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| 11/21/1988 12:00:00 AM

LOS DOS PEGADITOS

La primera visita oficial a España de un monarca británico, podría abrir vías de solución al problema de Gibraltar

LOS DOS PEGADITOS LOS DOS PEGADITOS
Cuando la elegante y madura señora fue recibida en el aeropuerto de Barajas por un par de jovencitos que le dieron cada uno su respectivo beso en la mejilla, la escena tuvo muchó más de familiar que de oficial. Al fin y al cabo, lo que el príncipe Felipe y la infanta Elena estaban haciendo era dar la bienvenida a una tía lejana. Sólo que en este caso, la tía era nada menos que la reina Isabel de Inglaterra y la visita, no sólo era oficial, sino histórica.
Un espectador desprevenido no hubiera imaginado que tras ese intercambio de saludos afectuosos, dos naciones marcadas por una rivalidad centenaria, daban un nuevo paso en el camino de una integración considerada, por muchos años, imposible. Más tarde, en el palacio de El Prado lugar de su residencia durante su estancia en Madrid, la escena se repitió. La reina, acompañada por su esposo el duque de Edimburgo y por el canciller británico sir Geoffrey Howe fue recibida por un entusiasta rey Juan Carlos y su esposa la reina Sofía, esta vez dentro del marco de todo un ceremonial de estilo, con 21 cañonazos, revista de tropas y todo lo demás.
Para los miembros de las familias reales de España y de Inglaterra, la reunión no era nada especial, pues no solamente los unen vínculos familiares relativamente estrechos -Juan Carlos e Isabel son primos terceros, por virtud de ser ambos biznietos de la reina Victoria-, sino que pasan muchas temporadas juntos, principalmente en vacaciones. Las páginas de las revistas especializadas en la vida social de los ricos y poderosos, se mantienen bien provistas de fotos del príncipe Carlos de Inglaterra, Lady Di y sus pequeños hijos posando, descalzos y en pantaloneta, en sus vacaciones en las Baleares, en compañía de Juan Carlos, Sofía y sus hijos adolescentes. Pero a nivel oficial, la historia es otra.
Las relaciones entre Inglaterra y España han sido siempre un ejercicio de equilibrio particularmente difícil desde que Eleonora, hermana del bravo cruzado Ricardo Corazón de León, casó con Alfonso VIII de Castilla. Esa eventualidad, ocurrida hace ocho siglos, dio comienzo a una larguísima serie de altibajos en medio de los cuales las dos naciones han atravesado todos los grados desde el amor hasta el odio. La ejecución de Catalina de Aragón, primera esposa de Enrique VIII, la separación de la iglesia anglicana, la humillación española con la destrucción de la Armada Invencible, cuando Felipe II intentó invadir Inglaterra en 1588, marcaron, entre otros muchos episodios, un proceso que llegó tal vez a su punto más bajo en la llamada guerra de sucesión. Entonces, con la muerte de Carlos II, llegó a su fin la dinastía española de los Austrias y se formó un conflicto en que intervinieron Francia, Inglaterra y Austria. Como resultado, al terminar la guerra en 1714 España perdió Bélgica, Luxemburgo Milán, Nápoles, Cerdeña, Menorca y Gibraltar.
Declinaba entonces la estrella de la España imperial y ascendía la del imperio británico. Pero los dos países continuarían haciéndose zancadillas cada vez que podían; luego de que España apoyó a los independentistas norteamericanos, Inglaterra hizo lo propio con los movimientos libertadores de América hispana, pero, paradójicamente, apoyó a los españoles en su guerra de independencia contra los franceses de Napoleón.
Aunque los dos imperios se disputaron el mundo entero durante siglos, su principal causa de encono actual no supera los seis kilómetros cuadrados de superficie. Se trata del peñón de Gibraltar, el punto más meridional de la península Ibérica, un lugar estratégico que controla la entrada del mar Mediterráneo y donde los antiguos griegos imaginaron las míticas columnas de Hércules. Ese pequeño pedazo de tierra, de importancia geopolítica inmensa, fue cedido a Inglaterra en virtud del tratado de Utrech en 1714, pero los españoles consideran que con ellos se cometió entonces un robo vulgar. Desde esa época España presenta, con persistencia cíclica, reclamaciones en todos los tonos para que se le devuelva el enclave incluído aquel famoso argumento de Salvador de Madariaga según el cual Inglaterra debe devolver el peñón "por pura decencia".
Con ese telón de fondo, se produjo la llegada de Isabel II a España. El acercamiento había sido promovido por Juan Carlos, quien tomó la iniciativa al hacer una visita oficial a su prima en abril de 1986. Entonces como ahora, el rey llevó un mensaje discreto pero firme, en el sentido de que "el contencioso" de Gibraltar era la única sombra del panorama de las relaciones hispano-británicas.
El tono de la visita fue claro desde un principio. La reina, en su primer discurso, afirmó: "Nuestra creciente comprensión mutua nos permitirá tratar el último problema que queda entre nosotros". Más tarde, cuando visitó las Cortes, el congreso español dijo que "el parlamento democrático que se encuentra frente a mí y la manera como se logró, resaltará como una de las páginas más brillantes de la larga y orgullosa historia de su nación". Esas frases fueron coronadas por una ovación inusitadamente larga, de minuto y medio, con la que, en opinión de algunos observadores, el parlamento español quiso significar a su visitante la importancia que le daba a la presencia en su seno, de un monarca británico. Esas frases fueron condimentadas, para regocijo de los españoles, cuando en un banquete de gala la soberana afirmó que esperaba que el problema de Gibraltar fuera tratado.
Pero detrás de toda la retórica, en la que la parte más pesada ha corrido de cargo de Juan Carlos, cuyas alusiones al tema han sido mucho más directas, está el panorama general de la integración española a la Comunidad Económica Europea y la consolidación, en 1992, del sistema arancelario común, sin contar con la entrada de la madre patria a la OTAN. En esas condiciones, muy pocos dudan que el problema de Gibraltar se convierte, con creciente importancia, en una espina indeseable en el camino de la plena integración del continente. Superados los rezagos del colonialismo en muchas otras latitudes, no le queda mucha presentación al mantenimiento de un enclave que, para muchos, es decididamente anacrónico.
Por medio están, como siempre, los convidados de piedra, esto es, los propios habitantes del peñasco. Se trata de un par de miles de ciudadanos británicos que racialmente tienen de todo menos de ingleses y que lo único que quieren es seguir teniendo su estatus actual. De hecho, desde cuando se reabrió el tema entre los dos países a nivel diplomático en 1984, el principal argumento británico ha sido la autodeterminación de la minúscula población del peñasco, algo que bien podría recibir, ahora que los aires son favorables, una solución intermedia como por ejemplo, el mantenimiento de una doble nacionalidad.
Al término de la visita real, no dejaron de producirse las consabidas protestas de grupos radicales que ven en el acercamiento, no una luz para resolver el problema de Gibraltar, que según ellos seguirá siendo objeto de dilaciones indefinidas, sino un homenaje social de Juan Carlos para con sus pares. Y en su estancia en Barcelona, el susto corrió por cuenta de los nacionalistas irlandeses, que explotaron un petardo.
Pero en cualquier caso, la visita de Isabel II constituyó una prueba de la creciente fiexibilidad de la corona británica hacia el espinoso tema de Gibraltar, y el mérito de ese logro es, ni más ni menos, del rey Juan Carlos.

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