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| 10/7/1996 12:00:00 AM

SADDAM OTRA VEZ

El ataque de Estados Unidos contra Irak benefició a Bill Clinton. Pero sus consecuencias están por verse.

SADDAM OTRA VEZ SADDAM OTRA VEZ
Los 44 misiles que el presidente norteamericano Bill Clinton lanzó sobre Irak, demostraron a los estadounidenses que su presidente no era tan débil en materia internacional como su adversario Bob Dole pregonaba. Las encuestas posteriores al hecho señalan una ventaja para Clinton de 25 puntos en algunos casos, lo cual demuestra que el presidente supo aprovechar la oportunidad que le dio el hombre que los norteamericanos odian con mayor gusto: Saddam Hussein. La papaya de Saddam consistió en haber atacado la ciudad de Arbil, en la zona norte de exclusión creada para proteger a los kurdos que se rebelaron contra Hussein -en busca de su independencia- no bien terminada la guerra del golfo, en 1991. La movida le salió a Clinton, por dos razones: primera, porque escogió bien las armas: tres superbombarderos B-52, venidos de la lejana Guam, fueron los encargados de la primera andanada, y luego dos buques, el Laboon y el Siloh, completaron el ataque, siempre a prudente distancia. Y la segunda, porque aunque Arbil queda en el norte, atacó a los iraquíes en el sur, donde no había posibilidad de involucrarse en las disputas internas de los kurdos. Los dividendos electorales del ataque ya entraron en la contabilidad de Clinton, pero las consecuencias de su acción en la región están por verse. La prueba de ello es que el apoyo de sus aliados europeos distó mucho de ser unánime y entusiasta. Es que los hechos ya no son tan claros como lo fueron en 1990, cuando George Bush se enfrentó a una potencia regional que agredía a sus vecinos con intenciones hegemónicas. Esta vez se trata de un asunto interno que involucra al Partido Democrático Kurdo _KDP_, de Massoud Barzani, y a la Unión Patriótica del Kurdistán _PUK_, de Jalal Talabani. El separatismo kurdo resultó estimulado por el vacío de poder resultante de la zona de exclusión, y bajo su paraguas las dos facciones convivieron hasta 1994. En mayo de ese año, la amistad se convirtió en odio cuando el PUK se apoderó de Arbil para aprovechar a solas el producido de las aduanas del tráfico entre Irán y Turquía. En esa disputa ambos decidieron aliarse hasta con el diablo. Talabani se hizo amigo del mayor enemigo de Irak, Irán, y Barzani llegó al extremo de aliarse con Saddam, el mismo responsable de incontables muertes kurdas. Saddam tenía razones para tomar Arbil por pedido de Barzani, pues en julio, tropas iraníes ingresaron en su territorio para apoyar a Talabani y entregarle grandes cantidades de armas. En ese momento Washington no dijo esta boca es mía, lo que fue interpretado por los iraníes como la vista gorda para seguir hostilizando a Saddam. De ahí que el ataque norteamericano haya resultado, irónicamente, en apoyo del país al que Estados Unidos tiene en la lista de los renegados del mundo. El gran argumento de Washington es que Saddam debe ser detenido en seco, porque en estos años ha podido recuperar sus fuerzas y todavía tiene en la mira a Kuwait y los estados del golfo. Esa es la razón para que Estados Unidos haya ampliado la zona sur de exclusión hasta las goteras de Bagdad. Pero desde la época de Bush, Estados Unidos ha reconocido que Irak, con Saddam y todo, es el ancla de la estabilidad de la región, y por eso su política ha sido apretarlo, pero no demasiado. La operación de la semana pasada debilitó al presidente iraquí a los ojos de sus vecinos, lo cual también es peligroso. La prueba es que Turquía prepara tropas para invadir a Irak con el pretexto de crear una zona de seguridad en la frontera, para evitar que desde allí sus propios kurdos, los del Partido Kurdo de los Trabajadores _PKK_, sigan hostilizando sus soldados. Esa zona cuenta con el visto bueno de Washington. Pero con su nuevo primer ministro islamista, y sus nuevos vínculos con Irán, Turquía dejó de ser un actor ciento por ciento confiable. Pero eso no es algo que, por ahora, trasnoche a Clinton. El ataque de la semana pasada le dio más gasolina a su campaña, dejó atrás el escándalo sexual de su asesor Dick Morris y pareció congelar el tema. Al menos hasta después de las elecciones de noviembre, Dios mediante.

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