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| 10/3/1988 12:00:00 AM

LOS BUENOS OFICIOS

Cuando nadie lo esperaba, el secretario general de la ONU logra la paz en cinco países.

LOS BUENOS OFICIOS LOS BUENOS OFICIOS
La paloma de la paz ha, por lo visto, escogido un portavoz. Se trata de Javier Pérez de Cuéllar, un peruano de 68 años, que desde hace unos meses se ha especializado en mediar para que se acaben algunas de las guerras que existen en el planeta.
Por cuarta vez en lo que va corrido de 1988, este diplomático limeño volvió a darle al mundo una buena noticia la semana pasada: el fin inminente de un conflicto de 13 años de duración en el Africa Occidental.

Semejante anuncio se suma al del retiro de las tropas soviéticas de Afganistán, al cese al fuego entre Irán e Irak y a las conversaciones entre Cuba, Suráfrica y Angola. En todos los arreglos, la Organización de las Naciones Unidas ha jugado un papel definitivo.

Poca gente se imaginaba tantos éxitos en 1982, cuando Pérez de Cuéllar fue elegido secretario general de la ONU, en medio de un clima de tensión entre las superpotencias. Criticada por su falta de peso, la Organización creada en 1946 parecía no encontrar su vocación inicial de "mantener la paz y la seguridad internacional". Aparte de sostener a unos cuantos miles de burócratas a lo largo y ancho del planeta, eran pocos los resultados concretos que podían mostrar las Naciones Unidas.

Ese veredicto se hizo más dramático a partir de 1985, cuando la administración Reagan decidió retrasarse en el pago de sus aportes a la ONU.
Enojada por lo que consideró como una "postura antinorteamericana" de la Organización, la Casa Blanca no giró parte de su contribución que equivale al 25% del presupuesto total. Como consecuencia, hubo que licenciar a casi un 10% de los 20 mil funcionarios adscritos al ente diplomático.

Irónicamente, fue en ese escenario que las cosas empezaron a mejorar.
El clima de distensión que se instaló en el mundo después de las cumbres sucesivas entre Ronald Reagan y Mikhail Gorbachov, le dio nueva vida a la posibilidad de solucionar varios conflictos regionales. Pérez de Cuéllar supo aprovechar hábilmente el viento a favor y en cuestión de meses colocó a la ONU como interlocutor obligado de cualquier esfuerzo de paz. Reelegido por cinco años más en 1987, el secretario general obtuvo en julio de ese mismos año una resolución del Consejo de Seguridad de la Organización exigiendo la tregua entre Irán e Irak y al mismo tiempo empezó a presionar en otras areas.

La seguidilla de éxitos comenzó por fin en marzo de este año, cuando se obtuvo en Ginebra un arreglo sobre el retiro del Ejército Rojo de Afganistán. La mayor parte del trabajo en ese caso le correspondió al ecuatoriano Diego Cordovez, pero fue toda la ONU la que se reencauchó de un momento a otro.

A continuación el turno le correspondió a la guerra del golfo. A comienzos de agosto, los iraníes aceptaron por fin el cese al fuego y hábilmente el peruano aseguró el envío de un cuerpo de 350 "boinas azules" (soldados al servicio de la ONU) para garantizar la frágil tregua. La misma semana, Angola, Cuba y Suráfrica aceptaron también una resolución del Consejo de Seguridad de la Organización, promulgada en 1978.

El logro más reciente fue el del martes pasado, cuando Pérez de Cuéllar consiguió que los representantes de Marruecos y del Frente Polisario (una organización que lucha por la libertad del Sahara Occidental) aceptaran un plan de paz que deberia acabar con las hostilidades en esta antigua colonia española. La estrategia -cuyos detalles son todavía secretos-debería ponerse en marcha antes de que se acabe el año y, si todo sale bien, devolverle la calma a la zona del Maghreb.

Hasta qué punto los acuerdos sellados son responsabilidad de Pérez de Cuéllar es cosa que se discute. Para sus críticos, el secretario general de la ONU se ha beneficiado de la corriente favorable que existe entre Moscú y Washington, sin poner mucho de si.

Aunque esa tesis es válida en parte, la evidencia indica que la labor del peruano ha sido importante. Como él mismo dijera en una entrevista concedida recientemente al diario parisino Le Monde, "cuando se ve que las circunstancias son precisas, hay que apretar".

Pero eso no es todo. Pérez de Cuéllar es el primero en reconocer que su labor se limita a facilitar las cosas, pero de ahi en adelante los bandos en conflicto tienen que hacer el resto del trabajo. Eso se demostró la semana pasada cuando las negociaciones entre iranies e iraquies se suspendieron, después de que cada delegación se negara a hacer concesiones. Con otras cosas en la agenda el secretario de la ONU le dejó el trabajo de mediador al sueco Jan Eliasson.

Y es que el problema de Pérez de Cuéllar es saber que siempre habrá lios que arreglar. Por más logros, todavía quedan conflictos tan inmanejables como el de los palestinos e Israel, el de Centroamérica o el de Vietnam y Cambodia, para citar tan solo tres.

Sin embargo, lo hecho hasta ahora ha sido suficiente para devolverle la móral a la ONU y ayudar a que Estados Unidos piense en pagarle lo que debe. Además, el peruano es candidato "fijo" al Nobel de la Paz de este año. Si los éxitos van a continuar, es imposible saberlo. El propio Pérez de Cuéllar sostuvo: "No se puede creer que las Naciones Unidas van a arreglar todos los problemas y, menos aún, que su seeretario general es masoquista y se quiere ocupar de todos los asuntos". --

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