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| 7/24/1995 12:00:00 AM

SE COLMO LA COPA

Con su último desplante televisivo, Vladimir Zhirinovsky volvió a mojar la prensa mundial pero perdió puntos ante la opinión rusa.

SE COLMO LA COPA SE COLMO LA COPA
LA IMAGEN LE DIO RAPIDAMENTE LA VUELta al mundo. Esta vez no sólo se trató de un escándalo más entre políticos que recurren a insultos y a ofensas por una diferencia de criterios. Era una payasada más del polémico Vladimir Zhirinovsky. El domingo 18 de junio, durante un programa en vivo de la televisión rusa, no resistió que el gobernador provincial Boris Nemtsov señalara que él había contraído sífilis por acostarse con 200 mujeres (cifra que reveló en un reportaje a la revista norteamericana Playboy). Luego de llamarlo 'bastardo' y 'bolsa de basura', le lanzó un vaso de jugo de naranja sobre el rostro.
Esta no es sino una salida de tono más de este hombre que ha manejado el escándalo como forma de ascensión política. Zhirinovsky ha ido desde el discurso populista, con lemas como "yo soy como usted", hasta el exhibicionismo, al hacerse fotografiar desnudo saliendo de un jacuzzi. Su estrategia, lejos de resultar grotesca, lo ha convertido en uno de los más fuertes aspirantes a la presidencia en los comicios del próximo año. Pero si en su país ha encontrado un gran respaldo, en Occidente las cosas son a otro precio y hoy es visto con recelo, y no solamente por sus maneras vulgares. Su discurso belicoso y nacionalista le recuerda a los países industrializados las palabras con que Adolfo Hitler se echó al bolsillo a los alemanes en la década de los 30.
Su semejanza con el Fuhrer no se limita al tono de sus consignas, también lo es su vertiginosa carrera como político. En 1991 se presentó a las elecciones presidenciales como un perfecto 'don nadie' que ofrecía vodka barato a los hombres y flores a las mujeres, pero sus promesas calaron en el corazón de seis millones de rusos. Dos años más tarde creó su propio movimiento, el Partido Liberal Democrático de Rusia, y se le midió a los comicios parlamentarios. Sus resultados despertaron la envidia de políticos de trayectoria, 12,3 millones de votos, el 23 por ciento del total. Una paliza que el actual presidente Boris Yeltsin difícilmente olvidará.
Con ese récord, no resultaba difícil pensar que ese modesto abogado llegara a sentarse en la silla de Lenin. Su infancia al igual que la de Hitler, estuvo llena de limitaciones. La vida durante la posguerra en la alejada provincia de Kazakhtan era difícil, máxime para un niño que no contaba con la simpatía de sus familiares y compañeros de curso. Pero fue precisamente en los salones de clase donde encontró la ruta que debía seguir para procurarse un futuro mejor. Su excelencia académica le permitió asistir a la Universidad Estatal de Moscú, donde tuvo la oportunidad de codearse con los hijos de la nomenklatura y la elite comunista.
Luego se mudó a Turquía y terminó preso. Finalmente obtuvo su título de leyes, profesión que ejerció por pocos años y que a la postre abandonó para unirse al Partido Comunista.
El bicho de hacer política por su cuenta le picó en 1987, cuando se lanzó como candidato independiente en una elección local, pero fue descalificado. Tres años después fue jefe del Partido Liberal Democrático de la Unión Soviética, movimiento que por aquella época era el abanderado de la xenofobia. De allí fue expulsado por los comunistas. Entonces decidió crear su propio partido y empezó a decir cuanta barbaridad le cruzaba por la cabeza. En su campaña parlamentaria de 1993 prometió la reunificación de la Unión Soviética desde Finlandia hasta Alaska, el restablecimiento de la carrera armamentista nuclear y el ataque abierto a Alemania y a Japón. Como los delirios expansionistas no eran suficientes para parecerse a Hitler, señaló el grupo étnico contra el cual descargaría todo su odio: los turcos. De esa nación dijo que "no le hacía ninguna falta al mundo y que perfectamente se podría vivir sin ella".
Si sus planes políticos le ponían la carne de gallina a los gobernantes del planeta, sus revelaciones sexuales dejaban corto cualquier calificativo. Hablaba sin pudor alguno sobre la vida ligera de su madre, de sus primeros encuentros sexuales y de la manera como ha llevado a 200 mujeres a la cama. De esas aventuras dio cuenta detallada en una entrevista para la revista Playboy que se publicó el pasado mes de marzo, la misma que dio origen a la garrotera televisiva.

