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| 12/5/1988 12:00:00 AM

SIN NOVEDAD EN EL FRENTE

El Likud busca consolidar gobierno de derecha con los grupos religiosos.

SIN NOVEDAD EN EL FRENTE, Sección Mundo, edición 340, Dec  5 1988 SIN NOVEDAD EN EL FRENTE
Tras un soleado día de elecciones, los israelíes confirmaron lo que los analistas políticos habían pronosticado desde varias semanas atrás. Ni el Partido Likud, del primer ministro Yitzak Shamir, ni el Laborista, del ministro de Relaciones Exteriores Shimon Peres, alcanzaron los 61 escaños necesarios para formar un gobierno autónomo. Como estaba previsto, el mango del sartén quedó en manos de los pequeños partidos religiosos, sin cuyo apoyo es imposible numéricamente obtener la mayoría necesaria.
La situación guarda alguna semejanza con la que se presentó en 1984, cuando los dos principales partidos tampoco lograron la suficiente ventaja y debieron aliarse en un gobierno de "Unidad Nacional", que los llevó a "cohabitar" en el gobierno durante estos cuatro años. En esta ocasión, sin embargo, esa posibilidad está descartada de plano. Por una parte, por que el matrimonio de estos cuatro años llevó a las dos fuerzas políticas a un desprestigio tal, que ambas perdieron escaños en relación con los resultados de 1984. Pero sobre todo, porque ambos partidos tomaron posiciones divergentes e irreconciliables en torno a lo que se convirtió en el punto central de la elección: la intifada, los levantamientos palestinos. Para Likud, la línea a seguir es la mano dura y el establecimiento de nuevos asentamientos en las áreas ocupadas, mientras para los laboristas el único medio para terminar la intifada y establecer una paz duradera con los países árabes vecinos es el diálogo y hasta la cesión de áreas para el establecimiento de un gobierno palestino autónomo.
Sin embargo, aunque contra todos los pronósticos se presentó una votación sin precedentes, el pueblo israelí decidio no decidir. Para algunos observadores, los laboristas, que parecían ir adelante en las encuestas, sufrieron un revés demoledor cuando el mismo domingo de las elecciones un ataque terrorista contra un bus cerca de Jericó produjo la muerte a una madre y sus tres hijos. Para completar, ese día las noticias estuvieron dominadas por la explosión de una bomba incendiaria en un automóvil, cuyo saldo fue varios heridos graves. Segun parece, esos incidentes convencieron a muchos indecisos de que la opción del diálogo con los palestinos podría dar como resultado un recrudecimiento de la violencia. Según una encuesta llevada a cabo el día de las elecciones, los laboristas perdieron cuatro puntos porcentuales míentras el Likud ganó síete.
Cuando terminaron los escrutinios, Likud resultó con 40 escaños contra 38 de los laboristas. Pero si se consideran los bloques ideológicos formados con partidos minoritarios de tendencias semejantes, se presenta un virtual empate, con 48 sillas de parte y parte. Sin embargo, según la Constitución, el partido que lleva la delantera, el Likud, tiene tres semanas para tratar de romper esa paridad y allí es donde tienen la palabra los pequeños partidos religiosos, que no están, al menos en teoría, alineados con ninguno de los dos grandes bloques.
No obstante, se considera que el Likud está en una favorable posición para lograr ese objetivo pues sus postulados conservadores son más compatibles con los de los partidos religiosos, y por lo tanto no tendria que pagar un precio demasiado alto en concesiones ideológicas. Varios de los líderes religiosos, aunque sin comprometerse, han dicho que preferirian formar una coalición estrecha con el Likud antes que con el Partido Laborista.
Muchos israelíes temen que esas concesiones afecten su vida diaria a extremos impopulares para los judíos no ortodoxos. Los puntos favoritos de los partidos religiosos incluyen, por ejemplo, la observancia obligatoria del descanso del sábado con el cierre de negocios, restaurantes y teatros, y la redefinición del concepto de quién es judío para excluir a aquellos convertidos dentro del Judaísmo-Reformado.
Al final de la semana, el panorama no se había despejado. Yitzak Shamir se apresuró a aclarar que el Likud no propende por el anexamiento de los territorios ocupados y que su gobierno no aprobaría la expulsión de los palestinos, aun a despecho de tener que hacer alianzas con partidos que proponen esa solución extrema. Pero en el mundo árabe la sola posibilidad de un gobierno derechista provocó comentarios sombríos. A ese lado de la frontera había grandes esperanzas de que un triunfo laborista abriera un camino hacia la paz.










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