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| 12/21/2003 12:00:00 AM

Los venenos del miedo

Es grave que los valores sobre los que está montada la democracia de Estados Unidos estén en grave peligro de convertirse en retórica

Los venenos del miedo Los venenos del miedo
Cuando visite por primera vez Estados Unidos, hace poco más de 23 años, me impresionaron la tolerancia, la diversidad de las costumbres y, sobre todo, la libertad con que la gente hablaba, se movía, discutía, como si tuviera una fe interminable en la condición humana. Jimmy Carter era el presidente de entonces. Aunque la Unión Soviética acababa de invadir Afganistán y aún estaba fresca la toma de rehenes norteamericanos en Irán, el gobierno había respondido con firmeza y las banderas de paz se alzaban por todas partes. Acababa de negociarse con éxito la paz entre Israel y Egipto, de establecerse plenas relaciones diplomáticas con China y de firmarse un tratado con Panamá para ceder el control del canal en 1999. Todos fueron acuerdos que todavía perduran. Había ya, en cambio, señales claras de la recesión y la inflación que privarían a Carter de ser reelegido a fines de 1980.

Los Estados Unidos de estos últimos dos años sufren una crisis económica acaso más grave que la de 1979, una tasa de desempleo sin antecedentes y un presupuesto defensivo de locura. El país se siente, sin embargo, menos seguro que nunca de su invulnerabilidad. El miedo y los fantasmas de un ataque inminente -que se acentuaron durante el apagón de agosto y durante las semanas que siguieron- han cercenado la libertad de pensamiento y la tolerancia hacia los otros.

Es verdad que la herida del 11 de septiembre tampoco se parece a ninguna. Visité la Zona Cero la mañana cálida del segundo aniversario. El perímetro que ocupaban las Torres Gemelas está rodeado ahora por una reja austera, sobre la que se han colgado aquí y allá paneles que recuerdan el pasado del lugar y repiten el nombre de los muertos. Decenas de personas enlazaban flores al pie de algunos nombres y tarjetitas que decían: "Estamos esperándote, Frank" o "No he dejado de pensar en ti ni un solo día". Toda la congoja del mundo parecía persistir en ese lugar como una sombra invencible, un eclipse para el que no hay consuelo.

La compasión y solidaridad del mundo por Estados Unidos han ido trocándose, sin embargo, en resentimiento e inquina por la actitud de guerrero imperial de George W. Bush. El país entero ha empezado a contagiarse de su prepotencia, que es también una forma de rechazo al diferente.

La libertad de saber, de expresar y de ver sin otra censura que la inteligencia de los individuos ha sido, desde 1776, el principio que dio sentido a la nación norteamericana y una de las razones de su grandeza. Es doloroso advertir que ese principio está siendo desplazado por un nacionalismo ciego. Una de las primeras víctimas de esa batalla invisible fue una película con un título que parece cifrado: 11'09"01, realizada por 11 de los mejores directores contemporáneos. Empezó a exhibirse en Europa y América Latina desde octubre de 2002, pero en Estados Unidos no pudo, durante meses, encontrar quién la distribuyera, hasta que cuando por fin asomó la nariz en circuitos marginales, a fines del verano de 2003, ya no llamó la atención de nadie.

El proyecto original del filme era de Alain Brigand, quien confió presupuestos de 400.000 dólares a 11 realizadores diversos para que meditaran sobre la repercusión del atentado a las Torres Gemelas en cada una de sus culturas. Les impuso una condición única: que cada obra se atuviera a un límite de tiempo estricto: 11 minutos, 9 segundos y una imagen adicional, siguiendo la nomenclatura europea para las fechas. El conjunto destila compasión, comprensión y un refinamiento simbólico que tal vez sea una buena enseñanza para un cine tan directo como el de Hollywood.

11'09"01 aporta al menos tres joyas: la más inesperada es una fábula irónica de Idrissa Ouedraogo, un director de Burkina Faso del que sólo conozco una película: Lumière y compañía. Ouedraogo sigue a un adolescente que abandona la escuela porque no tiene dinero para comprar los medicamentos que necesita su madre postrada. Tres amigos quieren ayudarlo a regresar. Un día, en la calle polvorienta de la miserable ciudad donde viven, tropiezan con Osama Ben Laden (o con alguien que se le parece increíblemente) y con la noticia de que ofrecen 25 millones por su cabeza. Lo siguen, lo fotografían y luego lo pierden, en un patético vaivén digno de los personajes de Salinger.

También es memorable el corto de la Rimbaud iraní Samira Makmalbaf, que a los 18 años dirigió un clásico, La manzana, y que ahora, a los 22, reflexiona sobre el tiempo y el espacio explicando -a través de una maestra de un campo de refugiados afganos- cómo un grupo de niños fugitivos de la guerra aprenden lo que significa la duración, a través de un minuto de silencio, y la diferencia entre las Torres y la chimenea del horno de ladrillos, junto al cual se refugian del horror que les está por caer encima.

No menos estremecedora es la historia real de

Mohammad Salman Hamdani contada por la realizadora hindú Mira Nair, quien se había dado a conocer en 1991 con Mississippi Masala. Sus personajes son la madre y otros parientes de un chico musulmán investigado como terrorista porque fue visto en las cercanías de las Torres la mañana del 11 de septiembre sin que tuviera razones para estar allí. Durante meses, la familia es sometida al aislamiento y al escarnio, hasta que se descubre que el chico sucumbió heroicamente tratando de rescatar a las víctimas del atentado.

