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| 4/20/2003 12:00:00 AM

Siria, amenazada

Estados Unidos hace sonar sus sables ante Damasco. Pero pocos creen que un ataque sea inminente.

El presidente de Estados Unidos, George W. Bush, hizo un anuncio que preocupó a muchos alrededor del mundo: "Creemos que hay armas químicas en Siria. Esperamos su cooperación y tengo muchas esperanzas de que la recibiremos. (?) Nosotros somos muy serios en el tema de detener las armas de destrucción masiva". La preocupación no era injustificada. La afirmación presidencial fue hecha como culminación de una andanada de ataques contra el gobierno de Damasco. Paul Wolfowitz, el subsecretario de Defensa, dijo el 10 de abril que "los sirios han estado enviando asesinos a Irak para matar norteamericanos. Debemos pensar cuál debe ser nuestra política hacia un país que acoge a terroristas y criminales de guerra". El funcionario, considerado como el verdadero cerebro de la ofensiva estadounidense en el Oriente Medio, se refería a los centenares de árabes que entraron a Irak desde Siria al comienzo de la guerra y a la posibilidad, hasta entonces sin señalamientos concretos, de que algunos dignatarios del régimen de Saddam Hussein habían recibido asilo en ese país.

En declaraciones que parecieron coordinadas varios funcionarios de alto nivel, como el secretario de Defensa, Donald Rumsfeld, dejaron en la oscuridad qué tipo de acciones podría tomar la administración si Siria no respondía favorablemente a sus advertencias, pero no descartaron la posibilidad de que se emprendieran acciones militares.

Una ofensiva mediática de esas dimensiones no era para ser tomada a la ligera. La estrategia suena conocida: primero, poner en el primer plano, en tono de denuncia, que un régimen tiene armas de d estrucción masiva. Segundo, hablar de sus vínculos con terroristas. Según ese punto de vista sólo faltaría el tercero, que podría administrarse después: hablar de que ese país es un peligro para la seguridad nacional de Estados Unidos.

Como esos fueron los pasos antes de atacar a Irak el mundo reaccionó con preocupación. El secretario general de la ONU, Koffi Anan, dijo a través de un comunicado que "reitera su punto de vista enérgico de que cualquier amenaza a la paz y la seguridad internacional debe ventilarse en conformidad con lo previsto en la carta de las Naciones Unidas". El jefe de política exterior de la Unión Europea, Javier Solana, urgió a Washington a que le bajara el tono a sus palabras y dijo que "la región está pasando por un proceso muy difícil y yo creo que sería mejor hacer declaraciones constructivas para ver si podemos enfriar la situación en el Oriente Medio".

Los países árabes no se quedaron atrás, sobre todo después de que el primer ministro israelí, Ariel Sharon, echó sal en la herida al afirmar que Irak había trasladado equipo militar a Siria poco antes de que empezara la invasión norteamericana. El ministro de Información del Líbano, Ghazi al-Aridi, dijo a la agencia Reuters que las acusaciones eran "la confirmación del papel de los sionistas en la administración de Estados Unidos". "Todos en la región y fuera de ella cuestionan esas acusaciones. Irak ha caído y ahora es el turno de Siria", dijo el analista político Saleh Khatlan en la televisión estatal saudita. El periódico semioficial de Marruecos, Le Matin, escribió que: "Como una aplanadora, y sólo unos cuantos días después de conquistar Irak, el presidente Bush abiertamente la emprende contra Damasco". En el mismo país, el diario Al Bayane afirmó que "lo que es permitido a Israel, no lo es para otros, sobre todo cuando son árabes, musulmanes o Estados que no acatan las órdenes de Estados Unidos".

Sea por la tormenta de reacciones adversas o por un propio designio estratégico, lo cierto es que Washington no tardó en bajarle el tono a las amenazas. Pero parece claro que, por un medio u otro, Estados Unidos no perdió tiempo para empezar a ejercer su influencia en una región en la que ahora tiene presencia militar y política permanente. Y Siria es un blanco perfecto para comenzar: tiene vínculos con Hezbollá, el grupo libanés al que Washington tiene en la lista de terrorista, y se sabe en medios especializados que tiene armas químicas. Además es el país más afectado por la caída de Irak, por lo que no es necesario hacer demasiado para debilitarlo. Su frontera con el país de Hussein le permitía grandes ganancias por medio del petróleo barato de contrabando, que le facilitaba exportar una gran parte de su producción. Ganancias que, según algunos observadores, le representaban el 60 por ciento de sus ingresos de exportación.

Pero en cuanto a las armas químicas, Siria no está solo en la región, pues al menos Israel y Egipto también las poseen. Sólo que, a diferencia de Irak, no tiene ningún antecedente de usarlas, ni ha mostrado tener intenciones de hacerlo. Y como por otra parte no es signataria del tratado contra las armas químicas, no ha violado ningún instrumento internacional ni pesa sobre ella ninguna resolución del Consejo de Seguridad. Por lo demás, Siria fue uno de los países que apoyaron la resolución 1441 del Consejo de Seguridad que condujo, indirectamente, a la invasión contra Irak, y sus vínculos con Hezbollá siempre han sido explícitos y no son ninguna novedad.

O sea que un ataque contra Siria tendría, al menos por ahora, mucho menos presentación que el de Irak. Pero eso no quiere decir que no haya estado en los planes de los halcones de Washington y eso es lo preocupante a mediano plazo. El diario londinense The Guardian denunció que fue el propio Bush quien vetó los planes del Pentágono de aprovechar el impulso de la campaña de Irak y atacar a Siria. La campaña presidencial comienza en septiembre y Bush no quiere repetir la experiencia de su papá, a quien le fue negada la reelección a pesar de haber ganado la Guerra del Golfo. Como dijo a SEMANA Brian Sala, del departamento de ciencia política de la Universidad de California, "no creo que el pueblo norteamericano soportaría un ataque no provocado contra Siria mientras la economía está en problemas". Bush no quiere que le ganen con el lema con el que Bill Clinton derrotó a su padre: "Es la economía, estúpido".

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