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| 4/10/1989 12:00:00 AM

SE DERRUMBO LA TORRE

El revés sufrido por Bush en el nombramiento de John Tower, plantea la pregunta de quién puede ser empleado público en ese país.

SE DERRUMBO LA TORRE SE DERRUMBO LA TORRE
Cuando el pasado 16 de diciembre el entonces presidente electo George Bush anunció la designación de John Tower como su secretario de Defensa, muchos pensaron que, aunque lo había dudado durante muchos días, el presidente había acertado en su escogencia. Sin embargo, con el correr de las semanas, el episodio de Tower fue derivando, de asunto puramente rutinario a fuente de murmuraciones en los pasillos del capitolio, hasta llegar a convertirse en un escándalo vergonzoso, que puso al propio Tower en medio de un análisis descarnado de su vida privada y al presidente Bush en la difícil posición de ver, antes de cumplir 100 días al frente de los destinos de la nación, a uno de sus cercanos colaboradores vetado por el Senado.

John Tower es un hombre de 61 años que recuerda en su aspecto físico más a un funcionario inglés que a un político texano. Se precia de usar el mismo estilo de traje desde hace 27 años, sin que las variaciones de la moda le hayan afectado en absoluto. Su cabello peinado con brillantina y sus maneras un tanto exageradas no hacen de Tower el candidato ideal al premio de la simpatia. Pero su trayectoria al lado del presidente Bush desde la época en que éste se inició en la vida política, crearon un fuerte vinculo entre los dos hombres que, sin embargo, jamás ha sido descrito como una amistad personal.

Haciendo abstracción de sus vinculos con Bush, muchos observadores pensaron que las calificaciones técnicas de Tower lo hacían una persona idónea para el cargo. Miembro durante 20 años del influyente "Comité del Senado de Servicios Armados", que incluso presidió en los últimos cuatro de su permanencia, Tower es considerado uno de los mayores expertos del país en asuntos de defensa, e incluso fue el presidente de la delegación que en 1986 adelantó las conversaciones con los soviéticos en Ginebra para la reducción de armas estratégicas (START). Tower colaboró en la campaña de Bush como asesor, con la mira siempre puesta en obtener el cargo que había ambicionado toda su vida. Por eso, más que el nombramiento de Tower, que era esperado por todos, lo que sorprendió fueron las dudas que rodearon su anuncio. Pero hasta entonces todo marchaba normalmente. La ratificación del nombramiento, que debería hacer rutinariamente el mismo comité al que Tower había pertenecido durante tantos años, se daba como un hecho. Fue entonces cuando comenzó su calvario.

El 25 de enero, Tower fue recibido por el comité para iniciar audiencias formales, en medio de gran cordialidad. Sin embargo, pocos días más tarde se destapó el escándalo. Un senador afirmo que había visto a Tower borracho y con mujeres distintas de su esposa. Esta declaración sobre la vida privada del político desató una tormenta nacional. Los senadores primero y la opinión pública después, comenzaron a preguntarse hasta qué punto el hábito de consumir alcohol, que según los reportes había sido fuerte en los años 70, podría influir en la conducta de alguien que, como jefe del Pentágono, tendria capacidad de "apretar el botón" en cualquier momento .
Como si eso fuera poco, el presidente actual de la comisión, el demócrata Sam Nunn, entró en cólera por las maniobras, calificadas de torpes, de la Casa Blanca para lograr la confirmación. Tras sugerir que la investigación del FBI sobre la vida de Tower lo habia encontrado libre de toda culpa, el presidente Bush y sus asesores desencadenaron la acción de los demócratas" que asumieron el asunto como la protección de la ética y la moral en el gabinete, aunque no faltó quien afirmara que el poderoso Nunn lo que quería era manejar el Pentágono desde su posición en el Senado.

La situación empeoró cuando se ventiló que Tower, luego de retirarse de su posición como negociador del START, asumió la consultoria de algunas industrias bélicas, de las que recibió varios cientos de miles de dólares en honorarios. Las dudas sobre la ética de ese antecedente que en si mismo no contenía nada ilegal, acrecentaron la oposición al nombramiento.

En esas condiciones, vino primero la negativa del comité a ratificar a Tower, lo que hubiera significado, en otras circunstancias, el retiro de su nombramiento. Pero en vez de cortar por lo sano, el presidente Bush resolvió insistir en la segunda instancia, el Senado en pleno, donde las posibilidades de éxito eran aún menores, hábida cuenta de la mayoría demócrata que impera allí. La Casa Blanca desplegó un trabajo de "Lobbying" que logró algunos votos favorables, como el del ex candidato Lloyd Bentsen Pero no era suficiente. El ridículo de un documento firmado por Tower, en el que se comprometió a no beber mientras estuviera en el cargo, fue sólo superado por la propuesta del jefe de la bancada demócrata, Bob Dole, quien sugirió que se le nombrara "en prueba" por seis meses. Como era de esperarse, la semana pasada el Senado, por votación de 53 contra 47, negó la ratificación de Tower y le infligió al gobierno una derrota de grandes proporciones, cuya real dimensión aparece cuando se tiene en cuenta que en la historia de los Estados Unidos, nunca se había negado la ratificación a ministro alguno antes de los primeros 100 dias de gobierno.

El revés para Bush tiene especiales connotaciones, sobre todo cuando el nuevo presidente se había propuesto evadir los problemas éticos que plagaron el gobierno de su antecesor. Lo cierto es que a estas alturas, ha nombrado varios miembros de su gabinete que tienen grandes incompatibilidades, comenzando por el asesor legal, C. Boyden Gray -encargado de vigilar ese tipo de problemas y el mismo James Baker, secretario de Estado. Eso ha llevado, además, a que el gabinete y varios puestos claves se encuentren vacantes, lo que ha despertado fuertes críticas en todo el país sobre un gobierno "que no está funcionando".

Pero a despecho de todas esas consideraciones, la opinión pública norteamericana se pregunta si detrás del caso de Tower hay o no una gran injusticia. El examen de la vida de los funcionarios públicos no es cosa nueva, y si se trata de afición al alcohol o a las mujeres, la historia norteamericana está plagada de episodios, tanto en el siglo pasado como en el presente, incluido uno de los próceres recientes, el venerado presidente John Kennedy. Sin que el propio Senado esté libre de historias que hablan hasta de consumo de alcohol en su propio recinto. La era postWatergate, con su nueva moralidad no parece, a juicio de muchos observadores, haber aclarado el panorama ético de los políticos norteamericanos, a pesar de haber traído consigo escándalos como el de Gary Hart quien probablemente hubiera sido elegido de no haberse atravesado una hermosa rubia. Hay quien dice que hoy por hoy en el ambiente político norteamericano es más importante parecer que ser y asi lo atestiguan los casos de funcionarios que, aunque tienen rabo de paja, no han pasado por una ordalía como la de Tower, quien, según un comunicado oficial de la Casa Blanca, ha pasado "por una prueba muy cruel". Y detrás de todo el asunto, los demócratas, con la bandera de la conveniencia nacional dejaron entrever una disputa partidista que, por lo visto, le va a sacar muchas canas al tempranamente atribulado presidente Bush, quien ahora deberá, a regañadientes, escoger un nuevo candidato certificado, eso sí bajo el microscopio. -

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