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| 11/6/1995 12:00:00 AM

LAS SIETE VIDAS DE DAHIK

El vicepresidente ecuatoriano superó el juicio político. La pregunta es si su sagacidad le alcanzará para superar sus problemas penales.

LAS SIETE VIDAS DE DAHIK LAS SIETE VIDAS DE DAHIK
HACE UNA SEMANA NADIE DABA UN SUCRE por la suerte del vicepresidente ecuatoriano, Alberto Dahik. El lunes 2 de octubre comenzaría un juicio político en el Congreso por cargos de cohecho y faltas al honor nacional, en el caso del manejo de unos fondos reservados. En el Parlamento, una coalición promovida por el Partido Social Cristiano aseguraba tener listos los 52 votos para su destitución. Adicionalmente, el jefe del Estado, Sixto Durán Ballén, le había solicitado, en una alocución televisada el viernes en la noche, la renuncia.
Esa alocución fue el resultado de una reunión convocada por Durán Ballén en el palacio presidencial, a la cual asistieron los presidentes del Congreso, de la Corte Suprema de Justicia y los altos mandos militares para analizar la situación. Allí se habría logrado un acuerdo: el vicepresidente no sería destituido pero debería dimitir una vez finalizado el juicio. A cambio de esta concesión, tendría que guardar silencio.
Alberto Dahik sólo volvió a aparecer el lunes en la tarde, cuando se presentó ante el Parlamento. Inició su intervención con un cuestionamiento de fondo sobre la validez de su proceso. Por una parte alegaba que los diputados no lo podían juzgar por delitos que no estaban tipificados dentro del código penal ecuatoriano, como son el cohecho y las faltas al honor. De otra parte sostenía que carecían de competencia para juzgarlo pues la Corte Suprema de Justicia aún no había emitido un fallo constitucional en su contra.
A pesar de su contundencia, esas palabras de defensa no fueron las que se robaron el show. Dahik tenía entre manos argumentos más demoledores que fácilmente voltearían la balanza a su favor: sus denuncias contra los social-cristianos y, en especial, contra su líder, el ex presidente León Febres Cordero. Para mayor dramatismo, el tema inicial de las acusaciones no fue la corrupción sino el terrorismo de Estado. El vicepresidente relató cómo Febres Cordero utilizó su poder para perseguir a sus enemigos. Citó el caso del ex alcalde de Guayaquil Abdalá Bucaram, que se autoexilió en Panamá y posteriormente fue detenido por tráfico de narcóticos, al encontrársele cocaína dentro de su carro. Dahik insinuó que se trataría de una trampa del ex mandatario y aseguró haber escuchado, casualmente, una llamada sospechosa con Manuel Antonio Noriega sobre el tema.
También acusó al ex presidente de ser el culpable indirecto de la muerte del banquero Nahim Isaías Barquet, quien era por más señas amigo personal del propio Febres Cordero. Barquet estaba secuestrado por el grupo insurgente Alfaro Vive y, según Dahik, el ex presidente ordenó una violenta toma del lugar sin importar quién pudiese morir en el ataque. Las acusaciones de Dahik resultaron particularmente comprometedoras si se tiene en cuenta que él mismo formó parte del equipo de gobierno de Febres Cordero como presidente de la Junta Monetaria, ministro de Finanzas y asesor presidencial. Sólo que una vez finalizado el período presidencial hubo un distanciamiento entre ellos y el actual vicepresidente se refugió en el partido conservador.
Dahik hizo sus denuncias contra Febres Cordero con documentos en la mano. Presentó un listado de las cuentas bancaria que éste supuestamente tiene en la Florida y efectuó una relación de sus propiedades en el extranjero. Como si eso fuera poco, también culpó al antiguo mandatario del déficit fiscal y de la hiperinflación que Ecuador vivió en 1987.
Al abrir su caja de Pandora, Dahik consiguió con su ataque lo que nunca hubiera hecho con una defensa: acabar con el consenso para su destitución. Aunque el Partido Roldosista de Ecuador -al que pertenece Abdalá Bucaram- había anunciado con anterioridad que votaría como "le diera en gana", logró que ese grupo señalara a Febres Cordero como el mayor de los delincuentes y, de paso, también consiguió los favores de la Democracia Popular. Ambas colectividades habrían visto en esas denuncias una gran oportunidad de destruir a los social-cristianos y lograr así un mejor desempeño en las elecciones del próximo año.
Sin embargo, la magia no le alcanzó a Dahik para despejar las dudas que hay sobre el manejo de los fondos reservados de la Vicepresidencia. Esgrimió de nuevo su argumento de que como se trata de cuentas confidenciales él no puede revelar la utilización que le dio a los dineros. En este punto su defensa resultó pobre y le permitió al diputado socialcristiano Rafael Cuesta meterle un gol cuando éste hizo una relación de los cargos en que se había desempeñado Dahik desde su regreso al Ecuador, tras terminar sus estudios a finales de la década de los 70. Todos eran puestos oficiales. Cuesta igualmente reveló un inventario de los bienes del vicepresidente -un avión, una fábrica de hielo, terrenos en urbanizaciones exclusivas y acciones bursátiles- y cuestionó de dónde había obtenido el dinero, dado que su familia no es acaudalada.
A las dudas creadas por Cuesta se suman las propias acciones de Dahik. El martes 3 devolvió a las arcas fiscales 35.000 dólares más intereses por un gasto no justificado. Esa cantidad es idéntica a la que el empresario Gonzalo Rosero asegura haber recibido como parte de pago por la compra de su emisora, Radio Democracia, con un cheque de las cuentas reservadas. En su interés por responder a la bancada socialcristiana, Dahik podría haber cometido otra metida de pata: aseguró que daría la clave de sus cuentas en Bruselas con dos condiciones, que la información con respecto a éstas fuera presentada en forma completa y que León Febres Cordero hiciera lo mismo con las suyas.
Entre tanto las cosas por los lados de la Corte Suprema de Justicia siguen candentes, pues en Quito es voz popular que en próximos días se le dictará orden de captura al contralor Juan Carlos Faidutti, quien era el encargado de fiscalizar el manejo de los dineros secretos. De concretarse la medida, Dahik sería el único de los implicados en el manejo de ese dinero que aún no es buscado por la agencia fiscal.
Y es que en el proceso penal puede que al vicepresidente Dahik no le alcance su sagacidad política para caer de pie, pues visto está que los gastos secretos son la verdadera cascarita para los funcionarios acusados de corrupción en muchos países. Basta citar como ejemplo a Carlos Andrés Pérez, quien en 1993 cayó de la Presidencia de Venezuela por una cuenta de 250 millones de bolívares. Y al presidente del gobierno español Felipe González, cuyo antepenúltimo escándalo tuvo que ver con una de esas benditas cuentas.

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