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| 5/7/1990 12:00:00 AM

¿ SE ENLOQUECIO MAGGIE ?

Los violentos disturbios en Londres y el descontento parlamentario indican que la fatiga de metal ataca a la Dama de Hierro.

¿ SE ENLOQUECIO MAGGIE ? ¿ SE ENLOQUECIO MAGGIE ?
Margaret Thatcher parecía sorprendentemente dueña de sí misma cuando se presenta el sabado anterior frente a una reunión de su Partido Conservador en Cheltenham, Gran Bretaña. Las críticas contra la inflación del 7.5 % anual (enorme para los ingleses), los altos costos del dinero y la aplicación de un nuevo impuesto per capita, no cambiaron su estilo arrogante y triunfalista. "Ustedes pueden haberse enterado que últimamente parezco el blanco de cierta cantidad de críticas y no por primera vez, ni me atrevo a pensar que por última. Para evitar cualquier posible malentendido, permitanme dejar una cosa totalmente en claro: no he venido a retirarme".
Sin embargo, los diez años largos que lleva la Thatcher al frente de los destinos ingleses ya comienzan a pesar sobre la primera ministra. Las encuestas tienen a su partido con 29 puntos de popularidad contra 57 de los laboristas, una desventaja sin precedentes en muchos años. Como si eso fuera poco, la señora enfrenta en el seno de su propio partido una desventaja de tres puntos en relación con su oponente más cercano, su antiguo ministro de Defensa, Michael Heseltine, quien encabeza una lista de aspirantes seguido por sir Norman Tebbit, antiguo presidente del partido. Pero lo que más impresionó a los observadores es que el discurso de la Thatcher se desarrollaba mientras en Londres decenas de miles de manifestantes se enfrentaban con la policía en los disturbios más graves, según algunos, de lo que va corrido del presente siglo .
Los motines llevaron a pensar que la Dama de Hierro comienza a "oxidarse" irremediablemente. El motivo inmediato fue la puesta en vigor de un impuesto local (llamado popularmente poll tax) que es visto por muchos como el regreso a prácticas impositivas medievales. Pero la verdad es que tras la violencia desplegada en Trafalgar Square, yace el descontento de masas crecientes de británicos pobres que, a través de la última década, se sienten abandonados a su suerte por el thatcherismo.
A partir del domingo pasado, todos los británicos entre los 18 y 65 años comenzaron a recibir las facturas del nuevo impuesto, que se aplica por cabeza y sin consideración a la capacidad económica del individuo. La filosofía del tributo es el pago por los servicios públicos locales, como el mantenimiento de las calles, la recolección de la basura y la iluminación nocturna, y reemplaza en buena parte al impuesto predial que anteriormente pagaban los propietarios de inmuebles y algunos inquilinos. El problema es que el tributo es el mismo para todos los habitantes, dueños de castillos o indigentes sin casa.
En esas condiciones, desde que el proyecto comenzó a debatirse en la Cámara de los Comunes se formaron varios grupos de presión contra el tributo y fue uno de ellos, el "All Britain anti poll tax Federation" (Federación panbritánica contra el impuesto electoral) el que convocó la protesta del sábado, con la idea de hacer una marcha pacífica por las calles principales de Londres. Pero, según los organizadores, pequeños grupos de "anarquistas" que no llegarían a 3.000 individuos, prendieron la mecha. Los enfrentamientos comenzaron en la entrada de Whitehall, que conduce a Downing Street, donde vive la primera ministra, y continuaron alrededor de Leicester Square, donde las imágenes televisivas de la BBC mostraron saqueos e incendio de automóviles y comercios.
Cuando menos lo esperaban las autoridades, se encontraban frente a un motín de grandes dimensiones, en el que decenas de miles de manifestantes se ensañaban contra los símbolos de riqueza, como los automóviles Porsche y Jaguar estacionados en el distrito de teatros, destruyeron las vitrinas de almacenes y restaurantes de lujo y demolieron virtualmente una agencia de automóviles Renault situada en las inmediaciones.
No fue sino hasta la medianoche cuando la lucha con la policía montada y las brigadas antimotines comenzó a ceder. Como saldo preliminar quedaron en el campo 163 heridos mientras fueron detenidas 339 personas, la mayoría entre 17 y 25 años.Varios sociólogos locales opinaron que las turbas estaban compuestas por jóvenes desempleados y generalmente sin hogar, cuya experiencia bajo el gobierno de la Thatcher les ha dejado virtualmente sin esperanzas.
Norman Dennis, profesor de estudios sociales de la Universidad de Newcastle, dijo en una entrevista que esos grupos militantes creían que el medio estaba maduro para la revolución, pero que representaban "un segmento demasiado pequeño de la sociedad". Lo cierto es que desde varias semanas atrás, algunas publicaciones anarquistas habían llamado a sus simpatizantes a prepararse para "aplastar a la policía" y uno de los grupos llegó a distribuir propaganda subversiva con instrucciones sobre la mejor manera de enfrentar a los uniformados. Uno de ellos, denominado "Guerra de clases", advirtió a las autoridades que cuando se trate de cobrar el impuesto, "los disturbios del sábado se verán como un juego de niños". No se trata de una amenaza sin fundamento, si se tiene en cuenta que, según algunos organismos especializados, la mitad del millón de británicos sin techo vive en Londres.
Las mismas organizaciones consideran que en Londres, de esos desempleados sin techo, por lo menos 50 mil son jóvenes y que en todo el país por lo menos 150 mil engrosarán las filas de los desposeídos en el curso del presente año. "Cuando esa gente joven se encuentra con la policía, el resultado siempre es la confrontación", afirmó un sociólogo."Esa gente tiene que ganarse la vida en forma ilegal y vivir clandestinamente en edificios ruinosos. Los trabajos que pueden obtener son excesivamente mal pagados y sin perspectivas. Por eso, las ideas políticas que les enseñan que nadie en el gobierno puede hacer nada por uno y que hay que tomar acción directa, resultan peligrosamente atractivas".
A pesar de lo grave de la situación, la señora Thatcher no se inmuta y le atribuye parte de la culpa a sus adversarios laboristas, pues aunque la decisión de establecer el impuesto proviene del Parlamento a instancias de la primera ministra, la determinación concreta del valor por pagar corresponde a los concejos locales, dominados mayoritariamente por los laboristas. Pero lo cierto es que durante el último año la inflación, las ratas de interés y los pagos hipotecarios han subido en forma consistente y cada vez con mayor frecuencia se oyen los clamores de miembros del Parlamento que querrían ver la renuncia de la Thatcher antes de las elecciones generales, que podrían llevarse a cabo en un año y medio o dos. La Dama de Hierro, sin inmutarse, afirma que" el precio inevitable de combatir la inflación es un período pasajero de altas ratas de interés que contribuyen a disminuir el gasto, bajar los préstamos e incrementar los ahorros". En esas palabras, anotan algunos, no se incluye el efecto inflacionario que seguramente tendrá la recaudación del famoso impuesto que tiene con dolor de cabeza a muchos padres de familia ingleses. Y lo que parece claro es que la carga social de sus medidas tal vez no preocupa demasiado a quien a comienzos de los 80 sacó a la Gran Bretaña de 30 años de decadencia económica. Lo que los analistas británicos afirman es que el país ya no es el mismo que el de 1979, y que las medidas draconianas que se impusieron entonces para dar respiración boca a boca a una econmía moribunda, ya no tienen el mismo recibo entre los británicos.
En esas condiciones, pocos se extrañarían de que la era Thatcher esté comenzando a terminar. Pero la Dama de Hierro ha demostrado que, como su sobrenombre lo indica, ella es un hueso duro de roer.

