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| 9/9/2002 12:00:00 AM

Un año después

El martes 11 de septiembre de 2001 fue un día que nunca olvidaremos. Un día sobre el que nuestros nietos preguntarán cómo reaccionamos ante semejante acontecimiento. Un día que hará parte de la historia universal de la infamia y la barbarie. Ese día tres aviones cargados de combustible y repletos de pasajeros, al mando de 19 fundamentalistas suicidas, destruyeron en pocos minutos los símbolos del poder económico y militar de la primera potencia del mundo ante los ojos estupefactos de la mitad de

Un año después, Sección Mundo, edición 1062, Sep  9 2002 <a href="#" onClick="nirvana_positionWindow('/imagesSemana/galeria/galeria_frame.htm','','width=430,height=450,left=180,top=100')">Vea Galer&iacute;a Fotogr&aacute;fica</a>
Un año después para la gran mayoría quizá todo sigue igual. Sobre todo para quienes viven en el Tercer Mundo, donde las angustias cotidianas hacen que la memoria sea corta para dilemas globales o cuestiones de largo plazo.

Pero mucho cambió. El fin de la historia que había vaticinado Fukuyama prematuramente no era sino un nuevo comienzo. La historia, como lo había dicho Marx, demostró nuevamente tener más imaginación que los hombres. En los escombros de Manhattan yacía una historia llena de bríos y odios, cuyo motor ya no eran las contradicciones ideológicas que había enterrado Fukuyama con la caída del Muro del Berlín sino las contradicciones culturales que había previsto Huntington entre Occidente y el Islam. ¿El choque de civilizaciones? No tanto. Pero la cultura, la religión y las visiones antagónicas del mundo se convirtieron en las banderas de las nuevas guerras. El creciente número de hombres bomba (y mujeres) en supermercados de Tel Aviv y Jerusalén, los ataques de Israel a los asentamientos palestinos, el inminente ataque de Estados Unidos a Irak, las tensiones entre Ryad y Washington, la prepotencia del Tío Sam frente a los tratados internacionales no son señales muy alentadoras de lo que se viene.

Pero más allá de una futura e incierta geopolítica muchas cosas ya no son como antes del 11 de septiembre de 2001. El miedo se apoderó del planeta. Si el terror llegó al corazón de Nueva York puede llegar a cualquier lugar del mundo. Nadie está a salvo. Todos vimos en televisión cómo se derrumbaban las torres y con ellas se desvanecía la invencibilidad del poder estadounidense. Detrás de los llantos de la tragedia aparecía la sombra de Osama Ben Laden, cuya imagen encarnaba una nueva dimensión en la utilización del terror. Un terrorismo que ha logrado mimetizarse dentro de su enemigo y aprovechar sus propios instrumentos para golpearlo más duro. No tanto por la utilización de aviones como misiles sino por el aprovechamiento de la globalización y el poder mediático del capitalismo para demostrarle al mundo de lo que son capaces. Su poder, su financiación, sus comunicaciones, su capacidad de intimidación y sus seguidores no serían los mismos si no fuera por las virtudes del capitalismo global. Al Qaeda es un hijo bastardo del capitalismo.

En esta nueva guerra entre el bien y el mal que predicó Bush todavía no se sabe qué o quién es el mal. Si hubiera que personificarlo sería sin duda Ben Laden, con su mirada mesiánica y su barba quijotesca. Pero en la guerra que el mundo occidental le declaró al terrorismo el rostro de ese enemigo se vuelve más difuso. No tenemos enfrente a los soviéticos mostrando los dientes con sus ojivas nucleares o a los nazis desafiando con sus panzer al mundo libre y democrático. Entonces ¿quién es el enemigo? ¿Todo el que utilice el terrorismo para expresar su odio? (Al Qaeda). ¿Todo el que utilice el terrorismo con fines territoriales? (Hamas). ¿Todo el que utilice el terrorismo para defender una causa religiosa y territorial? (Abu Sayyaf). ¿Todo el que utilice el terrorismo con fines independentistas? (El IRA o la ETA). ¿Todo el que utilice el terrorismo para tomarse el poder? (Las Farc o el ELN). ¿Todo el que utilice métodos terroristas no importan los fines? ¿Todo el que utilice el terrorismo contra intereses estadounidenses? ¿Y qué de la utilización del terror por parte de las grandes potencias?

