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| 12/19/2004 12:00:00 AM

Más allá de Arafat

La muerte del líder palestino levantó la hipoteca sobre las conversaciones de paz con Israel. Los árabes moderados podrían aceptar condiciones más modestas, con tal de ponerles fin a las políticas radicales israelíes.

Más allá de Arafat La muerte de Arafat abre nuevas posibilidades de paz para Israel y los palestinos, pero a un costo enorme para éstos.
La preponderancia informativa universal de los medios de comunicación norteamericanos ha logrado que durante los últimos meses se trasladara el debate sobre la paz en Oriente Próximo al campo de la responsabilidad palestina. Y ello es todavía más notable en América Latina, donde la información sobre el resto del mundo está fuertemente filtrada por sensibilidades norteamericanas. Según esa visión de las cosas, sólo del desaparecido presidente de la Autoridad Palestina, Yasser Arafat, dependía que hubiera sosiego en el área; y como en las reuniones de julio de 2000 en Camp David, en presencia del presidente Clinton, el líder palestino no aceptó la oferta israelí de evacuación de poco más de 80 por ciento de Cisjordania, fue declarado conjuntamente por Israel y Estados Unidos negociador non grato. El hecho de que la posición de Arafat consistiera en pedir la aplicación de las resoluciones de la ONU -242 y 338- sobre retirada total de los territorios, incluida la Jerusalén árabe, y que su némesis, el jefe de gobierno judío, Ariel Sharon, las ignorase a conciencia era irrelevante. La desaparición de Arafat, cercado por el ejército israelí en su residencia de La Muqata, Ramalah, desde marzo de 2001 hasta su traslado a París en noviembre de 2004, donde moriría el día 11 a los 75 años, levantaba sin embargo la hipoteca sobre las conversaciones de paz. Difunto el fundador de Al Fatah, Sharon no podía negarse a negociar.

El presidente norteamericano George W. Bush anunciaba que pondría toda la carne en el asador para lograr la paz en su segundo mandato, y el movimiento palestino se unía tras Mahmud Abbas (Abu Mazen), candidato oficial de la OLP a las elecciones a la presidencia previstas para el 9 de enero de 2005. Nadie ignoraba que el antiguo colaborador de Arafat, de 69 años, había considerado desde el primer día un craso error la Intifada o Revuelta de las Mezquitas, y, en consonancia, sólo pedía que Israel le diera la hoja de parra de alguna concesión para ponerle fin, esto es si lograba que le obedecieran los movimientos terroristas de Hamás y Yihad Islámica. Contrariamente, sin embargo, a la vulgata norteamericana, la firma de cualquier documento que pueda poner fin, al menos formalmente, al conflicto depende hoy del líder israelí, porque su política de tierra quemada, asesinato selectivo y represalia masiva ha surtido efecto y la nueva dirección palestina, si gana Mahmud Abbas, se conformará con bastante menos de lo que rechazó Arafat en Camp David, en julio de 2000. ¿Cuáles son, entonces, esos parámetros de paz, que estaría dispuesta a aceptar la nueva AP?

1)Retirada de Gaza, a lo que ya se ha comprometido Sharon, bien que para mejor consolidar el resto de las conquistas israelíes; 2) evacuación de un número muy reducido de colonias en Cisjordania, de forma que la gran mayoría de los 200.000 colonos judíos pueda permanecer en el territorio, y cerca de 10 por ciento del país fuera anexado o alquilado por tiempo indefinido por Israel; 3) compensación simbólica israelí, con la transferencia de zonas contiguas a la franja, más un corredor que uniera Gaza y Cisjordania, de forma que el futuro Estado palestino constituyese una unidad territorial continua; 4) Estado palestino desarmado y, en la práctica si no en la letra de los futuros pactos, bajo control militar israelí por tierra, mar y aire; 5) conversión de algún barrio periférico de Jerusalén, de población muy mayoritariamente árabe, en capital de ese Estado, así como integración en esa soberanía palestina limitada de la explanada de las mezquitas en la Ciudad Vieja, y 6) renuncia a la repatriación de los millones de desplazados por las guerras árabe-israelíes.