LA DULCE ESPERA
Michael Heseltine jamás lo ha admitido directamente. Pero para la mayoría de los analistas británicos, ese hombre de flema típicamente británica es la mayor competencia del momento para la supremacía de Margaret Thatcher en el seno de su propio partido, el conservador.
Heseltine, un rico hombre de negocios cuyas maneras distinguidas y cabello plateado hacen que no pase inadvertido en ninguna parte, difícilmente ha cruzado dos palabras con la señora Thatcher desde que en enero de 1986 se retiró de la cartera de Defensa. Su separación del gobierno se produjo en medio de una agria disputa sobre si una firma de helicópteros británica debería ser vendida a los norteamericanos, como ella sostenía, o a un consorcio europeo, como era el consejo del ministro.
En cualquier caso, Heseltine es considerado el heredero político de Edward Heath, el antiguo primer ministro conservador. Pero al contrario de éste, Heseltine nunca ha dejado traslucir sus diferencias con la Thatcher en público. Su estrategia ha sido la espera, mientras se posiciona calladamente como la única alternativa conservadora capaz de superar la desventaja en las encuestas que hoy presenta el partido de gobierno frente a los laboristas. A no ser que el descontento popular conduzca a una improbable rebelión en las filas conservadoras, que lleve a la Thatcher a perder su sólida mayoría en la Cámara de los Comunes, las próximas elecciones generales no están previstas para antes de junio de 1992. Por eso Heseltine mide con precision sus actitudes, evita cualquier palabra demasiado crítica para con la primera ministra y representa el modelo de disciplina partidista. Pero debajo de esas apariencias, las diferencias entre los los personajes son sustanciales.
Si la señora Thatcher es vista popularmente como una dignataria "antieuropea" que se resiste a la participación británica en el sistema monetario europeo por razones de soberanía, Heseltine tiene una actitud decididamente positiva a esa integración y trata de parecer, cada vez que tiene oportunidad, como un europeo de armas tomar.
Y si la Thatcher ha hecho de la indiferencia social una bandera política, Heseltine propende por una aproximación más humana, sin que sus ideas económicas difieran sustancialmente de las de la Dama de Hierro. Pero su estilo mesurado y calculador ha hecho que los periódicos británicos busquen afanosamente cualquier mención que pueda considerarse un ataque contra su jefa política. Al fin y al cabo, los"tories" nunca han sido proclives a la división. Aún así, hace poco se reseñaron unas palabras que se tomaron como claves. Hablando sobre las realizaciones del gobierno, al que reconoció importantes logros económicos, no dejó de poner el dedo en la llaga:"A pesar de tantas cosas de las que podemos sentirnos orgullosos, también hay áreas de verguenza, como la creciente subclase de británicos desposeídos y sin un techo donde guarecerse ".

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