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| 6/7/1982 12:00:00 AM

UN AÑO DE SOCIALISMO

No hay duda: el país ha cambiado de cara. Mitterrand ha cumplido sus promesas en el campo social. Pero subsisten dos serios problemas: la inflación y el desempleo.

UN AÑO DE SOCIALISMO UN AÑO DE SOCIALISMO
Ni catastróficas como lo había pregonado la derecha, ni revolucionarias según los cánones de la izquierda ortodoxa, las transformaciones que ha habido en Francia después de un año de "socialismo" merecen ser inscritas, más bien, dentro de la "continuidad" que caracteriza este país.
No obstante, el cambio político, después de 23 años de poder ininterrumpido de la derecha, ha suscitado un dinamismo que parece fortalecer la democracia.
Hay un nuevo clima en las calles. Jóvenes y obreros sonrientes, mientras que los ricos no terminan de rabiar contra la administración, a la que despectivamente denominan "gobierno de profesores". Los periódicos que ayer estaban en la oposición hoy defienden el régimen y los que siempre han sido baluartes del oficialismo, hoy son encarnizados disidentes. Activismo, y buenas dosis de improvisación en varios ministerios, en un ambiente festivo. No es sino imaginarse a la severa Comédie Française haciendo representaciones gratuitas en el tren subterráneo de París, ante una bulliciosa audiencia de obreros y oficinistas, y a un ministro de Cultura impulsando festivales de dibujos animados y de rock en la televisión.
Por su parte, los partidos de la antigua mayoría se están viendo forzados a actualizar sus programas, mientras que a nivel estatal se ha podido comprobar un cambio en la manera de gobernar y un rejuvenecimiento de la clase política. En efecto, de 43 ministros, 41 no había desempeñado jamás ese cargo y, en el parlamento, un 40% de los diputados han sido elegidos por primera vez.

MAS TOLERANCIA
El "pueblo de izquierda", es decir, todos los grupos a través de los cuales se cristalizó la oposición al presidente saliente, Valéry Giscard d'Estaing, ha visto atendidas gran número de sus reivindicaciones y ampliadas sus posibilidades de acción y de proposición.
Las feministas, por ejemplo, han podido obtener el reconocimiento jurídico de numerosos derechos reclamados desde hace años. Las condiciones jurídicas y psicológicas de los obreros extranjeros, que en Francia suman 4 millones, han mejorado.
Asimismo fueron anuladas las leyes discriminatorias contra los homosexuales, y ahora hasta una emisora tienen. Cerca de otras 600 "emisoras libres" han surgido por toda Francia, de tal suerte que desde los anarquistas hasta los fanáticos de la salsa, tienen sus propias estaciones.
Los ecologistas, en cambio, no han obtenido satisfacciones. El gobierno ha proseguido, casi sinceramente, el programa nuclear del antiguo gobierno. Los nuevos responsables tampoco mantuvieron su promesa de reducir, a seis meses, el servicio militar y se han mostrado reticentes, por no decir opuestos, a las disposiciones que figuran en su programa, tendientes a ampliar los derechos de los comités de trabajadores en las empresas. La razón esencial parece ser la crisis económica. Los socialistas, sin abandonar lo básico de sus promesas, han comprobado en este primer año de gobierno, que muchos de sus discursos no coinciden con los imperativos económicos de la tercera potencia nuclear mundial.
El paquete de medidas votadas por el parlamento, o decretadas por el gobierno es impresionante. Después de la posesión de Mitterrand, el 21 de mayo, el gobierno decidió aumentar el salario mínimo en un 10%; los subsidios familiares en un 25% y el subsidio a los arriendos en un 50%. Fueron revalorizadas, además, las pensiones acordadas a los minusválidos, a los jubilados y a las mujeres solas con niños, viudas o no.
Aparte de estas medidas destinadas a ayudar a las categorías más desfavorecidas, el gobierno decretó la semana de trabajo de 39 horas, en vez de 40, sin reducción de salario; la quinta semana de vacaciones; la jubilación a los 60 años, o después de 37 años y medio de trabajo efectivo, y la supresión de la "Corte de Seguridad del Estado", organismo represivo creado en 1963 después de la guerra contra Argelia.
El parlamento, por su parte, abolió la pena de muerte -que sólo Francia conservaba en toda Europa- y votó, entre otras, la ley sobre "descentralización", tendiente a aumentar el poder administrativo de los departamentos y un vasto programa de nacionalizaciones.

EL DESEMPLEO PROBLEMA No. 1
Estas ampliarán el sector público de tal manera que el 25% de los salarios industriales y el 30% de las ventas quedarán comprendidos en dicho sector. Hasta el momento no han sido tocadas por la nacionalización las empresas controladas por el capital extranjero.
Pero la economía francesa sí se ha vigorizado. Su tasa de rendimiento alcanzará 2.5% este año, contra el 0.5% del año pasado. El aumento del costo de vida, en cambio, se situará probablemente por encima del 10%, contradiciendo las previsiones del gobierno.
El desempleo, por su, parte, sigue siendo el principal problema nacional. El número de desocupados ha aumentado en 250.000 en este último año superando los dos millones de personas.
Francois Mitterrand que, según los últimos sondeos, conserva un gran capital de confianza ha realizado de nuevo la síntesis: "Yo sé que quedan muchas cosas por hacer -dijo- pero ni el tiempo ni la voluntad me faltan para cumplir con mis promesas".
En materia internacional, los socialistas han mantenido las grandes opciones definidas por el general De Gaulle. Los nuevos responsables han mostrado una vocación tercermundista que se ha puesto de manifiesto en la "Conferencia sobre los 31 países menos avanzados" y la reunión franco-africana que reunió mas de 20 jefes de Estado de ese continente -organizadas en París en septiembre y noviembre pasado respectivamente- o en la conferencia cumbre Norte-Sur de Cancún (México).
Francia ha reafirmado su adhesión al bloque occidental y parece aprobar el análisis del presidente norteamericano sobre el equilibrio nuclear en favor de la Unión Soviética. Mitterrand ha emitido, sin embargo, "serias reservas" sobre la legitimidad de la política del señor Reagan en América Central. "Cuando los pueblos gritan ¡socorro! -dijo el presidente- me gustaría que Castro no fuera el único en oírlos".

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