Toda una ganga, que hace caso omiso de medio siglo de reivindicaciones palestinas, pero que recuerda casi al pie de la letra lo que, a la firma de los acuerdos de autonomía, en septiembre de 1993 en los jardines de la Casa Blanca, el entonces ministro de Exteriores israelí, Simón Peres, le dijo a la oreja a Arafat que obtendría a cambio de la paz. Las conversaciones, sin embargo, no llegaron a demarrar porque Israel no cesó de acumular colonos en los territorios ocupados y Hamás lanzó una atroz ofensiva terrorista que llevó al poder a la derecha extrema del Likud, primero con Benjamín Netanyahu y desde marzo de 2001, con el actual Primer Ministro.

Y el gran obstáculo que se opone hoy a la firma de ese acuerdo de paz es la antropología, las promesas, la marmórea figura de Ariel Sharon. ¿A quién preferirá ser fiel el nacionalista israelí? ¿A un pasado inamovible o a un futuro por construir? Ese pasado le hacía decir sólo hace unos meses que en un acuerdo de paz, Israel retendría más de la mitad de los 5.800 kilómetros de Cisjordania, lo que obligaría, por añadidura, a los palestinos a conformarse con un territorio moteado como piel de leopardo, dividido en gran número de cantones; igualmente, Sharon excluía toda retirada de Jerusalén-Este, o de la Ciudad Vieja; se ofendía si le preguntaban por la repatriación de los refugiados palestinos; y, más difícil todavía, todo ello sólo le resultaba concebible después de que cesara el terrorismo palestino, preferentemente porque la propia AP hubiera liquidado físicamente a los militantes radicales. Sólo si Sharon se aviniera a pagar ese modestísimo precio por la paz -anexar únicamente la parte de Cisjordania que los colonos ocupan ya- se sabría qué fuerza desmovilizadora ejercería la fundación del Estado palestino sobre el terrorismo; cuántos partidarios del terror le quedarían entonces a Hamas y la Yihad capaces de proseguir su guerra suicida, y parece difícil que, tras la firma de una paz definitiva, la AP pudiera negarse a masacrar a sus propios disidentes a cambio de obtener así algún retal de Estado palestino.

El periodista del diario israelí Haaretz -País- Gideon Levy afirma que Sharon está ganando porque ha sabido hacer tan insufrible la vida al pueblo árabe, que los sucesores de Arafat sólo piden que se les permita tapar las vergüenzas para firmar la paz más modesta. Y únicamente el ex general israelí que, según sus propias palabras, aspira conservar al menos la mitad de Cisjordania y todo Jerusalén puede con su intransigencia librarles de ello. La prueba de enero puede estar, sin embargo, más reñida de lo que se presumía, si se mantiene la candidatura de Marwan Barguti, de 45 años, y líder de los palestinos del interior, en contraposición a los exiliados que volvieron con Arafat en los primeros años 90, que representa a Abbas. La concurrencia del líder de esa nueva generación de palestinos que cumple desde hace dos años cinco cadenas perpetuas en las cárceles israelíes por terrorismo sería la mejor excusa para Sharon. Si Barguti ganara en enero, se negaría a negociar. En una ocasión, el que fue casi eterno ministro laborista de Asuntos Exteriores en los años 70, Abba Eban, dijo que los palestinos eran especialistas "en no perder la oportunidad de perder las oportunidades". La victoria de la línea más radical de Barguti podría aparentemente darle la razón, pero Sharon, contra cualquier oponente, poroso o de cemento armado, es también capaz de perder la oportunidad madre de todas las oportunidades; la que algunos llaman paz.

*Subdirector de Relaciones Internacionales del diario 'El País' de Madrid.

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