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| 6/1/1998 12:00:00 AM

REQUIEM POR BELGICA

La momentánea fuga del violador Marc Dutroux vuelve a poner en evidencia la fragilidad de Bélgica como estado unitario.

REQUIEM POR BELGICA REQUIEM POR BELGICA
El sujeto sólo estuvo en fuga durante tres horas, pero eso fue suficiente para estremecer a Bélgica hasta los cimientos. Marc Dutroux, considerado el enemigo público número uno en Bélgica, burló la vigilancia de los policías que lo acompañaban a una visita de rutina al Palacio de Justicia. Aunque fue rápidamente recapturado el impacto de su fuga en la sociedad belga fue mucho más allá del temor individual de cada ciudadano por su seguridad personal. La consecuencia inmediata fue la renuncia de los ministros de Justicia y del Interior, pero a largo plazo el caso ha contribuido a asentar en la mente de los belgas la idea de que su país puede estar al borde de la desaparición.
El expediente de Dutroux es suficiente para ponerle los pelos de punta a cualquier padre de familia: acusado en 1986 de la violación de cinco menores de edad fue condenado en 1989 a 13 años de cárcel. Tras cumplir tan sólo tres años de pena, en forma insólita el ministro de Justicia de aquel entonces, Melchior Wathelet, aceptó ponerlo en libertad condicional. El 13 de agosto de 1996 la gendarmería volvió a arrestar a Dutroux por el secuestro de seis menores de edad y por la violación y el homicidio de cuatro de ellas. Gracias a su confesión dos menores que habían sido secuestradas pocos días antes fueron encontradas en el sótano de su casa. Pocos días más tarde el país entero se horrorizó cuando la policía encontró los cadáveres de las otras cuatro víctimas de Dutroux en el jardín de su casa.
La indignación que despertó el caso llevó a 350.000 ciudadanos a desfilar en octubre de 1996 por las calles de Bruselas con el fin de protestar contra la ineficacia de la justicia y de las instituciones en general. En efecto, lo que se convirtió en la manifestación más grande desde la Segunda Guerra Mundial no obedecía simplemente al rechazo colectivo de un crimen; era una advertencia clara al gobierno por la desarticulación creciente del Estado belga.
El gobierno respondió pocos días después al anunciar una revisión profunda del sistema judicial. Al mismo tiempo la Cámara de Diputados creó una comisión especial con el fin de investigar las irregularidades del caso Dutroux. Sin embargo, un año y medio más tarde, el gobierno social demócrata del flamenco Jean-Luc Dehaene no ha efectuado ninguna modificación sustancial del sistema judicial. Peor aún: ningún responsable de las irregularidades de la investigación del caso Dutroux ha sido sancionado.
Por eso las renuncias de los ministros de Justicia, Stefaan De Clerck, y del Interior, Johan Vande Lanotte, no bastaron para calmar a la población, que las recibió no como una acción de entereza y reconocimiento de responsabilidades sino como un acto de cobardía del gobierno, como una manera de lavarse las manos.
Según una parte considerable de la opinión pública, los dos ministros deberían haber renunciado hace dos años cuando todo el escándalo se destapó; ahora es el gobierno el que debería caer. Aunque esto tal vez no suceda, la presión ha sido tal que el viernes pasado el jefe de la Policía, Willy De Ridder, quien después de aferrarse durante dos años a su cargo a pesar de haber estado en el centro de la polémica por el caso Dutroux, también se vio forzado a renunciar.

Fallas estructurales
La fuga de Dutroux no es más que el último y tal vez más sonoro de los episodios que han venido subrayando los problemas estructurales del país. El descubrimiento de una red de pedófilos en las altas esferas oficiales, el asesinato de un político y una serie de crímenes no resueltos lograron en los años 90 acabar de hundir en el desprestigio a unas instituciones que siempre habían vivido en el filo de la navaja.
Tras cuatro revisiones constitucionales, en 1970, 1980, 1988 y 1992, Bélgica se convirtió en un Estado federal profundamente separado por las diferencias culturales, lingüísticas, religiosas y económicas de sus dos principales comunidades, los valones, que son tres millones y hablan francés, y los seis millones de flamencos, que hablan un idioma emparentado con el holandés. En el norte, Flandes se ha convertido rápidamente, gracias al empuje de sus habitantes, a una densidad de más de 300 personas por kilómetro cuadrado y a una situación geográfica que le permite tener uno de los puertos más dinámicos del mundo, en una región próspera y pujante que atrae 70 por ciento del capital extranjero que llega a Bélgica. Por el contrario, Valonia se estrelló de frente con el final del auge carbonífero y metalúrgico y el poder adquisitivo de su población ha disminuido considerablemente desde los años 70 comparado con el de los flamencos.
Esa situación se complica por la extrema desconfianza entre las dos comunidades, que mantienen un matrimonio inestable a partir de la independencia del país en 1830. Desde la crisis de 1968, desatada alrededor del idioma oficial para la Universidad de Lovaina, cada vez que estas dos comunidades están en desacuerdo sobre algún punto fundamental el problema se arregla otorgándoles mayor autonomía. El resultado es un sistema federalista extremadamente complejo y la desaparición de un espíritu nacional. Precisamente el sistema creado para asegurar la presencia de valones y flamencos en la vida política y administrativa del país ha convertido al Estado en un ente burocrático incapaz de reaccionar ante crisis como la que vive hoy en día.

Separacion
En el presente el 40 por ciento del presupuesto estatal está manejado localmente y las comunidades tienen autonomía sobre temas como la educación, la infraestructura o el comercio exterior. El camino del país hacia el federalismo ha sido en el fondo una manera de evitar a corto plazo el desmembramiento del Estado, pero las diferencias son cada vez más importantes y el sentimiento de pertenecer a una misma comunidad es cada vez más débil. Los flamencos aseguran que ellos sostienen a los valones y que éstos "ordeñan la vaca flamenca". Este caso les sirve como ejemplo: Dutroux el asesino, un valón, tenía siete casas a pesar de que cobraba beneficios sociales como desempleado. Para muchos flamencos Dutroux tiene la 'protección' de algunos sectores del gobierno, que temen que el asesino revele las conexiones del bajo mundo con el sector oficial. También afirman que Valonia se ha convertido en un nido de la mafia italiana. Esos y muchos otros argumentos son esgrimidos para justificar la exigencia de los flamencos de tener un poder judicial autónomo, lo cual sería un nuevo camino a la disolución.
Aledandra Colen, dirigente del partido separatista flamenco Vlaams Blok, se preguntaba la semana pasada por qué "¿los ministros sacrificados tienen que ser flamencos si los problemas provienen del territorio valón? Hay sectores del Blok que exigen la independencia inmediata, mientras algunos políticos valones responden que su sector no tendría inconveniente en integrarse con Francia
A pesar de todo el gobierno de Dehaene sobrevivió el martes a una moción de censura en el parlamento gracias a sus alianzas dentro de él. Pero con creciente frecuencia los comentaristas políticos belgas de mayor seriedad mencionan la posibilidad de que Bélgica siga el camino de Checoslovaquia. "Este país debe acabarse", escribió sin rodeos Leo Marynessen, del periódico flamenco Het Voolk. En 1999 están previstas nuevas negociaciones constitucionales, y de seguir así las cosas, Bélgica podría desaparecer como Estado. La unidad del país se convertiría así en la última víctima de Marc Dutroux.

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