El público norteamericano podría haber aprendido lecciones más claras de tolerancia de esos tres ensayos cinematográficos que de los discursos balbuceantes de George W. Bush, quien enarbola banderas de libertad en el mundo cuando, al mismo tiempo, permite que esas banderas sean quemadas en casa.

Antes del 11 de septiembre de 2001, cientos de miles de habitantes de América Latina soñaban con emigrar a Estados Unidos. Según encuestas de México, Brasil y Colombia, en los seis primeros meses de 2003 la cifra se había reducido en 20 por ciento, no por miedo a otros ataques terroristas sino por falta de confianza en lo que el presidente podría hacer con un país que era próspero y pacífico cuando asumió el poder, y ahora sólo parece ansioso por demostrar que es fuerte.

En su boletín de mayo 2003, el Centro para Estudios Estratégicos e Internacionales de Washington informó que la hostilidad hacia Estados Unidos creció abrumadoramente en vísperas de la guerra contra Irak y aún más después de la caída de Bagdad: las opiniones negativas en Brasil sumaban casi 82 por ciento, 85 por ciento en Argentina y Chile, 90 por ciento en México. Septiembre de 2001 marcó para México el fin de las negociaciones para aliviar los filtros en la vasta frontera, y para Argentina y Chile la confirmación de que el gobierno norteamericano había dado luz verde a las matanzas de opositores en la década de 1970.

Hasta un intelectual que ha defendido con tanto énfasis a Estados Unidos como Mario Vargas Llosa se pronunció con dureza contra las decisiones de Bush en Irak, advirtiendo que el ataque no estaba justificado y que terminaría destruyendo el orden legal internacional. En julio, Vargas Llosa viajó a Bagdad, para narrar la destrucción del país y los saqueos a la cultura más antigua de Occidente. "Fui partidario de la guerra para liberar Kuwait y de la intervención en Kosovo", ha dicho. "Pero esto no. Esto parece un acto de ciega venganza".

Implacable ha sido también Carlos Fuentes, quien cree que ha llegado el momento de que América Latina se acerque a países como Alemania, Francia y Rusia, y se una a ellos en la creación de un polo de resistencia contra Bush. Su modo de calificar al presidente fue durísimo: "La invasión a Irak se podría haber evitado si Bush hubiera persistido en sus inclinaciones alcohólicas", dijo. "Sobrio, es un hombre peligroso". Más cauto, Gabriel García Márquez piensa parecido pero no lo dice. "Extraño a Bill Clinton", responde cuando se le pregunta por lo que está pasando. "Extraño a Gore. Si no le hubieran arrebatado a Gore la elección que ganó por medio millón de votos, la historia sería otra. No habría guerra y, quizá, con una Casa Blanca más alerta, hasta se habría evitado el 11 de septiembre".

Una abigarrada exposición en el museo Whitney trató de resumir, a fines de agosto, cómo el mundo había sentido a Estados Unidos en los últimos 13 años. El título de la muestra era descriptivo: The American Effect. A la entrada, en una instalación del francés Gilles Barbier, los superhéroes de las tiras cómicas se veían envejecidos e inspiraban cierta compasión: el anciano Superman, blanco en canas y con anteojos de muchas dioptrías, arrastraba sus chancletas con ayuda de un andador, mientras la varicosa Mujer Maravilla vigilaba el suero que iba a las venas del Capitán América, y una Gatúbela decrépita, despatarrada sobre un sillón, contemplaba las terrenales violencias de Los Soprano en un televisor de 100 dólares.

De los 47 artistas convocados por el Whitney, cuatro son latinoamericanos. Dos de ellos, emigrados de Cuba, reunieron en tres pantallas de televisión todas las imágenes de la odisea vivida por el niño Elián González hace cuatro años, entremezcladas con otras del ataque a Playa Girón y de la crisis de los misiles en 1962. Un tercero, chileno, comparó en imágenes simultáneas el interior de una escuela militar en Santiago -que sirvió de campo de concentración- con la devastación de la Zona Cero en Wall Street. El más memorable fue un colombiano, Miguel Angel Rojas, que en cinco collages muy simples, elaborados con ínfimos fragmentos de billetes de dólar y hojas de coca, compuso un fresco en el que denunció cómo Estados Unidos derrocha fortunas consumiendo cocaína e invierte otras fortunas iguales en destruir las plantaciones y destilerías donde se fabrica.

La muestra del Whitney reflejaba no sólo el desencanto del mundo por Estados Unidos sino, también, la sensación de que la teoría de la guerra preventiva es más una amenaza que un escudo protector. Y, a la vez, dentro del país se advierten cada día más señales de que el presidente George W. Bush y quienes lo rodean están sucumbiendo a un fanatismo patriótico no demasiado diferente del que combaten. Si algún éxito tuvo el ataque de Ben Laden ha sido ese: infectar al enemigo con su propia enfermedad.

En cuanto a las víctimas del ataque a las Torres hay que recordar que los desaparecidos y muertos no son sólo norteamericanos. El mundo entero contribuyó a esa lista. Un inmenso número había nacido en lugares tan diferentes como Filipinas, India, Rusia, Colombia. Sólo en los cálculos de los 10 días siguientes a la matanza había 13 muertos latinoamericanos -algunos de ellos en los aviones- y 418 desaparecidos.

Que tanta gente haya caído víctima de la intolerancia y el fanatismo es aterrador. No menos grave es, sin embargo, que los valores sobre los cuales fue fundada la nación norteamericana estén ahora en peligro de convertirse en pura retórica, mientras el miedo a lo que se desconoce, a lo que quizá suceda -o no- avanza día tras día, como una tragedia irremediable.

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