METIDA DE PATA
Con los días difíciles en el baúl de los recuerdos, la fortuna parecía sonreírle, tanto que podía darse el lujo de cobrar 15.000 dólares por una entrevista sin mostrar el menor asomo de sonrojo. Incluso, el camino hacia la cima del poder parecía más o menos seguro, pero la convulsionada vida política rusa puso a prueba la seriedad de sus planteamientos y le midió el aceite frente a algunos de sus mas cercanos rivales.
Una de sus salidas en falso se produjo durante la cruenta toma que los rebeldes chechenes hicieron del hospital de Budenovsk. Por la crisis que este hecho desató a nivel nacional, la mayoría de los políticos opositores a Yeltsin acudieron al lugar con el propósito de servir de mediadores con los insurrectos para buscar una salida pacífica y, de paso, ganarse unos puntos de popularidad. A diferencia de sus rivales, su visita fue bastante breve, se limitó a un reconocimiento y, al día siguiente, estaba de regreso en Moscú. Pero su popularidad le permitía darse esa clase de lujos. En entrevistas callejeras sobre la toma de los chechenes, los rusos no vacilaban en lamentar el no haber votado por Zhirinovsky, pues estaban seguros de que bajo su mandato el movimiento separatista no habría alcanzado las actuales dimensiones.
Tras los acontecimientos del domingo 18, las mieles de la simpatía no le dieron para tanto y terminó en la picota pública. Para los comentaristas de Itogi, el programa de opinión más popular en Rusia, Zhirinovsky perdió su debate con Nemtsov frente a millones de televidentes. Para su desgracia, las calidades de su contendor no son nada despreciables, es un economista que goza de gran prestigio y autoridad en los países europeos.
No sólo las metidas de pata le están saliendo caras a Zhirinovsky. Su discurso antigubernamental puede haberse quedado corto, puesto que en ese mismo sentido se han pronunciado varios de los demás presidenciables. Pero a diferencia de ellos, él se quedó sólo en palabras. Ha pasado los dos últimos años actuando de tal manera, que lejos de perfilarse como un crítico parece más colaborador del gobierno. Además, la irreverencia y el desparpajo de sus desplantes son un elemento más del panorama cotidiano del acontecer ruso.
Mientras tanto sus contendores en la oposición han preparado la artillería pesada. Por una parte, está el tradicional Partido Comunista, cuyos voceros, por cuenta de los difíciles momentos que atraviesa la economía, le recuerdan a los votantes que todo tiempo pasado fue mejor. De otro lado, Alexander Lebed también quiere pelea. Este último fue comandante del 14° Ejército en Moldavia, y a juicio de muchos fue víctima de un despido injusto. Pero Occidente aún no puede respirar tranquilo y pensar que el terrible Vladimir Zhirinovsky está descalificado sólo porque algunas de sus payasadas han resultado poco exitosas. El trecho que resta por recorrer es largo y mucha agua falta por correr bajo el puente. Prueba de ello es que, a pesar de las tormentas que sacuden hoy a la antigua Unión Soviética, el panorama político está de vacaciones; el arribo del verano cambia las prioridades y las encuestas de popularidad escasean. Sólo en unos meses, cuando se prendan los motores para el debate parlamentario de diciembre próximo, se podrá saber hacia dónde sopla el viento de los electores cosacos.

LA TRAGEDIA DE BUDENOVSK
EL ATAQUE del comandante checheno Shamil Basayev, quien con un grupo de rebeldes ocupó el hospital de Budenovsk con más de mil rehenes, dejando un saldo de más de 100 muertos, ha conmocionado la situación politica rusa. La moción parlamentaria que aprobó un voto de censura al gabinete encabezado por el Primer Ministro Víctor Cher nomyrdin refleja hasta qué grado ha llegado el descontento del país por el manejo de la crisis de Budenovsk y de la impopular guerra de Chechenia.
El país entero vio que se cumplía la amenaza de ataques terroristas prometida por los chechenos desde el inicio de la guerra. El país entero vio la miopía de sus dirigentes que provocaron asaltos sin ninguna preparación contra un hospital lleno de mujeres, niños y enfermos.
Aunque el ataque ha sido condenado enérgicamente por la población, también ha servido para renovar las exigencias de una salida negociada. En Budenovsk mismo, una manifestación ha exigido elecciones inmediatas a todos los órganos del poder y el reforzamiento de la seguridad de la frontera.
Todo esto tiene un alto costo político a escasos meses de las elecciones parlamentarias y a un año de las presidenciales. Y el costo es mayor para Chernomyrdin, quien se ha postulado como candidato presidencial. A pesar de su gesto audaz de negociar con Basayev ante la mirada nacional e internacional, no ha podido borrar la pésima actuación del gobierno.
Miles de vidas se han perdido en estos seis meses de guerra mientras el gobierno anuncia cada mes el final del conflicto. El ejército ruso ya logró el control de la mayoría de las ciudades chechenas, dejando a los rebeldes encabezados por el ex presidente Dhojar Dudaev aislados en las montañas.
Los hechos de Bundenovsk, sin embargo, cambiaron abruptamente el curso de la guerra. A cambio de la vida de los rehenes, Cherdomyrdin aceptó iniciar negociaciones de paz que lleven a la salida del ejército ruso.
Lo que parecía imposible una semana atrás, se ha hecho realidad. "Están arrebatándonos en la mesa de negociaciones lo que ganamos militarmente", se quejaba por la televisión un oficial del ejército ruso en Chechenia.
A ello contribuyó en buena parte la posición asumida por el Grupo de los Siete. Por supuesto, oficialmente, los líderes reunidos en Halifax, Canadá, mientras se desenvolvía la crisis, condenaron la acción chechena. Ningún documento de la cumbre hizo alusión a la guerra, pues oficialmente se le sigue considerando como 'un asunto interno' de Rusia. Pero extraoficialmente todos los dirigentes, comenzando por Bill Clinton, dejaron muy en claro a Yeltsin que no apoyan los métodos del Kremlin, que la guerra es el principal factor que impide la unión plena de Rusia al Grupo de los Siete -quizás sólo sea una excusa- y que debe buscar cuanto antes una salida negociada al conflicto.

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