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| 4/28/2003 12:00:00 AM

La olla podrida

Los archivos de Saddam revelan torturas, ejecuciones, intrigas y negocios turbios con otros países, pero no las armas de destrucción masiva ni vínculos con el terrorismo.

La olla podrida, Sección Mundo, edición 1095, Apr 28 2003 La olla podrida
La semana pasada, cuando la inteligencia estadounidense llegó a estudiar los documentos de la inteligencia iraquí y los archivos personales de allegados a Saddam Hussein, olía a quemado. Hubo saqueos y un gran volumen de información había sido destruida o escondida deliberadamente. Pero entre los escombros se encontraron perlas.

La historia de portada de la revista Newsweek, cuenta por ejemplo, que un hombre sacó de los cuarteles de la policía secreta iraquí (la mukaharabat) una bolsa enorme. Estaba llena de más de 200 casetes, videos, pasaportes, fotografías, discos compactos y carpetas llenas de documentos dirigidos al director general del servicio de inteligencia iraquí: "Cuenten al mundo lo que sucedió aquí", dijo el desconocido a los periodistas de la revista.

Adentro se encontraban varios memorandos que daban fe de la crueldad, incompetencia y corrupción de los funcionarios de la inteligencia iraquí. Varios recibos con las sumas que pagaba el partido Baath a sus asesinos e intimidadores confirman cómo Hussein mantenía su aparato represivo. Los papeles también revelan prácticas macabras como mutilaciones de orejas o torturas con líquido de batería a prisioneros políticos y asesinatos con una especie de aparato de moler carne.

En la casa de Tahir Jalil Habbush, director de la inteligencia iraquí, se encontraron numerosos memos de su autoría. En ellos Habbush llamaba la atención de sus agentes por faltas insólitas: revelaban los nombres de sus informantes, llamaban a hacer pegas telefónicas desde la oficina o mostraban sus identificaciones cuando trabajaban encubiertos.

Otra fuente de preciosa documentación es la casa de Udai, el hijo mayor de Hussein. Allí las autoridades británicas encontraron sus diarios, que revelaban cómo espiaba a su propio padre. Al igual que éste, Udai tenía la manía de registrar hasta los más nimios detalles. En sus cuadernos se revela cómo creó un imperio de negocios rival al de Hussein. Llevaba un inventario de lucrativos chantajes y amenazas a antiguos líderes o emisarios del partido. Tenía anotados los nombres de informantes en la oficina de su padre y en todos los ministerios. Relataba las tramas para poner a sus adversarios en contra y cómo usaba torturas y asesinatos para asustar a su propia familia.

La cadena ABC News descubrió en la misma casa varios documentos marcados como top secret, en los que figuraba una lista de los generales fedayines y una foto de ellos con Udai. Es probable que sus diarios revelen, además, detalles vergonzosos para líderes extranjeros que hacían negocios o viajes de caza con él, a pesar de que en público se juraban enemigos de Hussein. Los británicos están particularmente interesados en identificar negocios con compañías nacionales.

Los documentos de Udai también revelan datos bastante curiosos de su personalidad. Por ejemplo, cómo calificaba de 1 a 10 cada uno de los platos que le preparaban sus tres chefs. Incluso en una fecha su secretario personal anota la amenaza que Udai les hizo: "Sufrirán si la receta no es de mi satisfacción". También se encontraron algunas páginas de Internet que Udai imprimía sobre adicciones al alcohol y problemas de hígado, de las que aparentemente sufría, y una acerca de los problemas con la bebida de las hijas del presidente estadounidense George W. Bush.

Pero entre todos estos documentos aún no se ha encontrado ninguna evidencia de la existencia de las supuestas armas de destrucción masiva por las que Bush justificó el ataque a Irak. Los oficiales estadounidenses dan por hecho que existieron y argumentan que pudieron haberse encontrado entre los documentos saqueados o destruidos. Sin embargo el secretario de Defensa, Donald Rumsfeld, no se muestra muy optimista de encontrarlos: "Nadie sabe si encontraremos los documentos. Tenemos información de que los dispersaron y que los pusieron en casas privadas, o los enterraron y trataron de evitar que los vieran haciéndolo".

El hecho no ayuda a vender la idea de que la guerra tenía sentido dentro de la campaña contra el terrorismo en respuesta al 11 de septiembre. Pero en cambio sí revelan la naturaleza salvaje de la máquina de represión de Hussein y sus allegados. Esto podría explicar por qué el discurso con el que Washington justificó la guerra fue cambiando. Y de afirmar que Irak era una amenaza por las supuestas armas químicas y biológicas (que nunca fueron utilizadas durante la invasión) se pasó a insistir en la maldad de Hussein y el sufrimiento del pueblo iraquí.

En todo caso la importancia de los documentos que no han sido destruidos es vital para muchos. En efecto, se cree que una misión diplomática rusa que salía de Bagdad, que se vio envuelta en fuego estadounidense, también podría estar tras la pista de archivos que involucrarían a su gobierno con negocios ilícitos con Hussein. El periódico moscovita Nezavisimaya reveló la historia de una competencia entre la CIA y la SVR (la inteligencia rusa) por sacar los archivos iraquíes. Para completar, los documentos también podrían dejar muy mal parado a Estados Unidos si salieran a la luz pública sin ningún tipo de control.

Para la muestra el año pasado, cuando Irak mandó el primer informe de armas, los representantes estadounidenses fueron los primeros en verlo y por presión de estos el Consejo de Seguridad decidió retirar varias páginas antes de hacerlo público. La supuesta información sensible hacía referencia a los países proveedores de las armas, entre los que se encontraban compañías estadounidenses. En últimas, para evitar alteraciones o 'pérdidas' lo más justo quizá sería que la ONU, o una entidad imparcial, se encargara de guardar y analizar los archivos para luego devolverlos al pueblo iraquí, pues al igual que las obras de arte robadas, los documentos de la era de Hussein también hacen parte del patrimonio histórico del país.

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