Esta es una guerra asimétrica y difícil. Más aún cuando se trata de ejércitos privados sin territorio o, en palabras del filósofo Bernard-Henry Léyy, de unas "ONG del crimen". Esa nueva sensación de inseguridad y miedo que vive el Primer Mundo ha llevado a profundos debates sobre cómo lograr tranquilidad sin restringir la libertad. La sensación de inseguridad que hace tiempo siente un colombiano con el secuestro ahora la experimenta un estadounidense frente a la guerra biológica o un inglés cuando se sube a un avión. El terror se globalizó, y con ello los debates para enfrentarlo.

En Colombia ni el miedo ni el terror son temas nuevos. Pero sí lo son los debates sobre los instrumentos necesarios para desterrarlos. ¿Acaso tuvimos que esperar el 11 de septiembre para hacerle frente al tema? ¿Es que siempre tenemos que mirar hacia arriba para ver qué hacemos nosotros? Más allá de nuestra falta de identidad y madurez para afrontar los problemas el hecho es que la discusión está sobre la mesa. Desde Washington hasta Manila, desde Moscú hasta Bogotá. Y los dilemas están a la orden del día. Cómo utilizar informantes para reforzar la inteligencia sin violar la intimidad de la gente y destrozar el tejido social. Cómo evitar que los terroristas magnifiquen sus actos a través de los medios de comunicación sin restringir la libertad de prensa. Cómo luchar contra el terror sin limitar las libertades individuales y los derechos civiles. Cómo opinar libremente sin ser estigmatizado en una sociedad polarizada. En Estados Unidos la propuesta del millón de informantes pagados por el Estado se descartó porque podría conducir hacia un Estado policivo. En Colombia la misma propuesta ya arrancó en algunos departamentos del norte del país. En Manila la presidenta, Gloria Macapagal Arroyo, en su discurso frente al Congreso dijo que su gobierno iba a presentar un estatuto antiterrorista para acabar con los seguidores de Abu Sayyaf y, a renglón seguido, varios parlamentarios advirtieron sobre los peligros de restringir ciertas libertades individuales.

En Colombia el gobierno de Alvaro Uribe decretó la conmoción interior y se prepara para expedir un estatuto antiterrorista que tiene nerviosos a los defensores de derechos humanos. La búsqueda de un equilibrio entre la seguridad y la libertad no es fácil y tiene al mundo en discusiones éticas y filosóficas sobre cómo luchar contra el terror sin traicionar los principios democráticos. Sobre todo en momentos en que el terrorismo está minando las estructuras de la sociedad. Dentro de este nuevo paradigma la elección de Alvaro Uribe fue la apuesta de un pueblo por romper la espiral de la tragedia por la vía de la mano dura. El país se dio cuenta de que si no hay seguridad no hay inversión, si no hay inversión, no hay crecimiento, si no hay crecimiento no hay empleo. Por eso, en últimas, la solución de la pobreza está íntimamente ligada al mejoramiento de la seguridad.

Porque, a diferencia de lo que se decía en Colombia hace unos años, si la seguridad va mal, la economía va mal. Esa es la nueva consigna en un mundo globalizado donde el flujo de capitales depende de los titulares. En una economía interconectada y globalizada no importa tanto ser como parecer. Las decisiones de inversión dependen en gran parte de la representación de la realidad que hagan los medios. La confianza de los mercados dependerá en gran medida del imaginario mediático. Y es ahí donde más duro golpea el terrorismo, en esa sicología colectiva que destruye el pilar más importante del capitalismo global: la confianza. No importa qué tan alejado esté el mundo virtual del mundo real, la percepción se vuelve realidad. Por eso, duele decirlo, las políticas de crecimiento en Colombia están más en manos de los pipetazos de los grupos armados ilegales, del nerviosismo de los banqueros de Wall Street y de los estornudos de Brasil que de las políticas fiscales del Ministro de Hacienda o de las monetarias del Banco Central.

Un año después los dilemas son muchos, las reflexiones profundas y los peligros inminentes. Y una cosa está clara: la lucha contra el terror tiene que ser un deber ético de todo demócrata que se respete. Pero esa nueva guerra no puede llevar a Estados libres y democráticos a socavar los principios por los cuales fueron erigidos y por los cuales millones de personas dieron sus vidas a lo largo del siglo pasado. La gran conquista del siglo XX, la democracia, no puede desmoronarse por combatir la gran amenaza del siglo XXI.

Nueva York, septiembre 11 del año 2001. Un día para reflexionar (Fotos)





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