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| 5/24/1993 12:00:00 AM

¿Por qué no cae Fidel?

Tras un viaje con carcelazo incluido, el enviado especial Mauricio Sáenz trata de interpretar la verdad de Cuba hoy.

¿Por qué no cae Fidel? ¿Por qué no cae Fidel?
PARA EL CUBANO CADA DIA EN LA VIDA encierra un pequeño drama personal. Comienza muy temprano, cuando recuerda que ya se comió los dos huevos que le correspondían para esa semana y que lo único que le queda para un desayuno "normal" es un poco del té que le envió una tía de Miami. Pero como no hay luz, no hay esperanzas de echarse algo caliente al estómago. El sabor amargo le acompañará todo el día, porque este mes no hubo dentífrico y de bañarse ni hablar, porque cuando tiene agua no tiene jabón y viceversa.
El sueño ha sido corto y si no toma la atestada guagua de las seis de la mañana, tendrá que recorrer en bicicleta y con el estómago vacío los kilómetros que le separan de su trabajo. Para llegar a La Habana por el este, tendrá que alcanzar con su velocípedo un "ciclobus"' que es una guagua sin asientos, diseñada para acercar a su destino a los usuarios junto con sus caballitos de acero.
A la hora del almuerzo tendrá que comer mucho arroz, que es el componente mayor de su racionamiento mensual, seis libras por persona. Su porción de carne molida o picadillo, de una libra al mes, se acabó la semana pasada, por lo que tendrá que olvidarse de la proteina si no quiere aceptar la pasta cárnica que está compuesta por una mezcla de soya, carne de pollo o pavo, aceite y harina y que el gobierno le entrega a razón de tres cuartos de libra. Su mujer habrá mezclado ese compuesto con papa para que rinda más, según lo que indican los programas de televisión. Eso será todo, porque las dietas están atrasadas y su abuelo de 85 años no podrá contribuir con su ración especial de pollo y leche.
Si vive en sectores de La Habana vieja, su casa estará sostenida con traviesas, por lo que siempre que suba a su "apartamento" de tres habitaciones (cocina y baño incluidos) se preguntará cuándo el polvillo del derrumbe inminente le sacará a la calle en plena noche, bendiciendo no haber corrido la suerte de tantos vecinos, sepultados debajo de lo que fue su vivienda.
Al llegar el fin de semana podría tratar de conseguir un poco de ron en el mercado negro a 30 pesos por botella, un precio exorbitante si se tiene en cuenta que su sueldo no llega a los 250. Pero si no le alcanza o no hay no importa, porque un vecino prepara un chispetrén excelente combinando alcohol potable y azúcar y dejando reposar la mezcla durante unas semanas. Si el cubano de la historia es joven, sus perspectivas de diversión se limitarán a hacer una cola de varias horas para comprar una pizza pequeña, pero no le importará mucho, porque los cubanos llevan 34 años haciendo cola para cualquier cosa.
Si tiene unos pesos de más, y la escena se desarrolla en una ciudad turística, la cola podría estar al frente de un cabaret, donde el cubano sufrirá además la humillación de ver a los turistas extranjeros entrar como Pedro por su casa. La vergüenza alcanzará dimensiones colosales cuando descubra que una de las muchachas que entró con un gallego es hermana de su vecino, tiene grado de educación superior -aunque sea camarera de dia y jinetera de noche- y está allí para resolver la consecución de un par de zapatos que vio el otro día en la Turistienda. Con un poco de suerte, la muchacha le sacará también el español un frasco de champú, o unos aretes, o un vestido nuevo.
En caso de que el cubano sea de los pocos con "méritos revolucionarios" suficientes para tener automóvil, tendrá que dejarlo en casa. Este año los particulares han recibido 20 litros de combustible a 35 centavos, y no le alcanza para los 15 pesos por litro del mercado negro.
