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| 5/30/1994 12:00:00 AM

LA RELACION NIXON-KENNEDY

GRAN PARTE DE LA CARRERA DE RICHARD Nixon estuvo regida por una extraña combinación de admiración y envidia por John F. Kennedy. SEMANA reproduce apartes de la biografía...

LA RELACION NIXON-KENNEDY LA RELACION NIXON-KENNEDY
Richard Nixon oyó la noticia de la muerte de John F. Kennedy en un taxi de Nueva York en la mañana del 22 de noviembre de 1963.
Había pasado el día anterior en Dallas, y en una entrevista para un periódico había aconsejado a los residentes brindar una recepción cortés al presidente y su esposa. De regreso a Nueva York, Nixon recibió un reporte.
"Mi taxi se detuvo en un semáforo en Queens, justo antes del puente de la calle 59. Desde la curva saltó un hombre y dijo al conductor: '¿Tiene un radio?'. El conductor dijo que no. El hombre dijo: 'Acaban de dispararle al presidente Kennedy'. Bueno, como no teníamos radio, lo único que pude hacer fue sentarme en el taxi durante los siguientes 25 minutos agonizando sobre qué podía haber pasado".
"Pocos minutos después conseguí a J. Edgar Hoover por teléfono y le dije: ¿Qué pasó?, ¿quién fue? ¿Fue uno de esos locos de extrema derecha?. Hoover respondió: No, fue un hombre del común. El nunca dijo comunista, entre otras cosas. Siempre dijo 'del común'".
Como millones de estadounidenses, los sentimientos de Nixon eran de una profunda tristeza.
Desde su perspectiva, Kennedy había nacido con una cucharita de plata. Bien parecido, con una gran herencia y carisma para los medios y una gracia irlandesa natural, esos eran los dones que ayudaron a Kennedy a alcanzar la cima.
nixon habría sido menos que humano si no hubiera abrigado pensamientos como esos. Es cierto que él respetaba a Kennedy como un buen estratega político y resentía algunas de las habilidades del presidente, como su casi misteriosa habilidad para conseguir cubrimiento favorable de los periodistas. Pero cuando se trataba de logros sustantivos, Nixon siempre creyó que él podía hacerlo mejor algún día.
Había sido en 1947, con los miembros más jóvenes del Comité de la Cámara para la Educación y el Trabajo, cuando los dos se conocieron por primera vez.
Su relación posterior ha sido inmortalizada en el epíteto lanzado por Kennedy para referirse a su rival en las elecciones de 1960: "No tiene clase". Pero en 1947 una descripción más acertada hubiera sido -en desventaja de Kennedy- "no hay competencia".
Entre sus pares en el Congreso, el Nixon, de 34 años, era visto como el que venía: duro trabajador, buen miembro de equipo y orador efectivo. Por contraste, el Kennedy de 29 años era visto como un peso ligero con un acento chillón de Boston, y con una curul en la Cámara por Massachusetts, conseguida con el dinero de su padre. Notorio por sus devaneos sexuales y por sus conspicuas ausencias inexplicadas, era fácil desestimarlo.
Nixon, sin embargo, no cometió ese error.
Desde sus primeros encuentros en el comité, Nixon llegó a apreciar las cualidades de Kennedy como político inteligente y carismático. Los archivos privados de Nixon contienen dos libros con inscripciones "Para Dick, de su amigo John F. Kennedy", varias notas amistosas y una invitación al matrimonio de Kennedy con Jacqueline Lee Bouvier.
En 1950, cuando Nixon estaba compitiendo por una curul en el Senado, Kennedy entregó personalmente una contribución de 1.000 dólares de su padre, Joseph Kennedy, para ayudar a Nixon contra su rival, Helen Gahagan Douglas, que había levantado animosidades en ambos partidos. "Dick -le dijo-, yo sé que te dispones a una campaña muy dura, y mi padre quiere ayudar".
En noviembre de 1954 Kennedy, un senador junior de 37 años, estaba en el Hospital Naval de Bethesda recuperándose de una peligrosa operación de la columna vertebral.
