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| 2/28/1994 12:00:00 AM

LAS PENAS DE FELIPE

A tiempo que una huelga general amenaza la economía, el gobierno de Felipe González afronta el auge de los nacionalismos locales.

LAS PENAS DE FELIPE LAS PENAS DE FELIPE
LA SEMANA PASADA EL TEma de moda sobre España fue la huelga general que afectó a todo el país y que, según el punto de vista con que se le mire, fue un éxito conforme a las centrales obreras y un fracaso para el gobierno. Pero detrás de ese fenómeno, que de cualquier forma es un índice de la crisis económica que vive el país, se esconde una situación tal vez más inquietante: la multiplicación de las voces que claman por la virtual disgregación del Estado español.
El paro general fue convocado por la Unión General de Trabajadores (UGT) y la central sindical Comisiones Obreras para expresar "un rechazo rotundo a la política conservadora y antisocial del gobierno socialista". Se había convertido en una especie de termómetro del gobierno de Felipe González.
Para los analistas locales, era claro que si el movimiento tenía un éxito rotundo, las posibilidades de supervivencia de Felipe González en el palacio de la Moncloa hubieran recibido un golpe de gracia. Y si, por el contrario, la huelga fracasaba, el futuro político de las centrales quedaría en entredicho.
Pero al final la huelga general dejó la sensación de que las partes quedaron en tablas. La opinión prevaleciente entre los observadores independientes es que no cabe hablar de éxito rotundo, como pretenden los sindicatos, pero tampoco de fracaso, porque aunque en muchas partes hubo normalidad, los sectores industrial y minero presentaron índices de ausentismo, que en Asturias se acercaron al ciento por ciento.
Los sindicatos denunciaron como una de las razones de fondo para su movimiento el que el gobierno de González se ha visto obligado a celebrar una serie de pactos con los partidos de la derecha nacionalista, particularmente en el País Vasco y Cataluña, pactos que han determinado, según los sindicalistas, la política económica y laboral.
La razón es que el gobierno socialista depende del apoyo parlamentario de los nacionalistas moderados Convergencia i unió, de Cataluña, y el Partido Nacionalista Vasco (PNV), que en generale están dominados por los empresarios de esas regiones. El delicado tema de la autodeterminación llegó a tocar a la figura del rey Juan Carlos, quien hizo recientemente un llamado a la unidad, sorpresivamente no bien recibido. "La diversidad que nos enriquece -dijo el rey- debe unirnos en lugar de separarnos y servir de estímulo a nuestra convivencia. Estamos construyendo día a día una España mejor, que nos obliga a superar nuestras tradicionales desuniones que, en ocasiones, malograron etapas de nuestra vida". A estas palabras del monarca, algún comentarista respondió: 'Que se retire a la vida contemplativa".
La historia europea reciente indica que las aventuras separatistas se sabe cuándo comienzan pero no cuándo acaban. Si los actuales aires son oportunismo político de los nacionalistas o genuinas reivindicaciones, sólo se sabrá con el paso de los meses. Pero, entre tanto, se sabe que el rey, desde su posición de símbolo de la unidad española, está muy preocupado.

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