un héroe para los soviéticos- resultaron no sólo parcas, sino proféticas. En un momento dado, dijo: "Los historiadores, los políticos y los militares deberán discutir y reflexionar mucho todavía sobre el significado de nuestra presencia aquí durante nueve años".
Ese análisis, al menos el de los medios de comunicación, no se ha hecho esperar. Muchos periodistas, liberados ya de la carga moral de criticar una operación militar aún vigente, han comenzado a cuestionar con la dureza propia del glasnost las razones que llevaron a Leonid Brezhnev a embarcar al ejército en una aventura sin sentido, mientras se examina con detalle la actuación misma de los soldados mientras estuvieron en territorio afgano.
Pero si en la Unión Soviética la opinión pública, el gobierno y los medios de comunicación pueden hacer borrón y cuenta nueva, el panorama que dejan a su partida de Afganistán no puede ser más desolador. El gobierno de Najibullah se ha hecho fuerte en Kabul y Jalalabad, las principales ciudades, apoyado por un impresionante conjunto de armas dejadas atrás por los soviéticos. Al contrario de las primeras versiones, todo parece indicar que el régimen tiene grandes posibilidades de mantenerse durante largos meses, con sus tropas estimuladas por el miedo a la masacre que podría producirse tras la derrota.
Por esa razón, las celebraciones de los mujaheidines brillaron por su ausencia. A pesar de que la retirada soviética fue una evidente victoria de los guerrilleros, todos coincidieron en que el verdadero enemigo se mantenía aún en el poder en Kabul. "La verdadera tarea es derribar el gobierno títere, para construír una sociedad libre y musulmana", dijo Abdul Rasul Sayyaf, vocero del "Shura", la reunión que los grupos guerrilleros adelantan en Islamabad, la capital de Pakistán, desde el 10 de febrero, en busca de un acuerdo para formar un frente común capaz de derrotar a Najib y, de inmediato, asumir el poder.
En la "Shura" es donde se ha podido ver de primera mano la compleja red de influencias internacionales, intereses encontrados y prejuicios tribales y religiosos que hacen que la situación de Afganistán se acerque a un peligroso estancamiento. Por un lado, está Pakistán, cuyo Directorio de Inteligencia (una especie de CIA islámica que actúa casi al margen del gobierno) ha manejado los suministros de armas norteamericanas, y tras encauzarlas hacia los grupos menos enemigos de los Estados Unidos, ahora apoya al grupo moderado, pero también fundamentalista, Jamaat. Por el otro, Arabia Saudita promociona a la facción Wahabi, a la que pertenece el candidato más opcionado para primer ministro, Ahmed Shah. El Irán del Ayatollah Khomeini querría ver un gobierno shiíta fundamentalista en Afganistán, para expandir su influencia en el mundo islámico. Pero en el enrevesado mundo de la política afgana, los grupos shiítas basados en Irán son, por paradójico que parezca, los aliados naturales de los sunitas más moderados que apoya Pakistán, por la "sencilla" razón de que los une su oposición a la influencia de Arabia Saudita.
Tras bambalinas, la administración norteamericana del presidente Bush debate sobre la actitud a seguir frente a semejante caja de sorpresas. Tras haber invertido más de US$2 mil millones -el esfuerzo bélico más grande desde la guerra de Vietnam- en promocionar la derrota de los soviéticos, pocos analistas dudan de que si, como parece, los rebeldes inician una lucha civil de todos contra todos, el éxito de los Estados Unidos quedará deslucido y este país se alejará de sus antiguos protegidos. La importancia estratégica de Afganistán, salidos los rusos, resulta prácticamente insignificante. Como dijo un funcionario del Departamento de Estado: "Tras miles de muertos y con un país destruído, Afganistán se convertiría en uno de esos conflictos crónicos del Tercer Mundo y nuestra tendencia en ese caso sería cerrar el libro".

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