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| 3/27/2005 12:00:00 AM

La hora de los halcones

Con los nombramientos de Paul Wolfowitz y John Bolton en el Banco Mundial y en la ONU, Bush demuestra que su revolución neoconservadora va muy en serio.

La hora de los halcones El presidente George W. Bush envía con los nuevos nombramientos el mensaje de que apenas comienza su ofensiva ideológica en el mundo.
Los últimos nombramientos del presidente George W. Bush en materia de política exterior parecen dirigidos a confundir a sus aliados. En Europa y en otros continentes cayeron como un baldado de agua fría los anuncios de que John Bolton y Paul Wolfowitz ocuparán los cargos de embajador ante la ONU y presidente del Banco Mundial, respectivamente. Ambos son representantes de la línea dura: halcones que hicieron carrera en las administraciones republicanas de Ronald Reagan y de los dos Bush, no creen en el multilateralismo ni en la cooperación internacional y fueron leales servidores de la polémica política exterior de los últimos cuatro años.

"El anuncio no propiamente fue recibido con un entusiasmo arrollador", dijo el ministro de Alemania para la Ayuda y el Desarrollo, Heidemarie Wieczoreck-Zeul. En Europa, las postulaciones han sido interpretadas como señales contradictorias después del ánimo positivo y los discursos moderados que llevaron al Viejo Continente tanto al Presidente, apenas iniciado su segundo mandato, como a su secretaria de Estado, Condoleezza Rice. ¿Al fin qué? ¿Buscará la Casa Blanca cerrar las heridas causadas por la guerra de Irak? ¿O acaso siente el victorioso Bush que tiene patente de corso para extender y profundizar su revolución conservadora? Las reacciones negativas se sintieron también en otras latitudes. Diversas ONG en todo el mundo consideran que Wolfowitz, en el Banco Mundial, modificará los énfasis de su antecesor -James Wolfensohn, que saldrá, después de una década, el primero de junio- en la lucha contra la pobreza y la protección del medio ambiente. En América Latina, donde una creciente corriente de gobiernos de centro izquierda busca una alternativa al Consenso de Washington, que consideran fracasado, "verán el nombramiento de Wolfowitz como una señal de que Estados Unidos les están imponiendo políticas en las que ellos no creen", según escribió Paul Krugman en una columna de The New York Times la semana pasada.

Parte del desconcierto tiene que ver con los antecedentes de Bolton y Wolfowitz. El primero de ellos, hasta ahora subsecretario de Estado para el control de armamentos, ha sido un persistente crítico de las Naciones Unidas. Ha dicho que "no existe tal cosa como la ONU, sino una comunidad internacional liderada por Estados Unidos, la única superpotencia". Para subrayar el carácter burocrático de la organización, ha afirmado también que al edificio de 38 pisos donde funciona "le podrían quitar 10 y no se notaría la más mínima diferencia".

El paso de Wolfowitz al Banco Mundial no es menos insólito. Como subsecretario de Defensa en los últimos cuatro años, fue el arquitecto de la invasión de Irak. Esa credencial lo indispone con el mundo en desarrollo, que se supone ser el benefactor de los 20.000 millones de dólares que desembolsa anualmente el Banco. Como exponente del 'neoconservatismo' en política exterior, es partidario de que Estados Unidos exporte la democracia. Algunos analistas han expresado su preo-cupación porque esta idea pueda conducir a un cambio en los esfuerzos que viene haciendo el Banco en la lucha contra la miseria. Y no es evidente que la democracia produzca resultados automáticos en este frente. The Economist señaló la semana pasada que "al fin y al cabo la reducción de la pobreza más exitosa en la generación pasada fue en China comunista".

Aunque insólitos y sorprendentes, todo indica que los dos nombramientos serán aprobados. El de Bolton, como embajador ante la ONU, deberá ser ratificado por el Senado. Los demócratas ya han dado muestras -en la confirmación de Condoleezza Rice, otra de 'línea dura' que reemplazó al 'blando' Colin Powell- de que no están dispuestos a girar un cheque en blanco. Y en el debate que precedió a la investidura de Bolton como subsecretario para el control de armas hace cuatro años, 43 miembros de la oposición votaron en contra. El trámite será complejo y las polémicas, intensas, pero las mayorías republicanas en el nuevo Congreso son suficientemente sólidas y seguramente se impondrán.

También se da por aprobada la postulación de Wolfowitz en el Banco Mundial, la cual debe ser refrendada por la junta directiva. Desde hace años existe un acuerdo tácito -solamente irrespetado en una ocasión- según el cual los países europeos escogen la cabeza del Fondo Monetario Internacional y Estados Unidos lleva a un ciudadano suyo al Banco Mundial. Además, Washington es el principal contribuyente y el segundo no es Europa, sino Japón. Este último ya dio su apoyo a Wolfowitz.

Lo anterior no quiere decir que el gobierno Bush no tendrá que echar mano de un hábil discurso político para presentar a estos halcones. A Bolton lo introducirá como un hombre franco, comprometido con la reforma de una organización cuya cabeza, Kofi Annan, acaba de presentar un proyecto de renovación (ver recuadro). Y a Wolfowitz, como el Robert McNamara de hoy, haciendo alusión a este antecesor que también pasó del Pentágono -durante la guerra de Vietnam- al Banco Mundial.

Bush hará todo lo que necesite para consolidar estas movidas. En primer lugar, porque tienen una gran importancia para la consolidación de su equipo para el segundo cuatrienio. Wolfowitz y Bolton son dos ejemplos -y no los únicos- de la facilidad con que son promovidos los funcionarios más leales al Presidente. De paso le está despejando el campo a Condoleezza Rice, quien será la única que le hable al oído a su jefe máximo sobre política exterior.

El objetivo de la Casa Blanca, sin embargo, es llevar a los organismos internacionales a ideólogos que tienen una mayor conciencia del poder de Estados Unidos en el mundo, que sensibilidad sobre la cooperación. Esta no es la hora de los idealistas. En la ONU, Bolton significa que el multilateralismo debe acoplarse a la visión del Departamento de Estado, y no al revés. En el Banco Mundial, Wolfowitz sintetiza la visión de que el dinero estadounidense debe influir a favor de sus objetivos.

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