Desde hace algunos meses, la población está siendo víctima de una nueva epidemia. Se trata de la neuritis óptica, que al atacar al nervio del mismo nombre produce una ceguera reversible. Los funcionarios oficiales sostienen que se trata de un virus que se combina con la carencia de vitamina A y con el consumo del tabaco y el alcohol. Para los exiliados de Miami, se trata sencillamente de que sus compatriotas de la isla se están quedando ciegos del hambre.
EL CONTRASTE
En febrero de 1990, cuando SEMANA visitó por última vez la isla, la situación era tan mala que resultaba difícil pensar que pudiera empeorar. La ciudad presentaba el mismo aspecto de haber sido bombardeada por el tiempo y el descuido y las colas marcaban ya la vida de los cubanos. En ese entonces aún existía el "mercado paralelo", mediante el cual los cubanos "resolvían" con sus excedentes de pesos todo lo que no estuviera dentro de la libreta de racionamiento y que ahora es reemplazado por el mercado negro. Esa época anterior a 1990 -y no la anterior a la revolución- es la que los cubanos refieren como los "buenos tiempos". Aún no comenzaban a sentir el "nuevo bloqueo" que significaría el desplome del bloque comunista europeo y de la URSS, su principal socio comercial.
El Producto Nacional Bruto descendió en un 40 por ciento en relación con el de 1989. Operando en un mundo capitalista, Cuba pasó de importar 13 millones de toneladas de petróleo en 1989, a seis millones en 1992. Sus compras de suministros cayeron casi de la noche a la mañana en dos terceras partes. Cuba tuvo que enfrentarse a lo que llamó Fidel Castro "Período especial en tiempo de paz". Si no había petróleo, las bicicletas reemplazarían a los carros y los bueyes a los tractores.
SALVAR LA REVOLUCION
Fidel no quiso dar su brazo a torcer ante las presiones externas que le pedían acceder a algún grado de iniciativa privada. Por el contrario, su gobierno diseñó muy a lo castrista un "Plan de sobrevivencia y desarrollo", basado en "priorizar" las conquistas de la revolución, como la salud y la educación, mientras se trataba de mejorar la eficiencia del sistema.
Para lo último se adoptó la descentralización de las empresas para hacerlas competitivas. Un sistema de sociedades mixtas, posible desde 1982, está siendo explotado para atraer a los inversionistas extranjeros. Según los cubanos, por esa vía se está tramitando la creación de 100 empresas con inversionistas españoles, mexicanos, brasileños, franceses y canadienses. El gobierno confía sobre todo en agregar, a los ingresos tradicionales de exportación de azúcar, el incremento de la de níquel, con el objetivo de llegar en 1996 a extraer 80 mil toneladas métricas, la tercera producción mundial. También busca petróleo, para la cual se han celebrado varios contratos.
La biotecnología es otra de sus esperanzas, pues se han desarrollado vacunas como la de la meningitis B y el PPG, una droga producida genéticamente contra el colesterol. Incluso su sistema sanitario es hoy fuente de divisas, a través de un programa de "turismo de salud". Pero el programa bandera, capaz de producir la mayor cantidad de divisas con menores inversiones relativas, es el turismo. En este campo el objetivo es construir un hotel anual, para llegar a una oferta de 30 mil habitaciones que produzcan 1.200 millones de dólares al año.
La isla resulta un extraordinario destino para los turistas, pero esa actividad encierra el germen de la destrucción del socialismo. No sólo se trata de las jineteras, prostitutas que rondan los hoteles, y de la aparición de un mercado interno de drogas, constituido sobre todo por los visitantes europeos. Fidel llegó al poder en 1959 proclamando que el turismo era una actividad corrupta y que Cuba ya no sería más la isla de lenocinio de Estados Unidos. De allí que se trate de una dramática contradicción.
Pero eso no es todo. Los trabajadores del sector turístico, algunos de ellos empleados directos de los inversionistas extranjeros, están en camino de convertirse en una élite económica que recibe propinas y sueldos en dólares. El gobierno es consciente de que muy pronto tendrá que abrir almacenes especiales para que ellos consuman su dinero, o el mismo descontrolará aún más el mercado negro que prolifera en la isla.