Nixon vino al hospital con la intención de hacer una corta visita. Llegó poco después de un empeoramiento dramático de su estado. Se creía que Kennedy se estaba muriendo. Se notificó a la familia y un sacerdote fue traído para los santos óleos. Cuando salió del hospital, Nixon estaba conmocionado.
Sentado en su automóvil al lado de su guardaespaldas oficial, Rex Scouten, Nixon dijo entre lágrimas: "Ese pobre joven va a morir. El pobre Jack va a morir. ¡Oh, Dios, no lo dejes morir".
Pero la relación de los años 50 se enfriaría por la intensa rivalidad de la campaña de 1960. Para entonces, Kennedy era el oponente que Nixon tenía.
Nixon había comenzado una sicosis por el estilo, la familia, el dinero y la falta de escrúpulos de Kennedy.
Repetía un gracejo de Alice Roosevelt Longworth, acerca del carácter de los Kennedy: "Teddy es un tabernero irlandés. Bobby es un cura jesuita del siglo XVII. Pero Jack es un hombre de mundo con la imagen y el sex-appeal de una estrella de Hollywood".
Durante las primarias demócratas le informaron a Nixon que las manos de Kennedy habían temblado incontrolablemente detrás del podio -por efecto de la cortisona-. Porque a pesar de su apariencia de vitalidad plena, Kennedy llevaba tiempo sufriendo la enfermedad de Addison. Necesitaba tracción para su dolor de espalda e inyecciones de cortisona.
Nixon era consciente de la historia médica de su rival. Aunque algunos de sus partidarios le urgían que capitalizara los problemas de salud de su oponente, ya que el equipo de Kennedy no había dudado en explotar los problemas cardiacos de Lyndon Johnson, Nixon siempre rehusó hacerlo.
Para su primer debate televisado, los preparativos de Kennedy fueron muy diferentes de los de Nixon. Incluyeron una sesión de bronceado al sol en la terraza del hotel, un almuerzo con amigos, una siesta y dos sesiones de pregunta-respuesta con tres consejeros.
El acto final de preparación fue aún menos convencional, según el ayudante de Kennedy, Langdon Marvin.
"La noche anterior al debate, Jack me dijo: '¿Hay chicas alineadas para mañana?'. Así que hice los arreglos para que una muchacha lo estuviera esperando en el Palmer House.
"Le llevé allí unos 90 minutos antes de salir al aire, le presenté a la chica -estaba preparada para sus servicios- y entonces hice guardia en el corredor, fuera de la habitación del hotel.
"Jack evidentemente pasó un buen rato, porque emergió 15 minutos más tarde con una sonrisa de oreja a oreja". Durante el debate, Kennedy presentó la imagen misma de la salud y la seguridad. De hecho, Kennedy "estaba tan satisfecho por los resultados, que insistió en que alineáramos una chica para él antes de cada uno de los debates".
Nixon, entre tanto, parecía como un preso recién escapado. Pálido, sudoroso, sus ojos abotagados.
Llegó a Chicago, al aeropuerto O'Hare, justo antes de la medianoche, donde fue recibido por unos 5.000 partidarios. A cambio de irse a cama con una fiebre que le estaba molestando, se fue de gira por las calles, para llegar finalmente al hotel a la una de la madrugada.
La mañana del debate, Nixon pronunció un discurso de fondo ante la Hermandad de Carpinteros, frente a una audiencia sindical hostil que le dio una recepción tan áspera que le drenó su vitalidad y le afectó los nervios.
Entonces, como un nervioso estudiante de leyes antes de un examen con decenas de datos nadando en su cabeza, Nixon siguió sudando sobre sus notas hasta la hora de irse para el estudio.
Esa noche, al tiempo que Nixon salía de su carro, se estrelló su rodilla contra el borde de la puerta.
Un reportero notó que su cara, ya macilenta por una temperatura de más de 38 grados y por la pérdida de peso, se puso "toda blanca y pastosa"

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