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| 6/4/1990 12:00:00 AM

Las sandalias del pescador

Bajo la batuta de Juan Pablo II, la Iglesia Católica se prepara para la reconquista de Europa oriental.

Las sandalias del pescador Las sandalias del pescador
La batalla duró cerca de 70 años, y tuvo todas las características de una confrontación de dimensiones históricas. Por eso, ahora que el imperio comunista está en proceso de desaparecer, muchos piensan que la Iglesia Católica está entre los primeros llamados a celebrar. Ello, sin embargo, no es totalmente cierto. Muchos observadores del Vaticano señalan que, lejos de regocijarse con la caída de su archienemigo, los jerarcas de la Iglesia se preparan para una nueva gesta, que es la reconquista de Europa oriental, a la que deberán salvar, ya no de las garras del materialismo dialéctico, sino de las del materialismo capitalista.
Eso no significa que la Iglesia Católica no deba estar de plácemes por las transformaciones que tanto anhelo y que, sin duda, ayudó a conseguir, sobre todo a partir del inicio del actual pontificado. Por una parte, se trata del recobro de una feligresía aplastada en la mayoría de los países comunistas, durante los 40 años en que sus creencias y su culto estuvieron por fuera de la ley. Hoy en día no se dispone de estadísticas concretas, pero se calcula que ese número no baja de 70 millones, si bien hay países como Rumania y Ucrania en los que ni siquiera se sabe cuántos sacerdotes aún subsisten. La presencia católica en el área va desde la mayoría del 97% de Polonia, hasta el exiguo 0.7% de Bulgaria, pero en cualquier caso su importancia social es evidente.
Por la otra, la reconstrucción del entramado social de la Iglesia requerirá un esfuerzo considerable que abarca no sólo la recuperación física de los edificios y templos que anteriormente le pertenecieron, sino la reapertura de seminarios y colegios confesionales, sin contar con la reconstrucción de las jerarquías, desaparecidas en casi todos los países. Parte de esa ofensiva deberá incluir la separación de la Iglesia Ortodoxa, pues, en algunos casos como el de Ucrania, la jerarquía católica de rito oriental fue obligada por Stalin a fusionarse con la ortodoxa, no sólo desde el punto de vista de su culto sino de sus pertenencias materiales.
Fue por todos esos motivos que el Papa, en su visita de la semana anterior a Checoeslovaquia, anunció la celebración de un sínodo sin precedentes de todos los obispos de Europa. Según Joaquín Navarro Valls, vocero principal del Vaticano, la agenda del evento -que seguramente se realizaría a comienzos del año entrante- abarcará toda la problemática del momento actual, para preparar a la Iglesia con el fin de enfrentar del modo más adecuado los tiempos que corren.
Al ser recibido en Praga, el Papa dijo que "estamos hoy ante la tumba de una de las muchas torres de babel de la historia de la humanidad". Pero a pesar de su tono aparentemente triunfalista, pocos analistas del Vaticano perdieron el hilo. Al fin y al cabo, el Sumo Pontífice se ha quejado consistentemente de que Europa occidental, a pesar de estar constituida por países democráticos que disponen, además, de una gran prosperidad económica, no es mucho el modelo ideal por seguir en los países recién independizados de Moscú. El Papa no ha perdido oportunidad de aclarar que la llegada del capitalismo a Europa oriental no es algo que merezca celebrarse con bombo y platillos. En unas palabras pronunciadas ante el cuerpo diplomático acreditado ante la Santa Sede, Juan Pablo II no dejó dudas cuando se quejó de que Occidente se hubiera contaminado con "valores contradictorios como el egoismo, el hedonismo, el racismo y el materialismo práctico".
En otras palabras, es claro que para el Papa no sería ninguna victoria que la caída del comunismo significara la instauración de un nuevo orden caracterizado por el culto de los bienes materiales. Y aun más allá, Juan Pablo II ha manifestado en varias ocasiones que consideraría lamentable que los países del mundo capitalista inundaran con inversiones y asistencia económica a Europa oriental, en desmedro de la ayuda que necesitan desesperadamente muchos países del Tercer Mundo. No es un misterio que para los inversionistas y financieros del mundo desarrollado resultaría mucho más llamativo inundar con fondos a países que podrían convertirse rápidamente en interesantes mercados potenciales, antes que dedicar recursos y esfuerzos a regiones de menor importancia relativa.
Todo lo anterior explica la acelerada ofensiva de la cancillería vaticana para normalizar las relaciones diplomáticas con los países de Europa oriental. El primero fue Polonia, en julio pasado, y luego Hungría, en febrero, mientras la visita de Mijail Gorbachov, en diciembre, y las conversaciones de marzo entre enviados de los dos gobiernos abrieron el camino para la normalización de vinculos con la URSS. Con Checoeslovaquia, Rumania y Yugoeslavia en proceso, lo más probable es que en pocos meses (descontando la ultracomunista Albania) lo único que deban esperar los jerarcas católicos para completar su tarea diplomática sea la reunificación de Alemania.
Tal como lo expresan algunas fuentes vaticanas, ese esfuerzo puede interpretarse como la preparación de la Iglesia para lo que ya se ha dado en llamar la "gran carrera por Europa oriental", solo que la Iglesia no competirá por mercados económicos potenciales, sino por la recuperación de las almas de esa feligresía abandonada. 40 años de represión podrían significar que en esos países existe un terreno abonado para la actividad pastoral. Según muchos jerarcas, también es claro que para conseguir sus objetivos la Iglesia Católica deberá ir contra la tendencia que hace que las distintas religiones hayan perdido su influencia en forma consistente.
Como algunos lo ponen en forma muy gráfica, "las iglesias orientales aprendieron a luchar contra el materialismo dialéctico, pero ahora deberán aprender a combatir el materialismo capitalista".
En cualquier caso, pocos dudan de que la caída del comunismo haya sido una verdadera victoria para la Iglesia Católica y en lo personal para el primer Papa eslavo, quien desde siempre brindó un poderoso apoyo moral a los reformadores. Nadie espera que el propio Karol Wojtila llegue alguna vez a reclamar ese mérito, pero la historia probablemente no tendrá tanto recato.-

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