AGUANTE O SACRIFICIO
Pero nada de eso es suficiente para compensar las dificultades que atraviesan los cubanos, pues los índices estadísticos no llenan las ollas. Al contrario, los hoteles son guettos en los que no pueden entrar y desde hace algún tiempo todos los cubanos deben dedicar dos períodos de 15 días al año para colaborar con las labores agrícolas. Para los economistas del gobierno, con ello se logra el doble efecto de revertir la falta de mano de obra producida por el éxodo de campesinos a las ciudades, mientras se amortigua la desocupación producida por el cierre de industrias debido a la inexistencia de materias primas. Pero muchos cubanos, beneficiarios de un sistema de educación que lanza miles de técnicos a un desierto laboral, se encuentran levantando boniato y pensando ecuaciones.
Sin embargo, es difícil sostener que los días de Fidel en el poder están contados. Por una parte, la figura del líder sigue siendo un poderoso imán para sus compatriotas, y eso quedó demostrado en las elecciones para la Asamblea Nacional de febrero, en las que aunque no hubo competencia efectiva, la población votó masivamente. Al fin y al cabo es una sociedad intensamente politizada, que cree firmemente en los beneficios igualitarios de la revolución, así por ahora lo único igual sea la pobreza.
Por otro lado, el gobierno confía en que sus medidas económicas le ganen la carrera al deterioro del nivel de vida, y en ese aspecto se preparan para enfrentar el reto del turismo. La renovación del gobierno no falta y corre por cuenta del canciller más joven del mundo, Roberto Robaina, y por el vicepresidente del Consejo de Estado, encargado de la economía, Carlos Lage, personajes llenos de carisma y que representan la esperanza de un régimen más flexible.
Pero por encima de todo está el bloqueo de Estados Unidos, que cataliza a la población . George Bush pensó que al intensificar el bloqueo mediante la ley Torricelli (que prohíbe a subsidiarias extranjeras de firmas norteamericanas comerciar con la isla) iba a terminar con el régimen, pero ocurrió lo contrario. Los cubanos viven convencidos de que su problema con EE. UU. trasciende la ideología y es de supervivencia. Al fin y al cabo muchos otros pueblos han muerto de hambre para preservar su independencia.
Eso, unido al sólido control por parte del gobierno, hace que la caída de Castro no pase de ser una ilusión para muchos exiliados y una estrategia de ventas para algunos escritores. La desesperanza ya no es desconocida en la Perla de las Antillas, sobre todo entre los más jóvenes y eso plantea interrogantes al futuro pero no amenazas para Fidel. Los cubanos, atrapados entre la rigidez ideológica de su presidente y el furor vengador de sus enemigos del norte, son los protagonistas admirables del mayor drama de América en el siglo XX.
Retenido en Cuba
"DEBE ACOMPAÑARNOs, RECOja sws cosas y baje del avión", me dijo un soldado del Ministerio del Interior, cuando el vuelo charter destinado a Bogotá ya estaba para despegar del aeropuerto de Varadero. Obedecí sin dudarlo, convencido de que se trataría de un error, pero al llegar a la plataforma supe que es una falacia aquello de que quien nada debe nada teme. En una oficina del terminal del aeropuerto un oficial me notificó que había sido encontrado en mi equipaje un documento sospechoso que tendría que aclarar.
Inmediatamente temí por mis fotografías y apuntes mientras mi mente funcionaba a alta velocidad y sin control alguno. Era cierto que yo había permanecido varios días separado de un tour de agentes de viajes y periodistas invitados, para intentar entrevistar a algunos personajes y para auscultar el ánimo de la población capitalina. También lo era que había tomado muchas imágenes, algunas no muy presentables, y que había hablado con mucha gente, vendedores de droga y prostitutas incluidos. Pero yo estaba legalmente acreditado como periodista y nada de lo que había hecho justificaba mi detención, ni siquiera en Cuba.
Lo absurdo de la situación permitía una gama infinita de hipótesis, y cuando fui trasladado a Matanzas para ser interrogado por un coronel, me asusté aún más. En el comando del MININT, el uniformado comenzó por advertirme que ellos enfrentaban una conspiración del enemigo para involucrar al ministro de Defensa, Raúl Castro, en el narcotráfico y justificar una invasión estilo Panamá.
Por ese camino, pensé, yo estaba a punto de convertirme en una pieza más de ese siniestro ajedrez internacional, un agente de la CIA o cualquier cosa por el estilo. Al fin y al cabo los cubanos se consideran en guerra, y en la guerra vale todo, principalmente si el enemigo juega sucio. De mis cavilaciones me sacó el coronel cuando me presentó el documento comprometedor: se trataba de una servilleta. En una de sus caras aparecía garabateado algo parecido a un cuadro sinóptico y en uno de los rectángulos estaba escrita la palabra droga. Para mi coronel, allí había un plano del aeropuerto o la estructura de una organización criminal.
Inmediatamente reconocí tanto el papel como los garabatos que un periodista cubano amigo había escrito, en medio de una inocente conversación de cafetería, el domingo anterior. El oficial palideció cuando oyó mi versión, fácilmente comprobable. Tras reunirse a puerta cerrada con sus ayudantes durante horas que para mí resultaron infinitas, salió para decirme que yo no estaba detenido y que pasaría el resto de la noche allá (eran ya las tres de la madrugada).
Al otro día salimos muy temprano hacia La Habana, y en el viaje de dos horas, las armas de mis tres policías acompañantes no contribuyeron a disipar la sensación de que yo seguía preso. En La Habana nuestro viaje terminó en una casa del barrio de Siboney, construida poco antes de la revolución y cuya apariencia testimoniaba la opulencia de sus antiguos dueños. Pero no resultaba tranquilizadora, pues llegar en esas circunstancias a una casa anónima es casi igual a desaparecer. Cordiales siempre, mis guardias cubanos me decían palabras tranquilizadoras mientras me negaban con evasivas el teléfono.
Por fin hacia las tres de la tarde un nuevo coronel llegó a presentar las excusas fomales del gobierno cubano, y supe por boca del cónsul colombiano, Gustavo Orozco, de sus gestiones y de las de Gabriel García Márquez y Gabriel Silva, consejero internacional del presidente Gaviria, que sin duda aceleraron todo el proceso.
Las explicaciones oficiales resultaron coherentes con lo que yo sabía. Según aquellas, el origen de todo está en la captura de una mujer colombiana que intentó introducir ocho kilos de cocaína en el mismo vuelo charter en el que yo había llegado ocho días antes a Cuba. La mujer confesó que tenía cómplices e hizo una descripción que aparentemente podría aplicárseme. Yo iba para el mismo hotel y, por supuesto, había pasado varios días solo en La Habana. La noche del regreso habían pensado que estaba nervioso en el aeropuerto y al abrir mi maleta, el supuesto plano había completado el panorama. El coronel tenía que tomar una decisión instantánea y la tomó. Por último, el sábado se habían pasado la mañana comprobando mis palabras.
El error debe haberle costado más de un dolor de cabeza al pobre coronel. Aparte del problema de Raúl Castro, los cubanos están estrenando mercado interno de droga, constituido por los turistas europeos. Eso hace que estén empeñados en demostrar que su compromiso con la lucha contra el narcotráfico es en serio y en ese camino cometen errores infantiles, producto de su inexperiencia en el tema y de su incontrolable paranoia. En este caso la consecuencia fue servirles en bandeja a sus enemigos un nuevo plato, el de la represión contra los comunicadores que repartan sobre su realidad. Una radio de Miami llegó a sugerir que yo podía haber sido extorsionado para que no contara lo que había averiguado en Cuba.
Eso comprueba que el gobierno cubano se anotó un autogol en ese juego de imagen que le enfrenta con sus enemigos y yo comprobé que en el campo de las intrigas internacionales a veces -sólo a veces- los errores de buena fe no son inverosímiles.

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